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El sentido de lo habitado, una invitación a recorrer el laberinto de los recuerdos

Omar Páramo / Francisco Medina

Al centro de la instalación El sentido de lo habitado hay un altero de libros que, al ser observados de cerca, revelan no estar ordenados por el azar, sino por esas extrañas geometrías que producen las lecturas consecutivas y las consultas de último momento. “Eso se debe a que no son títulos cualesquiera sino la biblioteca de mi madre, quien tiene Alzheimer y esto, de alguna forma, representa sus ideas, unas que se están borrando”, dice la artista Marianna Dellekamp, quien para esta propuesta decidió rodear a esta colección de otros objetos igual de significativos, pero para otra gente.

“Lancé una convocatoria en Facebook y me llegaron muchas respuestas. Terminé seleccionando 23 piezas porque me atraparon sus historias. Hay una puerta con pintura azul descascarillada que fue lo único que quedó en pie de la casa de unos abuelos tras el sismo del 19 de septiembre de hace dos años, una máquina de escribir con caracteres griegos propiedad de un profesor de Letras Clásicas o una bicicleta prestada por la hija del hombre que diseñó el modelo Vagabundo a finales de los 70. Aquí tenemos un conglomerado de objetos detonadores de recuerdos que, por lo mismo, llevan inevitablemente a pensar en alguien más”.

La obra podrá recorrerse en el Museo Universitario del Chopo hasta el 9 de diciembre y, para la artista, en esta ocasión la palabra recorrer es literal, ya que sobre una gran plancha de losetas grises dispuso esta veintena de objetos y una serie de espejos que crean un laberinto, aunque no uno muy obvio pues éste no tiene paredes o vallas. “La estrategia es otra: el objetivo es que estas evocaciones materializadas en objetos cotidianos apelen a nuestra memoria y todos sabemos que, una vez adentrados en ella, es fácil perderse”.

Decía Jaime Torres Bodet en uno de sus poemas: “Enterrado vivo/ en un infinito/ dédalo de espejos,/ me oigo, me sigo,/ me busco en el liso/ muro del silencio” y al respecto Marianna Dellekamp abunda: “No se trata sólo de asomarnos a las experiencias de alguien más, sino de ver qué hallamos de nosotros en ellas. Por ejemplo, tenemos una tornamesa antigua y puede que el sólo verla nos remita a la que sonaba en la casa paterna, o una bicicleta Vagabundo que quizá nos lleve de nuevo a rodar en las calles con los amigos de infancia”.

Además, entre los corredores formados por estos objetos, la artista se dio a la tarea de rotular sobre el piso la historia de cada uno. “Las palabras están pintadas de tal manera que se borrarán a medida que los espectadores caminen sobre ellas. Al final sólo quedarán voces aisladas y letras desvaídas; algo así como pasa con los recuerdos”.

Un juego de paradojas

Quienes conocen a Marianna Dellekamp saben que gran parte de sus trabajos dependen del internet y que, según el proyecto, echa mano de Instagram, Twitter o, en este caso, de Facebook, y algo de lo que ella se ha dado cuenta a partir de estas dinámicas con lo digital es que a la gente le gusta compartir, pero en el sentido amplio del término, es decir, no con sus seguidores virtuales dando click sobre un recuadro, sino en la vida real, con personas de carne y hueso.

“Me gusta trabajar con redes sociales porque rompen con la llamada Teoría de los Seis Grados de Separación, que nos aleja tanto, y me ponen en contacto con gente muy distinta y con la cual, sin estas herramientas, no tendría vínculo. Así, a partir de dichos puentes, nació esta propuesta integrada por piezas propiedad de individuos de distinta esencia que me confiaron su intimidad para que yo, en un juego de reversos, hiciera un tránsito de lo privado a lo público, de lo particular a lo general y, sobre todo, de lo intransferible del recuerdo a historias capaces de moverle las fibras a cualquiera”.

Asimismo, El sentido de lo habitado propone otras maneras de diálogo, ya que al colocar los espejos cara arriba logra que los altos techos del Museo del Chopo parezcan estar por los suelos, al exhibir objetos que antes eran fotos de Facebook los pixeles del monitor se transforman en algo tangible, y la pintura deleble sobre el piso cuestiona la idea misma que tanto se subraya en escuelas y universidades, la de que aquello en letra escrita dura por siempre.

Ramón del Valle-Inclán solía repetir “las cosas no son como las vemos, sino como las recordamos”, algo que Marianna Dellekamp ha reinterpretado, muy a su manera, con esta obra, pues como ella misma dice, todo es temporal, incluso nuestras memorias, y por ello en esta ocasión apostó por lo contingente y efímero. 

“Ahora todo se aprecia de manera clara y los testimonios alusivos a cada objeto están ahí para ser leídos. La idea es que el tiempo produzca un desgaste y que los últimos visitantes de la exposición se encuentren con letras deslavadas y pedazos de texto para así forzarlos a rehacer estos relatos a partir de pequeños fragmentos, pero sin darles maneras de saber la verdad ni toda la historia”.

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