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Fue el hombre quien creó las condiciones perfectas para esta pandemia: Gerardo Ceballos

Omar Páramo / Francisco Medina

Para el doctor Gerardo Ceballos no hay duda de que las enfermedades emergentes como el Covid-19 son resultado de la acelerada pérdida de flora y fauna en el mundo. “Mi equipo y yo llevamos años advirtiendo de que esto se nos venía encima, sobre que había una nueva pandemia en el horizonte, pero jamás imaginé que en mi tiempo de vida me tocaría ver una de tales proporciones”.

A fin de explicar cómo la biodiversidad sirve de cortafuegos a la propagación de los padecimientos zoonóticos (es decir, aquellos que saltan de los animales al humano), el investigador del Instituto de Ecología de la UNAM pide imaginar a un virus que llega a un entorno donde hay un 95 por ciento de especies a las que no puede infectar.

“Si eso sucede, al no encontrar fácilmente a individuos qué contagiar el patógeno se diluye pronto, pero cuando el hombre deforesta, contamina, introduce flora y fauna a nuevos ambientes, trafica con animales y perturba cuanto hábitat tiene enfrente, muchas especies no susceptibles al patógeno desaparecen, proliferan las que sí lo son y las epidemias corren rápido. En otras palabras, nosotros creamos las condiciones perfectas para que este nuevo virus se propagara con celeridad y diera pie a la crisis sanitaria global hoy vivida”.

El profesor Ceballos pertenece a un equipo de expertos que ya desde en 2015 alertaba de que el planeta estaba entrando en la sexta extinción masiva de su historia, que la variedad biológica estaba desapareciendo a un ritmo entre 100 y tres mil veces más rápido de lo normal, y que en esta ocasión el responsable no era un meteorito —como el que borró del mapa a los dinosaurios—, sino el humano.

“Todas estas plantas y animales brindan servicios ambientales necesarios para existir: de ellos depende la cantidad y calidad del agua que tenemos o el balance adecuado de gases en el aire que respiramos. Podemos decir, ¡qué triste que se extingan los orangutanes o las ardillas voladoras gigantes!, pero eso a mí no me afecta, y no podríamos estar más equivocados”.

Para entender la magnitud del problema, el académico pide imaginar a este complejo entramado de vida como un muro protector del cual, cada que se extingue una especie, es como si se retirara un ladrillo. “Aunque al principio no parezca mucho, al sumarse los huecos nos entrará más frío, humedad, polvo y ventiscas y, llegados a cierto punto, la pared colapsará y se nos vendrá encima”.

El 6 de mayo de 2019 la ONU alertaba (a través del IPBES) que enfrentamos una amenaza igual o más apremiante que la del cambio climático: la inminente extinción de más de un millón de especies, algo jamás visto desde que el humano camina por la Tierra. “Una de las consecuencias de esta pérdida de biodiversidad es la aparición de nuevas enfermedades. No ha pasado un año desde que recibimos aquel aviso y ya nos tiene en jaque una pandemia. Eso no es casual”.

La conducta humana y no un laboratorio, la responsable

El 14 de abril, en el Washington Post, el columnista Josh Rogin sugería que el SARS-CoV-2 habría sido creado en el Instituto de Virología de Wuhan, y presentaba como evidencia un par de cables de 2018 donde personal diplomático de Estados Unidos señalaba los diversos experimentos realizados con cepas de coronavirus y la poca seguridad observada entonces en el complejo chino.

Para el doctor Ceballos el trasfondo de esta versión es un sinsentido, en especial porque el SARS-CoV-2 ha sido estudiado a detalle, su genoma secuenciado y todos los datos genéticos indican lo mismo: es muy parecido al RaTG13 (virus presente en los murciélagos Rhinolophus affinis), con una similitud entre ambos del 96 por ciento.

“Si la semejanza fuera del 99.9 por ciento podríamos sospechar de una manipulación de laboratorio, pero crear el cuatro por ciento de una cadena es científica y tecnológicamente imposible. Me sorprende que haya periódicos que se decanten por estas versiones sin considerar no sólo que el salto de padecimientos del animal al hombre es común y ha pasado antes —como con la peste negra o la gripe española—, sino que este fenómeno se ha acelerado a tal grado que hemos visto esto más de 100 veces en los últimos 40 años, como dan testimonio el SARS, el MERS o la fiebre de Lassa”.

