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La música, una caricia resiliente en tiempos de la COVID-19

Karla Salazar Serna y Luis Angel Serna Manrique

Nunca había existido una necesidad tan sentida en forma global como la de generar un eco potente que manifieste que ante esta pandemia la resiliencia es la más poderosa herramienta para sobrellevarla. Buscar la resiliencia frente a las diferentes adversidades de la COVID-19 nos presenta diferentes caminos, por ejemplo, hay quienes optan por fortalecer los vínculos pese a la distancia física que se tiene que seguir ponderando, hay quienes se muestran flexibles y no demoran en reconfigurar sus proyectos de vida, otros más se refugian en procesos creativos para construir nuevas formas de ver la vida. Sin duda, entre los caminos más prolíferos se encuentran aquellos construidos a través de acciones solidarias.

Sin embargo, vivir un proceso resiliente no necesariamente significa que no tengamos momentos oscuros, los cuales pueden manifestarse a través de la depresión, la desesperación, la ansiedad, la tristeza, la frustración entre otros muchos malestares. Por ello es importante identificar que la resiliencia no es un estado inamovible, más bien responde a un proceso, un proceso dialéctico, que responde a nuevas vulnerabilidades, que involucra factores personales y sociales para sobrellevar una adversidad (Salazar, 2020). Actualmente, las historias de enfermedad, muerte y otras diferentes pérdidas no nos son ajenas, en nuestro entorno o entornos más cercanos seguramente se experimentan o experimentamos procesos dolorosos ligados a la pandemia. La desesperanza danza a nuestro alrededor aguardando la distracción para hacer una entrada triunfal.

Ante tales escenarios, es importante seguir insistiendo sobre la promoción y la generación de procesos resilientes, entendiendo su complejidad y heterogeneidad. Si bien todos podemos desarrollar resiliencia, no todos tenemos las mismas alternativas y oportunidades para generarla. Además, la resiliencia se torna complejo cuando los entornos se caracterizan por las constantes pérdidas y la expansión de las diferentes vulnerabilidades. El proceso resiliente permite potenciar las fortalezas y no enfocarnos en las debilidades, reconocer nuestros recursos humanos y materiales para emprender, construir y hacer camino a través de la adversidad. Pero, mientras hacemos camino sobre esta adversidad ¿cómo podemos acompañarnos y darle una caricia a nuestro interior?

Dentro de los caminos resilientes existe una herramienta lúdica, que tiene la habilidad de levantar corazones en los momentos más difíciles del ser humano, esa herramienta es la música. Ante el ineludible hecho de que tenemos que caminar a través de la adversidad, debemos hacer uso de herramientas que nos permitan deconstruir escenarios de sufrimiento, acondicionarlos con elementos que nos permitan vivir con la plena conciencia de que nuestra oportunidad es el ahora. La música es una caricia resiliente que puede motivarnos, levantarnos y acogernos. La música por naturaleza, por sus usos y por la cualidad de canalizar emociones, es inherente al ser humano. Representa diversos elementos en nuestras vidas, desde aspectos académicos y en ocasiones estrictamente clínicos como la musicoterapia, hasta mero entretenimiento y por placer.

De acuerdo con Coplan (1994) los planos por donde se mueve la música nos permiten entender las funciones que puede tener y los usos que en cierta forma las personas le damos a la música, uno de ellos es el placer de escucharla simplemente, sin llevarla a otro terreno como el análisis o la teorización. Para “la música se percibe como un elemento que posibilita la resiliencia, no solo porque permite el contacto con elementos más primarios del humano, sino también porque da cabida a la representación que permite la transformación” (Sánchez, 2012:53).

Además, la música también tiene una función terapéutica, porque tiene:

… efectos bioquímicos, fisiológicos, en el ritmo cardiaco y pulso, en la respiración en las respuestas musculares y motrices, en las respuestas cerebrales, efectos psicológicos (puede despertar, evocar, provocar, fortalecer y desarrollar cualquier tipo de emoción, provoca la expresión de uno mismo, ayuda a desarrollar la capacidad de atención sostenida, iniciar a los niños en la reflexión, estimula la imaginación, desarrolla la creatividad y la memoria, ayuda a desarrollar el sentido del orden y del análisis, facilita el proceso de aprendizaje porque activa un enorme número de neuronas) y tiene efectos sociales y espirituales (Roa, 2016:12).

Pese a que en estos momentos la digitalización de la música y su reproducción son la manera más viable para disfrutar de ella, resulta también necesario deconstruir las ideas de las expresiones masivas de la música como si fueran las únicas, las verdaderas o las mejores para atender como sociedad, es decir, actualmente también se requiere romper con ideas de consumo estrictamente neoliberales en donde el arte, la cultura y la educación son moneda de cambio, la sociedad paga por el privilegio de tener acceso a una u otra, y se mal entiende que entre más cueste mejor será. Mientras que la tecnología abre las puertas de muchos hogares, son los artistas individuales, en pequeños colectivos, artesanos de la música quienes pueden generar procesos resilientes efectivos y más cercanos a propiciar resiliencia en la comunidad.

