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«No hay nada peor que sentirse solo en medio de las personas»

Brenda Terrazas/Diana Rojas

“¿Por qué, en general, se rehúye la soledad? Porque son muy pocos los que encuentran compañía consigo mismos”, decía el escritor italiano Carlo Dossi. La soledad es un componente meramente subjetivo y deriva de la percepción del afecto que se recibe de los otros; particularmente, de esos otros que son importantes o valiosos, y detrás de dicho acontecimiento se encuentran una serie de factores ligados que dependen de cómo aprendimos durante nuestro desarrollo a manejar los periodos de soledad.

En entrevista para UNAM Global, la doctora María Montero y López Lena, de la Facultad de Psicología de la UNAM, define la soledad como un fenómeno psicológico multidimensional, esencialmente subjetivo y potencialmente estresante producto de deficiencias afectivas, sociales y/o físicas, reales o percibidas. Como tal presenta dos componentes:

La soledad negativa, la más conocida, es el resultado de carencias afectivas, sociales y/o físicas, y tiene un impacto sobre la salud del individuo. Proviene de un desequilibrio entre lo que yo deseo como una relación de afecto y lo que percibo, ese desequilibrio te produce una sensación de vacío, de que te falta un vínculo y es a lo que llamamos soledad.

El lado menos conocido, pero que sí existe, es la soledad positiva. Es la experiencia de éxtasis que da sentirse dueño de los recursos cognitivos, físicos y existenciales que poseemos. También conocida como solitud. La solitud engancha, es una agradable sensación de estar a gusto con uno mismo. Al concepto de solitud no le falta esa carencia implícita en la soledad. No es estar solo como algo negativo, más bien todo lo contrario.

“No hay nada peor que sentirse solo en medio de las personas, ese contraste es angustiante”, comenta Montero y López Lena. “El desafío es documentar de manera sistemática qué factores favorecen a la soledad negativa y a la soledad positiva”.

DESDE NIÑOS HASTA ADULTOS

La soledad es multidimensional puesto que involucra aspectos tanto de personalidad (baja autoestima, deficiencias en el desarrollo afectivo) como de interacción social (tendencia hacia el aislamiento) y dificultades en la manifestación de habilidades conductuales (donde la persona tiene dificultad para establecer y consolidar “redes” sociales). Es posible identificar desde el inicio manifestaciones y consecuencias de la soledad, mismas que varían en intensidad y duración.

Nacemos con ciertos recursos emocionales, unos son más sensibles que otros, pero todos poseen la capacidad de sentir experiencias de aislamiento, de soledad. Y también de gestionar recursos para manejar dicha experiencia.

Durante la infancia, es de gran importancia que los padres sean sensibles a las características psicológicas, a los recursos afectivos de sus hijos, pues estas herramientas afectarán a los niños en las siguientes etapas del crecimiento.

“Los padres deben estar atentos a sus hijos, para guiarlos hacia un desarrollo emocional y cognitivo adecuado”, comenta. “No todo es aprender a identificar colores, a saber nombrar o contar, es también importante saber identificar sentimientos, hacer esta conexión empática con los niños, que aprendan que los sentimientos como la soledad existen no sólo negarlos, sino darle herramientas para que ellos puedan afrontarlos y resolverlos, que sepan que estos sentimientos no son permanentes, que se pueden solucionar o gestionar, por ejemplo, leyendo, amigos, desarrollando alguna actividad que apasione y dé sentido de vida al realizarla”.

En la literatura especializada, se dice que los niños reportan experiencias solitarias negativas desde los cinco años, pero no es que no las hayan experimentado antes, sino que a los cinco años los niños ya dominan el lenguaje y puede expresar ese “vacío interior” por la falta de algún familiar o amigo, señala la investigadora universitaria.

Es parte del proceso natural aprender a socializar y es importante que desde niños sepan identificar tanto el lado positivo y negativo de sentirse solos. “Es importante enseñar a los niños cómo manejar positivamente periodos de soledad para que en la etapa adulta no la identifiquen como algo negativo, sino como un camino al conocimiento interior”.

De acuerdo con la académica universitaria, debe procederse con cautela, “no es que tengan que sobreprotegerlos. Es importante recordar que la sobreprotección es la madre de la inseguridad”.

La soledad es un fenómeno que se presenta a lo largo de la vida y que no es privativo de ninguna etapa. De hecho, las tendencias demográficas de las últimas décadas muestran que, debido al aumento de la expectativa de vida, integrantes de familias de cuatro generaciones diferentes interactúan entre sí durante un periodo de tiempo considerable antes de que los miembros más viejos fallezcan.

Sin embargo, existe una creencia preocupante que sugiere que los adultos mayores están destinados a sentirse solos todo el tiempo. “Es un prejuicio que se tiene en la sociedad, en la que no deberían ver la soledad como un castigo, sino como una oportunidad para reflexionar e identificar sus recursos emocionales y poder adaptarse ante cualquier circunstancia”.

No es suficiente vivir más, ya que los adultos mayores también deben tener acceso a una buena calidad de vida, tanto en términos físicos como psicosociales.

INSTRUMENTO DE MEDICIÓN DE LA SOLEDAD

Todas las personas podemos elegir vivir el proceso de soledad positiva, deberíamos trabajar para poder controlarlo, de esta manera, representaría una oportunidad de autoconocimiento. Sin embargo, cuando no se sabe lidiar con este proceso surge la soledad negativa, que si se prolonga por mucho tiempo puede ocasionar problemas de salud, como la depresión, caer en alguna adicción, o incluso, en el suicidio.

