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Desafío emergente: verificación de la información en plataformas geotecnológicas de COVID-19

Instituto de Geografía, UNAM/Marco A. Miramontes Téllez
En días recientes, a través de redes sociales y algunos medios de comunicación, ha circulado un mapa del nivel de riesgo por COVID-19, calculado por nivel socioeconómico y densidad de población, el cual ha generado polémicas en torno al marco conceptual a través del que define las categorías de riesgo de las distintas unidades territoriales. 
 
Lo anterior nos permite reflexionar sobre el uso y difusión de la información vertida en las plataformas geotecnológicas, con miras a brindar a los usuarios estrategias para verificar que los «mapas de riesgo» por COVID-19 que consulten, en efecto, midan el «riesgo» y no otro tipo de categorías de análisis.
 
Plataformas geotecnológicas y datos abiertos
 
El uso de datos abiertos geoespaciales y de aplicaciones geotecnológicas, incluyendo sistemas de información geográfica, ha adquirido una relevancia social sin precedentes. Reflejo de lo anterior es el papel protagónico del uso de los mapas para visualizar la expansión del COVID-19 en México y el mundo.
 
Debido al indudable valor y relevancia que tales herramientas tienen para la vida pública, el número de usuarios que las consultan crece rápidamente. De igual manera, se han redoblado esfuerzos para la actualización periódica de los datos, su estandarización, cobertura, resolución y temática.
 
Algunos ejemplos de dichas plataformas digitales son las diseñadas por el gobierno federal en su portal sobre coronavirus; por universidades como la UNAM (iCOVID-19), al igual que por múltiples esfuerzos ciudadanos, el caso de Baruch Sangines (@datavizero) es notable.
 
La promoción del uso de dichas tecnologías, así como el desarrollo de servicios y aplicaciones en línea que permitan a la población hacer frente a los riesgos, es por demás deseable para sumar a la prevención ciudadana. No obstante, detrás de dichos esfuerzos tecnológicos deben garantizarse sustentos conceptuales adecuados.
 
Lo anterior nos permite regresar al caso del mapa sobre el nivel de riesgo por Covid-19 que mencionamos al inicio, ya que, aunque su metodología no queda muy clara, sí expresa que se basa principalmente en dos variables: concentración humana total (densidad por kilómetro cuadrado) y el nivel socioeconómico.
 
El campo semántico del riesgo: amenaza, exposición y vulnerabilidad
 
La Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres define al riesgo como la posibilidad de que se produzcan muertes, lesiones o destrucción en bienes en una comunidad. La ONU agrega que el riesgo se determina de forma probabilística como una función de la amenaza, la exposición, la vulnerabilidad y la capacidad.
 
Las amenazas constituyen los procesos, fenómenos o actividades humanas que pueden ocasionar muertes, lesiones u otros efectos en la salud, daños a los bienes, disrupciones sociales y económicas o daños ambientales. En el caso del COVID-19, el SARS-CoV-2 es una amenaza de tipo biológico.
 
La exposición refiere a la localización en que se encuentran las personas, infraestructuras, viviendas, y capacidades de producción y otros activos humanos tangibles situados en zonas expuestas al contagio por COVID-19.
 
El nivel de vulnerabilidad de los habitantes ante el efecto potencial del COVID-19 deriva de las características de las personas o grupos en términos de morbilidad, así como de las condiciones sociales, culturales y económicas que influyen en su capacidad para anticipar, hacer frente, resistir y recuperarse de los efectos adversos del coronavirus.
 
La capacidad resulta de la combinación de todas las fortalezas, los atributos y los recursos disponibles dentro de una organización, comunidad o sociedad que pueden utilizarse para gestionar y reducir el impacto de una amenaza; en el caso del impacto del COVID-19 en la población, es de suma relevancia considerar la capacidad del sistema de salud en los diferentes niveles territoriales
 
¿Mapa de riesgo?
Al basarse en la densidad de población y el nivel socioeconómico, el mapa que motivó esta reflexión, hace referencia a indicadores relacionados con la vulnerabilidad, pero deja de lado a un componente muy importante para el análisis del riesgo: la amenza.
 
Aunque pareciera sólo un simple e inocente matiz conceptual, las consecuencias derivadas de dicha omisión metodológica, conlleva a conclusiones que pueden resultar peligrosas.
 
Por ejemplo, al considerar únicamente las variables socioeconómicas anteriormente referidas, dicho mapa representa a zonas de Iztapalapa, o del reclusorio oriente, como zonas de «bajo riesgo»; no obstante, al agregar a dichas regiones el componente de la «amenaza», por ejemplo, el número de casos confirmados de COVID-19, resulta que su riesgo es muy alto.
 
Al no agregar en su análisis el atributo de «amenaza», dicho mapa puede propagar un mensaje de falsa seguridad a los usuarios de éste, situación que podría resultar potencialmente dañina, y mas aún en el contexto de la «Nueva normalidad».
 
En todo caso, el mapa brinda información sobre las condiciones socioeconómicas de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, pero de ninguna manera puede utilizarse como una herramienta para dimensionar los niveles de riesgo por contagio a COVID-19. El mapa es un esfuerzo genuino y bien intencionado, pero es conveniente establecer una comunicación abierta entre los generadores de este tipo de información, aún si no hay acuerdo  en los resultados que cada quien plantea, para mantener  la seriedad y la credibilidad, con el fin de que juntos atajemos la aparición de «fake maps» que, al igual que las «fake news», pueden ser igual de improductivos, nocivos y peligrosos para la convivencia.
 
Este ejemplo no es uno aislado pues, debido a su naturaleza, las plataformas geotecnológicas seguirán proliferando, abriendo más posibilidades de difusión y análisis de información relevante. Lo cual es sumamente deseable. Sin embargo, también revela la necesidad de abrir foros para reflexionar sobre la producción, validación y comunicación pública de información vertida en tales plataformas, ya que dichas prácticas representan grandes desafíos éticos, en los cuales intervienen comunidades científicas, ciudadanas y medios de comunicación.

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