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Coronavirus benefició a la Tierra y cambió ruido sísmico

Luis Javier Alvarez / edición Michel Olguín Lacunza

Quedarse en casa para contener la epidemia tiene evidentes efectos secundarios. Las imágenes que vemos circular hoy en día muestran una pausa: calles y avenidas desiertas. Las personas desaparecen de su entorno rutinario y el silencio de nuestra actividad en la Tierra nos permite “escuchar” otros ruidos más naturales y menos humanos.

Como consecuencia de la pandemia se han visto fenómenos como la baja en la cantidad de bióxido de carbono en zonas pobladas y con gran actividad industrial, la llegada de fauna tanto marina como terrestre a ciudades. En una nota que apareció en la revista Nature hace unos días, científicos belgas reportaron que la pandemia del coronavirus ha tenido como efecto secundario la reducción de ruido sísmico. La corteza terrestre se mueve de forma diferente en estos días. Los científicos belgas dicen que con los mismos detectores se han podido detectar sismos de menor intensidad y que este hecho puede ayudar a mejorar el monitoreo de la actividad volcánica y otros eventos sísmicos.

El ruido sísmico es el nombre que se le da a las vibraciones persistentes del terreno debido a una serie de causas. Desde el punto de vista físico es producido por ondas superficiales de relativamente alta frecuencia, es decir, ondas que se propagan por la superficie del terreno. Las diferentes fuentes pueden ser las caídas de agua incluyendo la lluvia, el oleaje del mar, los pequeños movimientos de la corteza terrestre, la actividad humana como el transporte, la producción de energía eléctrica, el uso de maquinaria pesada, entre otras. Hay quien dice que el ruido es indeseable porque enmascara señales importantes desde el punto de vista sismológico, pero desde hace ya bastante tiempo, se ha visto que el ruido contiene una gran cantidad de información útil del sistema que lo produce, no solamente en sismología, sino en mecánica y cardiología, por mencionar sólo dos disciplinas en las que se estudia. En general, en cualquier señal que varía en el tiempo hay ruido más o menos útil.

Este tipo de reducción se nota alrededor del día de navidad en el Observatorio Real de Bélgica en Bruselas. De la misma manera que eventos naturales producen vibraciones en la corteza terrestre, también lo hacen el movimiento de vehículos y maquinaria industrial y aunque la contribución de fuentes individuales es pequeña, en conjunto produce un ruido de fondo que reduce la capacidad de los sismómetros para registrar señales naturales a las mismas frecuencias.

Lo observado en Bélgica representa un tercio de la intensidad detectada con actividad humana y la capacidad que tienen hoy, equivale a tener detectores a 100 metros de profundidad, es decir, hay en Bélgica un silencio sísmico producido por la falta de actividad generada por la pandemia del coronavirus.

Sería de esperarse que, si se siguen interrumpiendo actividades en todo el mundo, ahora se puedan detectar con mayor claridad o simplemente detectar, eventos que habían sido inaccesibles. Esto abre algunas posibilidades como, por ejemplo, la de diseñar mejores instrumentos que permitan discernir entre ruido humano y ruido natural. Según el artículo aparecido en Nature también en otras partes del planeta se ha observado este efecto. Cabe mencionar que algunos detectores se han colocado a propósito lejos de zonas habitadas y que en ellos no se manifiestan cambios en su capacidad de registro. Sin embargo, es una oportunidad excepcional para que los detectores que se encuentran en zonas habitadas y con gran actividad humana sirvan en esta temporada de pandemia, para detectar señales que no se habían detectado con anterioridad.

Estos fenómenos invitan a reflexionar sobre el papel que está desempeñando el hombre en la naturaleza, pues en solamente unas cuantas semanas el planeta se recupera de los cambios que la actividad humana produce en el medio ambiente.

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