Por ello, en vez de atender a teorías conspiranoicas, el experto pide no apartar la mira de las prácticas que en realidad habrían detonado no sólo la nueva enfermedad, sino su expansión desbordada: la explotación de especies y la alteración antropogénica de los hábitats.

Casi todas las investigaciones coinciden en que el nuevo coronavirus saltó por primera vez del animal al hombre en el Mercado Mayorista de Mariscos del sur de China (en Wuhan), un wet market donde además de peces se vendían ciervos, serpientes, castores, puercoespines, cocodrilos y demás fauna cazada ilegalmente, hecho que, para el profesor Ceballos, revela un punto neural de esta crisis.

“Para quien no tenga idea de cómo es un mercado húmedo, son sitios dantescos donde se colocan jaulas unas encima de las otras y donde es común ver a gatos y perros hacinados y defecando sobre mapaches o la criatura que en suerte le tocó estar debajo (por dar un ejemplo). Al centro suele haber un gran canalón por donde corre sin cesar un líquido fétido formado por la sangre y los detritos de estas criaturas, porque además estos seres son destazados ahí mismo”.

A decir del académico, sólo basta hacer la sumatoria: fauna doméstica y silvestre conviviendo una al lado de otra, entornos insalubres y un vaivén de humanos. En tal escenario, en algún punto un virus o una bacteria de los animales mutará y saltará al hombre.

Desde 2017 el doctor Ceballos viene impulsando la iniciativa global Stop Extinction con el objetivo de sumar a gobiernos y empresas contra la desaparición masiva de especies. Hasta arriba de la lista de acciones planteadas está el poner freno al tráfico ilegal de especies, algo que —dice— no sería tan difícil de conseguir de lograrse la adhesión irrestricta de China, ya que tan sólo si este país evita dicha práctica el problema se reduciría en un 70 por ciento, “y si logramos convencer a Vietnam e Indonesia el porcentaje sería casi del cien”.

No obstante, el especialista sabe que esto implica ir de frente contra un negocio que emplea a 14 millones de individuos, que vende más de 100 millones de ejemplares animales al año y que genera ganancias anuales de 75 mil mmdd (más que todo el mercado ganadero de los EU), por lo que anticipa una tarea nada fácil.

“Suele creerse que el wet market de Wuhan era un lugar para gente pobre y es mentira, quienes compraban ahí eran personas pudientes que podía desembolsar 100 dólares por una sopa de pangolín o hasta 100 mil dólares por un kilo de buche de totoaba. En China hay 300 millones de ricos y una clase media numerosa y boyante; de ahí que sea tan difícil desarticular esto, hablamos de mucho dinero”.

Vecindades peligrosas

Ciervos japoneses deambulando por una semidesierta ciudad de Nara; linces en un parque León, Guanajuato; pumas en Santiago de Chile, o jabalíes de paseo en una Barcelona sin gente son algunas de las notas que han acaparado titulares en estos días y, para el doctor Ceballos, son una señal preocupante de lo próxima que está la fauna salvaje de las áreas urbanas, del hombre y sus mascotas.

“Al extenderse así, el hombre y la fauna doméstica se han puesto en una cercanía riesgosa con los animales silvestres y ello favorece que las enfermedades rompan la barrera que suele haber entre especies. Un ejemplo que nos toca de cerca es el de los jaguares, que se están contagiando del moquillo típico de los perros, y se están muriendo”.

Hace pocos días The New York Times dio a conocer que avispones gigantes asiáticos (insectos endémicos de Japón) acababan de llegar a Estados Unidos, lo cual encendió alarmas no sólo por su presencia en un sitio al cual no pertenecen, sino porque ponen en riesgo a la muy mermada población de abejas en América. “Cada que se da uno de estos eventos se altera el equilibrio natural y es más factible que surjan nuevos padecimientos y corran sin freno”, dice el académico.

“Ello explica que, en estos momentos, al norte de México, haya un brote muy peligroso de fiebre hemorrágica que afecta a los conejos domésticos y amenaza con extinguir a los nativos, o que en China se estén reportando cada vez más casos de hantavirus, enfermedad infecciosa que brincó de los ratones silvestres al ser humano”.