Un instrumento para medir la soledad es el Inventario Multifacético de Soledad, desarrollado y validado por la doctora Montero y López Lena, el cual mide las fuentes de afecto deficitario y las conductas de afrontamiento ante la soledad. En la actualidad existen cuatro versiones aplicables a niños, adolescentes, adultos de mediana edad y adultos mayores.

Este instrumento permite ratificar el carácter esencialmente subjetivo de la experiencia solitaria, si se le identifica a tiempo, puede tomarse una acción adecuada. Estudios realizados por la investigadora universitaria demuestran que el efecto negativo de la soledad en la salud mental también puede atenuarse cuando hay apoyo familiar e interacción social.

HACIA EL LADO POSITIVO

Actualmente, el laboratorio de la académica universitaria se encuentra en la fase de identificación de algunas de las variables que pueden contribuir a la experiencia positiva.

Se da por hecho que todos planeamos nuestras metas en la vida, pero en la realidad, no siempre es así, la mayoría de las personas viven por inercia. Esa inercia de vivir es la que, si se tienen las condiciones internas y externas convenientes conduce a cumplir ciertos sueños y metas. Pero la conciencia, el reflexionar como ser humano, enfrentarte a tu “saldo de vida” y revisar si se obra bien o mal, se consigue en periodos de soledad positiva o de solitud.

“Es necesario hacer esa conexión íntima consigo mismo para reforzar la solitud, no se debe tener miedo a enfrentarse a la soledad negativa, es parte del desarrollo personal y una vez que la integremos, como un paso importante de autoconocimiento, podemos trascender de lo negativo a lo positivo”.

“No llores porque se fue, sonríe porque lo tuviste”, decía García Márquez. “Esa capacidad de transformar lo negativo en positivo lo tenemos todos los seres humanos, de eso se trata la vida”, destaca Montero y López Lena.

VESTIR DE VERDE

Otra línea de investigación de la académica universitaria que está correlacionada con la soledad y el desarrollo socioemocional, es la Restauración Psicológica y Ambiental, estudio relacionado con los beneficios psicológicos del contacto con la naturaleza, puesto que las áreas verdes (naturales o artificiales) tienen un impacto y beneficio directo en las personas.

Los problemas sociales y estresores ambientales se encuentran con mayor frecuencia en escenarios altamente urbanizados e inciden, a su vez, en la salud mental. Hoy día, el estrés y las enfermedades mentales están convirtiéndose en algo común y los costos asociados con la salud pública van en aumento.

La salud mental es un concepto que involucra el equilibrio emocional, conductual, cognoscitivo, el bienestar subjetivo, la capacidad de afrontar adecuadamente el estrés, la autonomía, la autorrealización de las capacidades intelectuales, realizar sus habilidades y la capacidad de convivir armoniosamente con los semejantes. No obstante, poco se ha documentado acerca de las repercusiones (positivas y negativas) del ambiente físico en la salud mental.

“Tiene que ver con un contexto evolutivo, nuestros antepasados dependían de las áreas verdes para su supervivencia, es decir, son parte de nuestra evolución y nos producen una sensación de bienestar, tranquilidad y paz”.

Uno de los problemas ambientales más serios que enfrentan las ciudades en el mundo es la falta de naturaleza urbana, sobre todo al considerar que éstos constituyen un indicador principal de calidad de vida. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS) se recomienda un mínimo de 12 m2 de áreas verdes por habitante en áreas urbanas y una ciudad, en el ideal, debe contar con una cobertura del 20 por ciento de árboles dentro de su territorio.

La Ciudad de México posee un territorio de 9,560 km2 con una población de aproximadamente 19 millones de habitantes, y sólo cuenta con 2.3 km2 de áreas verdes por habitante. No resulta extraño que casi 15 millones de mexicanos padezcan algún trastorno mental, o que haya una incidencia mayor de patologías sociales, por ejemplo, la tasa de homicidios es casi tres veces mayor que el promedio mundial por 1,000 habitantes.

La idea es que la presencia de las áreas verdes, que impactan positivamente la salud mental, sea una de las prioridades de la implementación de políticas de salud pública, pues la mayoría de programas de promoción de la salud se centran más en los individuos que en los ambientes, esto es, han sido diseñados para modificar el estilo de vida a través de ejercicio y regímenes de dieta, en lugar de proveer recursos ambientales que promuevan el bienestar entre los habitantes de un área.

“Nosotros establecemos conexiones más o menos fáciles depende del contexto físico en el que nos desarrollamos, la transformación de la naturaleza implica un quiebre de la misma, por ejemplo, perforar, golpear, destruir en aras de una modernidad que preconiza la construcción y olvida el equilibrio con la naturaleza conduciendo a una paradoja, donde se destruye el medio ambiente con la creencia de hacer más ‘vivible’ al mismo”, concluye la investigadora universitaria.

 

REFERENCIAS

  • María Montero-López Lena y Armando Rivera-Ledesma (2009). Escala de Soledad en el Adulto Mayor, IMSOL-AM. En A.L. González-Celis (Ed.) Instrumentos Psicogerontológicos. México: Manual Moderno.
  • María Montero-López Lena y Juan José, Sánchez Sosa (2001). La soledad como fenómeno psicológico: un análisis conceptual. Salud mental, 24(1), 19-27.
  • Martínez-Soto, J., Montero, M., y de la Roca Chiapas, J. M. (2016). Efectos psicoambientales de las áreas verdes en la salud mental. Interamerican Journal of Psychology, 50(2), 204-2014.

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