Internacional

Políticas migratorias de Trump con inclinación racista

Omar Páramo

Como especialista en inmigración en los Estados Unidos, el doctor Hiroshi Motomura ha participado en diversos paneles y en uno de los más recientes, tras desglosar las posturas adoptadas por ese país desde que comenzó a traer esclavos negros del África hasta la fecha, y tras examinar cómo en ciertos momentos las autoridades han privilegiado la entrada de ciertas nacionalidades y le han cerrado las puertas a otras por asuntos de raza, uno de sus interlocutores le espetó: “Eso es el pasado, yo no estaba ahí y no soy responsable”.

Al profesor de la Escuela de Derecho de la UCLA esta respuesta le impactó no por venir de un colega suyo, sino porque refleja un desdén por la historia presente en muchos estadounidenses, y porque justo esa indolencia es la explotada Donald Trump a fin de hacer que sus políticas migratorias logren cada vez mayores índices de aceptación.

De visita en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, Motomura destacó que las ideas del magnate significan una ruptura respecto a las manifestadas por sus antecesores en la Casa Blanca, quienes abogaban por una migración legalizada, pues el presidente actual no sólo busca limitar ésta al mínimo, sino que ha añadido un componente racial semejante al propuesto hace casi un siglo en EU, bajo el nombre de The National Origins System.

“El sistema nacional de orígenes operó de 1924 a 1965 y buscaba que los Estados Unidos volviesen a tener una composición racial parecida a la de 1800, es decir, blanca, anglosajona y protestante, por lo que desde las leyes favorecieron la entrada y concesión de nacionalidad a personas del norte de Europa (a las del sur le ponían trabas y no era tan fácil la admisión de franceses, italianos o judíos, por ejemplo), mientras que a los trabajadores mexicanos se les permitía pasar en gran número, siempre y cuando no se quedaran”.

De hecho, la comisión Dillingham (comité formado en 1907 para evaluar la situación migratoria de los EU) lo dijo muy claro al publicar sus conclusiones en 1911: “Los migrantes mexicanos nos proporcionan una fuerza de trabajo adecuada y, debido a que no se integran con nosotros, no deberíamos hacer caso de su presencia siempre y cuando regresen a donde nacieron. Los mexicanos son mucho menos deseables como ciudadanos que como trabajadores”.

Sin embargo, señala el doctor Motomura, esta situación cambió en 1965, cuando el Congreso estadounidense estableció que las leyes de inmigración y ciudadanía no se podían aplicar discrecionalmente según nacionalidad, ya que esto era discriminación explícita, y abolió el National Origins System para establecer un límite similar de personas aceptadas legalmente por país, mandato que se ha venido siguiendo —con más o menos restricciones— desde entonces.

Por ello, reflexiona el profesor Motomura, cuando un presidente como Trump dice no querer más inmigración de países de África, Haití o El Salvador (a los que llamó shitholes u hoyos de mierda, según filtraciones) y sí de países como Noruega, lo que hace es introducir una vena racista en sus políticas que no se veía desde hace tiempo.

“Los últimos habitantes de la Casa Blanca han defendido —de manera simplificada— que la inmigración legal es buena y la ilegal mala; Trump es el primer presidente en muchas generaciones en declararse escéptico hacia la primera (si no proviene de ciertas regiones), y en mostrar una severidad inusual contra la segunda, lo que muestra una voluntad de modificar la composición racial y religiosa de los EU”, de manera similar a lo buscado por el National Origins System hace poco menos de 100 años.

Por ello, advierte, no es prudente desdeñar la historia ni creer que no tenemos responsabilidad sobre ella sólo por haber ocurrido hace tiempo, “pues comprenderla nos explica dónde estamos parados”.

El componente latino, una apuesta a futuro

 El profesor Hiroshi Motomura es franco al explicar que, a él, el tema de la inmigración le toca muy de cerca porque nació en Japón y fue llevado a los Estados Unidos a los tres años, en una época en la que las leyes eran discriminatorias, por lo que creció como un adolescente que se sentía estadounidense para cualquier propósito, pero sin ciudadanía para efectos legales.

“Por eso sé de la importancia de entender el fenómeno y de usar los términos adecuados para referirnos a él, por ello en vez de hablar de ilegales o indocumentados, lo mejor es emplear el concepto de población no autorizada en los Estados Unidos”.

Sobre este grupo de personas, Motomura explicó que rondan los 11 millones, que la mitad entró como estudiante o turista y se quedó, y que el 60 por ciento se concentra en California, Texas, Nueva York, Florida y Nueva Jersey. “Un aspecto a resaltar es que, de esos 11 millones, el 53 por ciento es mexicano”.

Este hecho, aunado a la Immigration Act de 1965 —que transformó la situación demográfica, pues antes de ella siete de cada ocho inmigrantes naturalizados venían de Europa y hoy nueve de cada 10 provienen de otros lugares— ha hecho que la población hispana crezca considerablemente; no obstante, ante la pregunta de si esto puede ser un factor decisivo en las próximas elecciones presidenciales y provocar la derrota del Partido Republicano, el académico se mostró poco convencido.

“Lo que pasa es que, como señalé antes, esas poblaciones se concentran en lugares específicos y ahí pueden hacer mucho. Por ejemplo, se dice que el fin del Partido Republicano en California se dio cuando éste quiso imponer la Proposición 187, ya que eso hizo que los votantes latinos se movilizaran al ver que buscaban arrebatarles derechos, pero en lo tocante a los comicios presidenciales es poco probable que tal escenario se repita, pues tenemos algo llamado Colegio Electoral que hace que los votos se obtengan por estado y no por votantes. Eso hizo que Trump ganara en 2016, sin importar que más personas sufragaran por Hillary”.

Otro aspecto que se suma a que esta población aún no sea clave para definir el rumbo político de los Estados Unidos es que la participación electoral hispana es relativamente baja. “No tengo ninguna duda de que estos cambios demográficos tienen gran peso, pero no sé si veremos su impacto electoral en el 2020 o en el 2050”.

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