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Doble, derecho, en old fashion

Dana Cuevas Padilla*
No sé si empezar este texto con una cita de los Strokes parezca a los lectores un poco ridículo

No sé si empezar este texto con una cita de los Strokes parezca a los lectores un poco ridículo.

El libro de Vergara sobre el que ahora escribo está inserto en un espíritu muy rocker, pero de un rock más de la vieja guardia. Pero, a la vez, durante su lectura, no podía sacar de mi cabeza una frase de la canción “On the other side” de la noventera banda neoyorquina: “I hate them all. I hate myself for hating them”. La primera vez que escuché esa línea, sentí que encontraba una acertadísima descripción de mi modus vivendi. Y descubrir que no soy la única persona que, a ratos, tiende a despreciar a toda la humanidad me resultó un poco tranquilizado.

Así son los personajes de Doble, derecho, en old fashion. Quieren involucrarse pero no pueden salvar ese abismo insondable con sus “iguales”. O tal vez mi expresión es muy aventurera y ni siquiera intentan involucrarse. Pienso en el protagonista del cuento que se llama “Un trago conservador” que bebe whisky (ya no sé si es whisky o güisqui) y escucha las cuitas de un pobre hombre que, ¡vaya problema que tiene!, y no hace más que sentir enojo en su interior porque el cabrón fumador social se está echando sus cigarros y los apaga a la mitad.

Vergara se identifica (¿o lo identifican los demás?) en la corriente del realismo sucio. No voy a entrar en aburridas decimonónicas características del realismo, de cómo sus principales exponentes sentían que al escribir tenían el compromiso de dejar un testimonio sobre su tiempo y la sociedad… el realismo sucio es Raymond Carver, Richard Ford y Bukowski, ustedes los conocen y no hay más que decir —muy a lo realismo sucio—.

Lo cierto que algo que admiro de los cuentos de Adolfo Vergara es, más que la falta de descripciones, lo precisas que son éstas. A veces no es necesario más que narrar qué bebe una persona para darnos una idea de ella: toma cocteles azules algo afeminados. O no requerimos más que imaginarnos la firmeza de los muslos de una mujer, igualados a los de una cebra, para saber que debe estar buenísima. “El juego del intestino” identifica la interminable fila que hacemos en los bancos, alrededor de cordones que giran unos sobre otros, con un intestino grueso enrollado en la cavidad estomacal. Y su protagonista analiza a los personajes que hacen fila con él. Los cataloga por detalles específicos, no abunda, pues al fin y al cabo, a todos nos define algo evidente, nos guste o no.

Doble, derecho, en old fashion es un libro de cuentos que, como un buen trago de whisky derecho, nos quema la garganta, deja rastro por donde transita, pero el gusto es muy agradable. Ahora sé que Adolfo se toma su tiempo, que medita las palabras, las analiza y sopesa a plena conciencia (tal vez catorce años pareciera mucho, aunque vale la pena esperar por textos así en lugar de llenarnos de los de aquellos autores que publican un libro cada seis meses). Por el contrario, del otro lado de la dialéctica literaria, el lector necesita poco tiempo para leerlos, pero —y aquí me refiero a mi muy particular caso— mucho para comprenderlos, para vivirlos. Son cuentos al clásico estilo cortazariano, que ganan la batalla por knock out. Por ejemplo, el cuento que abre el libro “Son Rabadán”… mi mente vuelve, vuelve, vuelve a él. Su última línea es una bofetada seca, dura. Un gancho al hígado de realidad.

Me fascina (en un tono nauseabundo y sarcástico) este discurso moderno que atiborra las redes sociales de empatía y amor al prójimo. Historias de personas que al otro lado del mundo luchan por un lugar mejor, un tipo en Corea que dona todo su dinero a los pobres, un sacerdote en Medio Oriente que trabaja con las comunidades para hacerlas autosuficientes… ¿Quién nos cuenta las historias de las maestras desgraciadas que frustran la vida de los niños, o de las putas que tienen que regresar a casa tras un «intenso» día de trabajo, a lidiar con sus hijos; de los hombres celosos del pollito que su mujer ama como a un hijo; del abogado corrupto que resuelve casos al más puro mexican style? ¿Quién levanta la mano a la hora de hablar de misantropía, de corrupción, de indiferencia? Adolfo Vergara, sin duda. Por supuesto, no se trata de aventar mierda a diestra y siniestra. Aquí estamos hablando de crear literatura, ese ente intangible que tiene entre sus armas la retórica, el sarcasmo, el juego de palabras, las metáforas, y con ellas nos entrega una quimera que no sabemos si ya se nos salió o no de las manos, si es ficción, realidad o una mezcla muy cruda de ambas.

Adolfo Vergara Trujillo. Librosampleados, 2016

*Egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Lengua y Literaturas Hispánicas

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