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Porque somos mexicanos festejamos a nuestros difuntos

Michel Olguín Lacunza / Myriam Núñez/Voz: Andrés Otero
El día de muertos los difuntos regresan al mundo de los vivos, iluminados en su camino por las veladoras

En punto de las cuatro de la mañana, con una vela y flores en las manos, mi mamá se colocaba en la puerta de la casa para dar la bienvenida a las almas de los niños difuntos; al mediodía repetía esta acción para recibir a los adultos, evoca Yolanda Guerrero, una mexicana que siempre festeja del día de muertos.

Para ella era imprescindible tener un altar con bastante comida, siempre decía: “debemos alimentar a todos los que nos visiten”. Mi mamá ya falleció, pero junto con mi abuelita nos heredaron esa bella tradición, dice desde su colorido puesto de artesanías, ubicado en el mercado de Jamaica. “Porque somos mexicanos le hacemos honor a nuestros difuntos”.

Es tradición colocar sal y agua en la ofrenda, pero ¿qué significan? De acuerdo con Yolanda, estos elementos quedan benditos por los difuntos que los visitan. La primera debe usarse en los alimentos durante todo el año, mientras que la segunda se guarda para bendecir otras cosas.

La tradición

El mito cuenta que en el día de muertos los difuntos regresan al mundo de los vivos, iluminados en su camino por las veladoras que les prenden. Acuden a visitar a su familia y a degustar sus platillos favoritos depositados en una ofrenda adornada con calaveritas, flores de cempasúchil, dulces, el tradicional pan de muerto y hasta refrescos.

Al respecto, Andrés Medina Hernández, investigador del Instituto de investigaciones Antropológicas, de la UNAM, dice en entrevista que el día de muertos es una celebración, donde todas las familias acuden al cementerio para festejar con sus difuntos. “Es como la navidad de los mexicanos”.

Añadió que las ofrendas son frondosas, abundantes y con muchos referentes sobre la vida de estas almas. Se trata de una tradición muy antigua donde el pasado y el presente se unen.

Las familias preparan una ofrenda para los muertos y generalmente distinguen a los pequeños de los adultos, a los fallecidos por un accidente e incluso hasta aquellos que no tienen familia que los recuerde, acota Andrés Medina.

En el panteón 

Yolanda cuenta que cada 1 y 2 de noviembre acude de dos a tres horas al panteón, y junto a su familia, lleva cempasúchil, la flor roja de terciopelo y sirios, además de prender un copal. “Es como si los veláramos nuevamente”.

En la ofrenda de su casa, también dispone un copal, acompañado de mole, café, tamales, fruta, pan, entre otros. Además, acomoda sillas para los difuntos, que son sus invitados.

“Ellos se guían por el olor, por eso colocamos un camino de flor de cempasúchil desde la entrada hasta la ofrenda».

Para Yolanda, es importante mantener la cultura viva y no perder el culto a los muertos. Por eso, cada año les pone su ofrenda.

 

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