En repetidas ocasiones, Gerardo Ceballos ha planteado que esta pérdida acelerada de especies, la alteración constante de los hábitats y el cambio climático pueden llevarnos a un colapso de la civilización.

“No es exagerar, es un escenario factible y sobre el que deberíamos reflexionar; la crisis del coronavirus nos obliga a ello. Si nos ponemos a pensar ignoramos si, una vez terminada la pandemia, lograremos mantener la coherencia económica, política y social de México, ya no digamos la del mundo. Mucho temo que el golpe en términos financieros y de vidas humanas sea tan fuerte que estemos a punto de ver movimientos civiles de violencia no registrados en 100 años”.

No obstante —lamenta el docente—, mientras nos distraemos con otras cosas, muy en segundo plano avanzan peligros en los que no reparamos, como el de una infección de las ranas que entró a los Estados Unidos debido al tráfico ilegal y que ha provocado no sólo la desaparición de 200 especies de estos anfibios, sino una merma de hasta el 90 por ciento en sus poblaciones, o una enfermedad propia de las salamandras que se corrió de Asia a Europa, que estaría por llegar a América y que, una vez aquí, prácticamente evaporaría a las variedades endémicas mexicanas.

“Cada que desaparece una planta o un animal no hay marcha atrás, nos vemos afectados todos y el daño es irreversible. En este aspecto las extinciones son más graves que el cambio climático, pues éste todavía se puede revertir, una especie que se va ya nunca regresa”.

Algo que ya se venía venir

En la prensa de todo el mundo es cliché llamar a la crisis del Covid-19 “un cisne negro” (es decir, un evento inesperado, catastrófico y difícil de predecir), algo que para el autor de dicho concepto, Nassim Nicholas Taleb, es “erróneo y exasperante” pues desde hace tiempo los científicos vislumbraban una gran pandemia en el corto plazo y exigían tomar previsiones. “En todo caso esto es un cisne blanco”, corrige el profesor del Instituto de Ciencias Matemáticas de la NYU.

Al respecto, el doctor Ceballos recuerda que, ya en 2007, un equipo de médicos hongkoneses publicó un artículo que advertía, con todas sus letras y desde la primera página, sobre grandes reservorios de coronavirus similares al SARS-CoV en murciélagos de herradura, los cuales, aunados a la presencia de mercados húmedos por toda China, estaban gestando las condiciones ideales para el surgimiento de una pandemia igual o peor a la vivida en 2003, con el SARS.

“Ya nos habíamos arriesgado con esa primera epidemia del síndrome respiratorio agudo severo, que fue muy grave y más mortal que ésta, aunque menos virulenta y se logró contener, y lo mismo pasó con el MERS. Lamentablemente no aprendimos la lección y estamos aquí”.

También hay otro artículo titulado Inevitable or avoidable? —igual de 2007— donde el doctor Philip Hunter preguntaba si estamos listos para el siguiente gran evento pandémico y concluía diciendo: “Por demasiado tiempo hemos soslayado el desarrollo de estrategias para responder a emergencias de salud pública y las comunidades tienen muy poco equipo para enfrentar epidemias súbitas, no se diga ya una pandemia global. Ojalá el espectro de una pandemia devastadora e inminente aniquile esta falsa sensación de seguridad y haga que las mentes y presupuestos de los gobiernos, y de las comunidades de investigación, se concentren en prevenir el siguiente gran azote”.

Pese a las muchas advertencias de que algo así se venía, nada se hizo y ello ha generado severas críticas de personajes públicos como Nassim Nicholas Taleb, Bill Gates, Jane Goodall o Jared Diamond, quienes coinciden al señalar que ésta es la primera de muchas pandemias, una noción con la que el profesor Ceballos no comulga.

“Cuando encontremos una vacuna podremos retomar nuestras vidas como bien podamos, aunque el impacto social y económico durará años; espero que el sistema no colapse. Cuando digo que discrepo es porque no podemos darnos el lujo de pensar que ésta es la primera de muchas pandemias que se avecinan. Si salimos de aquí deberemos verla como una última llamada de atención; no creo que tengamos la capacidad de brincar más eventos similares a futuro”.

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