Ciencia Nacional

Gasolinazo, chispa que detonó el malestar social acumulado

Omar Páramo/ Edición: Francisco Medina

En México hay un malestar acumulado por diversos hechos, como los reclamos magisteriales, las quejas de médicos que laboran en condiciones deplorables, la corrupción de los políticos o el enojo de los empleados públicos en Veracruz que no han podido cobrar sus sueldos por los fraudes de su ex gobernador —por mencionar apenas algunos— y éste ánimo adverso encontró en el gasolinazo una chispa para detonar, expone la profesora Aída Valero Chávez, de la Escuela Nacional de Trabajo Social de la UNAM.

Dicha inconformidad ha sido canalizada mediante manifestaciones de protesta justificada y legítima, pero también a través de actos lesivos como el vandalismo o el saqueo a establecimientos comerciales, lo cual se explica, en parte, por la normalización de la violencia que se ha hecho en el país, desde distintos frentes, añade.

A decir de la académica, este fenómeno se liga a múltiples factores, como la migración, la precarización económica, la delincuencia y el narcotráfico, lo que ha generado un escenario propicio para que la población reaccione de manera agresiva en cualquier momento.

Asimismo, los medios de comunicación han colaborado a ello al hacer una apología de la violencia con teleseries proyectadas en los horarios de máxima audiencia como Perseguidos, Señora Acero o El cartel de los sapos, entre otras, en las que se plantea la ilegalidad como vía válida para alcanzar el éxito. “El televisor es el único distractor de mucha gente; imaginemos las consecuencias de esto”.

No obstante, para la académica el factor con más peso es la falta de legitimidad del Estado, expresada como ilegalidad, corrupción e impunidad. Cada vez son más los episodios en los que la gente, al percibir que las leyes en no castigan al infractor, optan por hacer justicia por mano propia, de ahí que hayan aumentado los reportes de linchamientos y casos por el estilo.

Los jóvenes, entre la violencia y la falta de oportunidades

“En este marco se explican los saqueos durante las protestas contra el gasolinazo y algo evidente es que, si observamos a quienes los perpetraron, vemos que fueron mayoritariamente jóvenes, es decir, individuos pertenecientes al sector etario más limitado en cuanto a acceso a la salud, educación y empleo. Solemos llamarlos ninis pero no lo son por elección, sino porque se les arrebatan oportunidades”.

Para Valero Chávez no extraña que vivir con horizontes restringidos les resulte frustrante y que encuentren en la violencia una válvula de escape a sus malestares, por lo que algunos aprovechan las marchas para grafitear y robar, y lo peor es que con frecuencia lo hacen instigados por grupos interesados en deslegitimar protestas que, de conducirse pacíficamente, tendrían un amplio respaldo ciudadano.

“Al acercarnos a estos individuos vemos que con frecuencia vienen de familias incompletas, desintegradas y en las que se infligen agresiones, y que además en sus centros de estudios se ven inmersos en dinámicas de bullying, lo que incrementa su malestar”.

La política del miedo

Los saqueos derivados del gasolinazo son uno de los rostros más evidentes de esa violencia vivida a diario en México, aunque manifestada de formas más sutiles, como cuando las instituciones juzgan a quien solicita trabajo por su apariencia, se discrimina a mujeres o indígenas, se encarecen productos y servicios básicos o, bajo el argumento de salvaguardar la seguridad pública, se dan atribuciones extraordinarias a la policía y al ejército, plantea Valero.

“Esto hace que la gente viva con miedo y si logras esto, puedes controlar a la población, pues la inmovilizas. De ahí el interés de perpetuar este amedentramiento y que la gente viva con temores permanentes a la delincuencia, a perder el empleo, a no poder mantener su nivel de vida, a ser víctima de represión y la lista sigue”.

Sobre la utilidad de la violencia como válvula de escape al malestar social, Valero Chávez expone que es poca o acaso nula, pues hostilidades como los saqueos sólo quedan en aspavientos que deslegitiman movimientos e impiden tomar acciones más efectivas para enmendar injusticias y generar pensamiento crítico.

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