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Mi barrio: una realidad entre el coronavirus y la pobreza

Fredy Pastrana
“Guarda tu sana distancia, ponte el cubre bocas, ese puesto no puede estar aquí, puta madre…”

Eso escuchaba en un tianguis de una de las colonias más pobladas de la Ciudad de México, ubicada en Iztapalapa. En ella vivimos aproximadamente 67 mil personas, que en promedio, cuentan con ocho años de educación formal.

La colonia tiene una extensión de 200 hectáreas aproximadamente, con un total de 467 manzanas que frecuentemente son mencionadas en la nota roja. La estadística menciona que la “Desarrollo Urbano Quetzalcóatl” es de alta marginalidad, o mejor dicho en términos generales, se refiere a aquella parte de la población que cuenta con los niveles de vida e ingresos más bajos, por lo tanto es casi imposible que obtenga un crecimiento económico sostenible.

Años atrás se inauguró un lugar recreativo al que nombraron Cuauhtémoc, fue el primero en toda la zona, la noticia se consideró tan importante que el periódico El “País” realizó una nota que tituló: Un parque en el infierno. El parque ayudó a disminuir la violencia, aportando un área verde común, que después del temblor de 2017 fue acondicionada como escuela. Hoy en día ha recuperado su función principal y en el futuro será vecina de uno de los medios de transporte más vanguardista: el Cablebús.

En este contexto transita el coronavirus, que hasta el cuatro de mayo ha dejado dos mil 271 personas fallecidas y 24 mil 905 casos confirmados a nivel nacional, de los cuales la CDMX ocupa uno de los tres primeros lugares en contagios con una tasa de 66.67 casos por cada 100 mil habitantes.

En la “Desarrollo” el coronavirus pasa a segundo término. En general los locales comerciales siguen abiertos, los medios de transporte que cruzan la colonia con rutas importantes como “San José Buenavista-Constitución de 1917” están saturados en horas pico. La población recibe una remuneración económica por su trabajo diario, no tienen seguridad social, no gozan de un sueldo fijo y por supuesto, pertenecen a esos más de 30 millones de mexicanos que se emplean en el sector informal.

Durante el día se observa a mucha gente que no le teme a la infección, comentan que es un plan del gobierno para desestabilizar el mundo. No pueden quedarse en casa porque le temen más al hambre que al “bicho ese”. Aseguran que es más fácil morir de una bala perdida que de COVID-19.

El hambre es su motor de sobrevivencia, viven al margen de los privilegios del poder. Cuando se habla de sobrevivencia se entiende que el primer derecho a la vida es el de comer, aunque este derecho está negado por aquellos que entre cortinillas de buenos samaritanos justifican su protección pidiendo a los pobres que se cuiden, usen cubre bocas.

La alcaldía Iztapalapa ha creado un plan permanente de abasto de agua potable que es suministrado por pipas que realizan un recorrido por los domicilios. Llenan cubetas, tambos y cisternas. Sin agua no se puede combatir al coronavirus.

La dinámica social de la colonia sobre el coronavirus transcurre entre la información de cadenas de Whatsapp o Facebook, así como lo que escucharon del vecino y lo que se menciona en los noticieros de la televisión. Se habla de hospitales saturados, sin embargo, los vecinos más atrevidos van a mirar a través de la reja del hospital de la “Voca 7”, se asoman, no observan nada fuera de lo común, ven gente esperando, cosa normal para un hospital.

Los videos que circulan en Facebook les refuerzan las ideas de que el virus no existe y se suma a otro temor en el que algunos habitantes comentan su desconfianza por ir a los hospitales públicos si presentan síntomas, “no quieren que les extraigan el líquido de las rodillas”.

Estas opciones de entender la realidad concreta son mediadas por todos los factores sociales que se entrecruzan en las realidades individuales y se disipan colectivamente. Hoy esa realidad comprende la fortuna, la salud y la libertad. Los pobres piden la libertad de trabajar. Charles Fourier en sus ensayos mencionaba sobre el trabajo: “Las escrituras nos dicen que Dios condenó al primer hombre y a su posteridad a trabajar con el sudor de su frente. Pero no nos condenó a ser privados del trabajo del que dependen nuestras existencias”.

La mayoría de mis vecinos no tiene miedo a morir, o al menos eso dicen, hacen comparaciones con la violencia, con la incertidumbre o sus posibilidades de morir frente al coronavirus.

Hoy la muerte por COVID-19 ha remarcado dos escenarios, que si bien ya existían, no eran analizados en la vida cotidiana tan profundamente: morir en casa o en el hospital.

Pocas veces se nos enseña que a diario lidiamos con la muerte. La medicina moderna ha hecho esto aún más invisible, ya que la esperanza de vida comparada con la de hace cien años hoy es más alta. Morir en casa implica hacerlo en compañía de nuestros seres queridos.

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