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Los excluidos del sistema educativo

Gerardo Ariel Ceja González

Los gobiernos que antecedieron al actual en lugar de realizar verdaderas propuestas para mejorar la educación pública optaron por construir un dispositivo costosísimo de medición y evaluación estandarizada para niños, niñas, jóvenes, docentes y escuelas.

La experiencia de los diferentes profesionales de la educación especial y de expertos en esta materia no fue un asunto de interés para las autoridades educativas de aquel entonces y el magisterio democrático quedó fuera de cualquier debate educativo.

La administración actual asumió un sistema educativo en franca decadencia, con grandes dilemas educativos y en plena crisis pandémica, obligando a las autoridades a suspender las actividades escolares hasta nuevo aviso.

Con el propósito de poner fin al presente ciclo escolar (2019-2020) la Secretaría de Educación Pública (SEP) a través de su secretario Esteban Moctezuma Barragán y demás autoridades implementaron un dispositivo educativo digital a distancia por medio de clases virtuales para aprender en casa. Sin embargo, y como frecuentemente sucede en educación, los niños, niñas y jóvenes que acuden a recibir educación especial por presentar alguna discapacidad o múltiples, así como aquellos con alguna condición específica, estudiantes indígenas y de comunidades rurales fueron excluidos una vez más de una propuesta educativa real y contextualizada que responda a las necesidades y características de cada uno de ellos; considerando además, que muchos no cuentan con internet, dispositivos móviles, computadoras, televisores o incluso corriente eléctrica.

Ante ciertas poblaciones como las ya mencionadas se genera una desigualdad y una brecha que provoca una muy sutil exclusión de las personas que requieren de otros dispositivos de implementación educativa que responda a sus condiciones. Consideremos que un estudiante que presenta alguna discapacidad requiere de apoyos adicionales y equipo especializado para facilitarles su aprendizaje; por ejemplo, un estudiante que presenta ceguera, debilidad visual o sordoceguera requiere tener al menos los elementos tiflotecnológicos mínimos que le permitan el aprovechamiento práctico de los conocimientos como traductores del sistema braille a voz. Las personas que presentan discapacidad auditiva requieren de un especialista en el manejo de la Lengua de Señas Mexicana (LSM), los que presentan discapacidad motriz necesitan las adaptaciones a los equipos tecnológicos, y así, cada discapacidad o condición requiere de otros apoyos diferentes a los convencionales.

Ante esta complejidad la reflexión nos debe llevar al tema de la exclusión y no precisamente al de inclusión que con frecuencia se aborda meramente como un discurso político sin mayor trascendencia. La pregunta central no es si la condición de discapacidad genera exclusión, sino a la inversa, es decir, los mecanismos excluyentes producen discapacidad en todos los estudiantes más allá de su condición, incluso con los alumnos regulares.

En suma, podemos decir que la discapacidad surge cuando se dan mecanismos de desigualdad, de discriminación, de segregación, de rechazo y de falta de oportunidades que les permitan a las personas ejercer sus derechos, a aprender y a participar activamente en su comunidad para ser personas autónomas e independientes. Es decir, la discapacidad emerge cuando aparecen barreras físicas, psicológicas y sociales. Por tanto, se puede considerar el término de discapacidad como un concepto que poco ayuda a entender la diferencia.

El reto para la autoridad educativa consiste en pensar la discapacidad como un término complejo escasamente abordado en educación y que ha ocasionado relaciones sociales de desigualdad social. En la cotidianidad el término discapacidad es estigmatizante y provoca exclusión y etiquetas alrededor de las personas que viven con una o varias de las llamadas discapacidades. El desafío es muy claro, intentar desmontar la idea de que la discapacidad no tiene que ver con la dimensión biológica de cuerpos y mentes de los denominados normales, sino más bien, con una dimensión social y cultural en donde muchas cosas se construyen como diferentes (diversidad).

En consecuencia, las autoridades educativas deben generar prácticas que sean capaces de atender al conjunto de los estudiantes con sus singularidades. De esta manera, la diversidad se convierte en un concepto que nos permite entender las diferencias en los distintos modos de ser, pensar y aprender en la profusión de lo distinto y no en la dimensión específicamente biológica. La diversidad pues, constituye un hecho natural sine qua non de la especie humana que se puede constatar empíricamente en la cotidianidad de la experiencia, de tal suerte, que todos de alguna manera podemos hacer algo, pero nos vemos imposibilitados para realizar otras cosas.

Hoy más que nunca el sistema educativo tiene que voltear a mirar a las diferencias para replantear una vez que se supere la pandemia las propuestas educativas acordes para los niños, niñas y jóvenes que presentan discapacidad o alguna condición particular.

Por ahora hay que esperar a que los estudiantes regresen a la escuela y encuentren en ella un espacio que los sostenga, un lugar de encuentro con el otro, un sitio que permita que circule la palabra, el juego y no el encargo del cumplimiento burocrático de cargas administrativas y del acato de la conclusión de los planes y programas para dar fin al ciclo escolar.

Después de un confinamiento obligado en casa por medidas sanitarias en donde seguramente muchos niños y niñas están en riesgo bajo ambientes violentos, de ansiedad, angustia, estrés, incertidumbre y de los problemas propios de cualquier hogar como los económicos y de la carencia de medios tecnológicos, es momento de replantear un modelo educativo que contemple imprevistos como desastres naturales, epidemias, pandemias y le dé un lugar preponderante al manejo de las emociones y del uso del psicólogo que existe en educación especial como un profesional que contribuye en la construcción de dispositivos de intervención para dar respuesta a las necesidades de los servicios educativos. Hoy como imperativo del sistema educativo se requiere rescatar a las infancias y no el cumplimiento obligado de los planes y programas, y si es posible sacrificar el ciclo escolar.

Por otra parte, la atención a los niños, niñas y jóvenes de todos los niveles y que por diversos motivos le afectó el confinamiento y los problemas inherentes al encierro, así como al distanciamiento social deben ser abordados como prioridad en las escuelas y no con exceso de cargas de trabajo como las famosas evidencias conformadas en una carpeta de experiencias.

Es muy probable que los estudiantes de educación básica puedan presentar o estén presentando regresiones como la enuresis, fobias, trastornos en la calidad del sueño, las llamadas pesadillas y síntomas característicos del trastorno de estrés postraumático, entre otras. De la misma manera no se deben descuidar las afectaciones que pudieran presentar padres, madres de familia, personal docente y de apoyo a la educación. Por esta razón, es plausible que el Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, el epidemiólogo Hugo López-Gatell Ramírez, haya abierto un espacio el día del niño y la niña en su conferencia para escucharlos y resolver sus dudas.

No olvidemos que en este momento la carga de trabajo y responsabilidad para cumplir con las actividades en casa por parte de los padres, madres de familia y/o tutores provoca un estrés que pude salir de control, considerando que no tienen por qué contar con las herramientas pedagógicas para abordar las actividades en casa.

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