Academia

Hoy ganamos las mujeres

Luisa González*/Farrah de la Cruz Cárdenas/Myriam Nuñez

Una semana antes pregunté en Facebook qué mujeres de mi muro irían a la marcha del 8 de marzo para unirme a ellas porque quería ir acompañada. Por un día o dos sólo hubo silencio, lo cual me decepcionó muchísimo, más de las mujeres de mi generación.

Pareciera que no estaban enteradas, o tenían miedo, o no querían decir abiertamente “no” y por qué.

Hasta el tercer día, una amiga y compañera de la Facultad preguntó a qué hora sería la concentración. Otra colega mencionó que sí iría con un contingente de escritoras y periodistas. Al menos ya algunas daban señales de vida.

Decidí hacer la invitación más personal e invité por whatsapp. Aunque la mitad me dejó en visto, la otra mitad al menos era sincera: “no, gracias”, “ese día (domingo) veo a mi hijo”, “no sé si vaya, tengo que trabajar al otro día” e íconos de hola y besitos, lo cual me desmotivó aún más.

“Ok. No pasa nada. Vamos con quien sí quiera y pueda y si no, voy sola”, me dije.

Una gran amiga, psicóloga de profesión, afortunadamente se manifestó: “Lu. Yo también voy con el contingente de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Te agrego al grupo de whatsapp”. En dicho grupo se pasaron tips para saber cómo actuar en caso de ataques con ácido, qué tipo de ropa llevar, a quién deberíamos llamar ante una emergencia, canciones de protesta, videos, pase de lista, etc.

Estaba emocionada, no daba crédito. Ya empezaban a alzar la mano muchas mujeres.

El día de la manifestación quedé con Raquel, compañera de la licenciatura, para reunirnos en una estación del metro cercana al Monumento a la Revolución. Estaba lleno, miles de mujeres llegaron vestidas de morado y verde. Hasta hicieron juego con las jacarandas de las calles.

Comenzó la marcha. Niñas, adolescentes y jóvenes estaban ahí. Madres e hijas, amigas y compañeras. Abuelas, madres, hermanas. Con juventud y sin ella. Con bastón y en silla de ruedas. Las mujeres estaban ahí para exigir el cese la violencia contra ellas.

Muchas iban por primera vez a una marcha; otras, era la primera ocasión que sus madres las acompañaban.

El sol caía sobre nuestras cabezas pero seguíamos adelante, animadas con cantos y consignas. A los lados había personas que tomaban fotos y videos. Por ahí estaban periodistas hombres que obedecieron las peticiones de las feministas y siguieron la marcha de lejos.

“Fuera hombres, fuera hombres”, gritaban las mujeres cuando alguno se atrevía atravesarse. Aún no entienden que éste es asunto de mujeres y no deben provocar.

Al final de los contingentes se organizó uno mixto para aquellos hombres que quisieran acompañar la manifestación.

Como siempre, los medios informativos siguieron las escenas de vandalismo y no de aquellas mujeres que tomaron el micrófono para denunciar que habían sido abusadas de niñas por un primo, por un tío o su propio padre. Que tuvieron que ir al psicólogo para salir adelante. Otras denunciaron que su pareja les quiere quitar a los hijos pero estaban haciendo todo lo posible para evitarlo.

Los medios de comunicación tampoco dieron cuenta de las mujeres que salieron a trabajar, las señoras que ofrecieron comida y bebida empujando sus carritos con ruedas para seguir la manifestación.

Mujeres de Perú y Colombia estaban en la manifestación de mexicanas.

Por fin llegamos a la plancha del zócalo donde hubo evento la noche anterior, pero alguien dio la orden equivocada de no desmantelar por completo un templete y equipo, y sólo lo tapiaron. Tampoco hubo conexión. Pero eso no importó. El objetivo se había alcanzado. Manifestarse, exigir seguridad y hablar del tema en nuestros hogares y trabajos, estemos de acuerdo o no.

Ganamos las mujeres hoy, finalmente.

*Maestra en Diseño, Información y Comunicación

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