Ahora bien, más allá de los creadores están los espectadores del arte, todos nosotros que hemos usado a la música como refugio, como forma de identidad e interacción con otras personas, incluso culturas y formas de pensamiento. Si nuestra economía, nuestra salud y actividades cotidianas están cambiando, también nuestra manera de interactuar con la música, ya que esta no es externa al ser humano. Es una manifestación plenamente humana en donde podemos canalizar nuestras emociones y tener un sentido de pertenencia (Small, 1988), sobre todo en momentos específicos como el que estamos viviendo en donde para muchos, su entorno se ha desmoronado, sus fuentes de empleo mermaron de sobremanera o amenazan con dejar de existir, en donde la incertidumbre no permite que la razón actúe de la mejor manera posible, en donde el miedo a que nuestra salud y la de nuestra familia se vea afectada o ya lo ha sido. La música y el arte son nuestro mejor aliado para evitar que la olla de presión explote al no encontrar una salida emocional. A través de la música debemos regresar a nuestros elementos primarios como humanos, dando lugar a los sentidos, la conciencia, la naturaleza, el cuerpo y el espíritu.

La música es nuestra aliada como medio de comunicación intra e interpersonal, y lo que escuchemos o hagamos de música en estos momentos será el resultado de las circunstancias. Kandinsky (1912) habla de lo espiritual en el arte haciendo referencia a la importancia que tiene el momento presente para la manifestación artística. La humanidad ha pasado por momentos críticos en muchas ocasiones y ha sido el arte lo que mantiene lo humano dentro de una crisis, lo que en ocasiones nos hace calmar las emociones negativas sublimándonos en una pieza musical, en una pintura o un recuerdo emocional que nos trae la lectura de un poema, evitando así, una situación desfavorable o que empeore lo que ya se está experimentando.

En este sentido, la música es una necesidad humana, es parte fundamental de nuestro refugio. Como aseguran Montejano y Rojas (2020), estamos en transición y, por tanto, las decisiones de este momento se reflejarán en la posteridad ya que los efectos del distanciamiento social provocado por el distanciamiento físico apenas están comenzando a estudiarse y los movimientos surgidos a partir del fenómeno mundial son motivo de futuras investigaciones.

Dado lo anterior y dentro de los procesos sociales resilientes también tenemos que potenciar la creación musical, a través de su reproducción y enseñanza, pues la enseñanza musical y su aprendizaje significan disfrute, vínculos afectivos y sociales, potencializa la solidaridad, la responsabilidad, el compromiso, la disciplina y fortalece la autoestima (Perdomo, 2014). Además, quienes estudian y enseñan musica difícilmente resisten la tentación de hacer comunidad ante la oportunidad de replicar y compartir sus aprendizajes y enseñanzas. Al respecto, dice:

Cuando dos personas se vinculan por medio de instrumentos musicales, se establece una relación de interacción entre ellas: uno toca, el otro responde o imita; ambos tocan a la vez: se toca más fuerte, más suave; se llora, se ríe, se mira, se corre, etc., configurando de esta manera un dialogo sonoro y, por supuesto, comportamental (Sánchez, 2012:53).

La música se parece al virus, se contagia, se transmite, viaja por muchos medios, pero al contrario del virus tiene la capacidad de potenciar nuestras fortalezas e incidir sobre nuestros procesos de resiliencia, tiene la habilidad de acariciar al corazón y aliviar el espíritu. Déjate acariciar musicalmente, retoma fuerzas con el oído y recibe el sonido con el corazón. UNAMusical y resiliente.

 

Bibliografía
Copland, A. (1994). Cómo escuchar la música. Fondo de Cultura Económica. México.
Kandinsky , V. (2014). De lo espiritual en el arte. Ediciones Coyoacán. México.
Lévy, P. (2004). Inteligencia colectiva. por una antropología del espacio. Biblioteca virtual em saude. Washington, EUA.
Montejano, Y. y Rojas, G. (2020). Música maestro, escenarios virtuales en tiempos del COVID-19. Perifèria, revista de recerca i formació en antropologia, 25(2), pp. 154-166
Perdomo, O. (2014). Resiliencia en la enseñanza musical en población infantil y juvenil en situación de desplazamiento forzado. Revista Amazonia, 3 (5), 5-33.
Roa, C. (2012). Nivel de Resiliencia en Mujeres Maltratadas por su Pareja. Repositorio de tesis Universidad piloto Colombia. Pp. 2-10.
Salazar, K. (2020). A resilient hug. Relevance of accompaniment in cases of enforced disappearance. Peace in progress, Journal, 38, 7-15.
Sánchez, J. (2012). Música: la interacción y la representación que dan lugar a un abordaje terapéutico. Revista Pensamiento, Palabra y Obra, (87), 48-55.
Small, C. (1998). Musicking: The meanings of performing and listening. Wesleyan University Press. EUA.

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