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La forma es fondo

Minerva Ordoñez*

Ya decía Jesús Reyes Heroles: “seremos inflexibles en la defensa de las ideas, pero respetuosos en las formas, pues en política, frecuentemente, la forma es fondo”. Como politóloga siempre abogaré más por el fondo que por la forma, por más responsabilidad social y menos marketing, especialmente en las campañas electorales. Es innegable el peso de la imagen y todos sus estímulos verbales y no verbales que los políticos envían cotidianamente.

Gracias a las redes sociales vivimos en campaña permanente, todo el tiempo a toda hora somos bombardeados con mensajes políticos tendientes a la obtención del voto, aunque los políticos juren que sólo dan a conocer sus informes de actividades o sus logros de gobierno, el hecho es que estamos permanentemente expuestos a mensajes de carácter político.

En el Estado de México las precampañas de la elección de gobernador iniciarán formalmente en enero, mientras que las campañas serán hasta abril de 2017, sin embargo aprovechando que están en el plazo legal para realizar sus procedimientos de selección interna de candidatos, los políticos llenan las redes sociales de fotografías y videos de los eventos de sus compañeros de partido que desean ser tocados por la mano que elige las candidaturas en sus respectivos institutos políticos.

Los mítines de campaña son escenarios cuidadosamente preparados, mientras que los eventos internos partidarios son un termómetro de actitudes y mentalidades de los militantes. Ambos eventos tienen un objetivo distinto, como distintas son sus formas y asistentes. Una fotografía cuenta una historia, parafraseando a Borges, es una imagen incompleta aunque no falsa de la realidad, algo similar pasa con un video, podemos dilucidar las actitudes de los militantes que asisten, observar la gesticulación y lenguaje corporal de quien tiene el uso de la palabra y de las reacciones que genera su discurso.

Resulta curioso observar a los militantes absortos en su teléfono celular mientras el orador dice cosas que deberían ser de su mayor interés, casi dormidos en la silla apenas logran captar algunas palabras del que habla, quien sabiéndose visto y grabado despliega todos sus recursos retóricos. Algunos preparan sus intervenciones públicas, otros no y eso es evidente, pocos son los que tienen habilidad para improvisar y salir avante, la mayoría cantinflea, dice cosas inapropiadas y tropieza. Independientemente de si preparan o no su discurso, la percepción es que no llegan a sus correligionarios y entonces parece una meta aún más difícil, llegar con su mensaje a los ciudadanos.

Aunque los partidos políticos gastan cifras millonarias en asesores ¿por qué el mensaje político no convence? La honestidad de intenciones no se puede fingir, no se puede persuadir a las personas con un discurso engañoso o hecho a modo porque “el cuerpo grita lo que la boca calla”. Cómo olvidar la rueda de prensa de Bill Clinton diciendo: “yo no tuve relaciones sexuales con esa mujer”, mientras su cabeza hacía un imperceptible gesto afirmativo, su boca decía una cosa y su movimiento corporal lo contradecía. El espectador no lo asimiló de manera consciente, no pensó: “miente porque movió la cabeza en un gesto afirmativo”, pero detectó a un nivel subconsciente que no había congruencia entre lo dicho y la expresión corporal del entonces presidente norteamericano.

Forma es fondo, es cierto, pero esto tiende a malinterpretarse, no se trata de entrenar o capacitar a los políticos para que mientan de manera convincente, la aspiración más alta es que exista congruencia y dotar a la política y al quehacer público de contenido, de responsabilidad social y ¿por qué no? de altos valores.

*Maestrante en Humanidades por la Universidad Autónoma del Estado de México

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