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Trump y el gobierno de México

También Somos Americanos / César Romero
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Aunque sea en un cuadro, ver ondear la bandera de Estados Unidos en Palacio Nacional debería ser una señal importante para los mexicanos

Casi literalmente, vista desde el sur la frontera México-Estados Unidos es una cicatriz. El amargo recordatorio de una invasión militar que le costó a México la mitad de su territorio. Ciertamente ser el vecino del gran imperio militar y económico representa algunas ventajas, pero también enormes desafíos.

El más reciente capítulo en la relación binacional –la amenaza de Donald Trump de imponer aranceles a todos los productos importados desde México como represalia porque este país no ha sido capaz de resolver la migración centroamericana hacia el norte–, representa un problema mayor para el presidente Obrador, heredero del “nacionalismo revolucionario”, la ideología que marcó el ritmo de la relación durante el último siglo.

Paradojas de la historia: Luego de media vida de luchar contra el “neoliberalismo”, al campeón de la izquierda latinoamericana le toca defender “la globalización” económica y “el libre comercio” –piezas claves del modelo económico mundial que parece llegar a su fin con las guerras comerciales que Mr. Trump ha lanzado contra China y México.

En ese contexto, el populista López Obrador levanta la bandera blanca de la “prudencia y el diálogo” y con un tímido recordatorio epistolar –“no soy cobarde ni timorato”—pero, con una sola frase redefine uno de los paradigmas centrales de la política exterior de su país: “México tiene que detener la inmigración ilegal”.

Las virtudes del villano

Luego de más de una década de reconocer en Donald Trump a un personaje de farándula, provocador profesional, un oportunista capaz de utilizar el racismo y el odio a los demás como herramientas para su beneficio personal, es necesario aceptar que ha sabido desempeñar su rol como villano favorito de nuestro tiempo.

El señor del peluquín llegó a la Casa Blanca ante la incredulidad de casi todos. Tras dos años y medio de más de 10 mil mentiras y una serie interminable de escándalos políticos, ha encabezado al gobierno de Estados Unidos durante un periodo de notable crecimiento económico y sin estallar un nuevo conflicto bélico, todavía.

Debemos reconocer que su salud mental y falta de experiencia política no le han impedido aprovecharse de los miedos y odios de parte de la sociedad para construir símbolos que le han permitido ganar fama y poder. Primero fue la falsa versión de que Barack Obama no era estadounidense y luego la ilusión de un muro de 3,000 kilómetros que protegerá a los Estados Unidos de los terribles peligros que el resto del planeta representa.

Desde hace años ha mantenido su retórica en contra del islam, los inmigrantes, las minorías étnicas y las mujeres; la misma con que en 2016 logró aplastar al viejo establishment republicano, despertar y movilizar a la derecha extrema de su país.

Será un payaso, pero Mr. Trump supo leer la frustración y amargura con que buena parte de la sociedad estadounidense fue posicionándose contra la globalización, la modernización económica e, incluso, el crecimiento de espacios para la tolerancia y el pluralismo.

Empresario abusivo y errático, supo aprovecharse del desprestigio de las viejas instituciones, los políticos profesionales y grandes medios de comunicación. En la era de la post-verdad, ha tenido el talento de llevar el timón de la narrativa pública.

Con un ego del tamaño del imperio militar que encabeza, parece sensato reconocer que el presidente de Estados Unidos supo empujar el péndulo de la historia; aunque sea en sentido contrario al combate al colapso ambiental del planeta y la defensa de los más elementales valores humanos.

El caso es que, amparado en la misma promesa etérea de su primera campaña–Make America great again–, en menos de 18 meses, el fenómeno Trump puede ser renovado por 4 años más.

La estrategia del “amor y paz”

Por supuesto que en dicho escenario el país más afectado será México, cuyo gobierno ha optado por la predica de una especie de humildad franciscana ante los cotidianos ataques del señor Trump.

Pocos países en el mundo han conocido más de cerca la fuerza destructiva de aquello que hace medio siglo conocíamos como “el imperialismo yanqui”.

Vecinos por el mandato de la geografía, Estados Unidos y México han tenido desde siempre una relación sumamente compleja. Baste quizás un solo botón de muestra:

En el corazón mismo del país, dentro de Palacio Nacional, frente a la Plaza de la Constitución, a un costado del Templo Mayor y la Catedral, en el mismo lugar que eligió el presidente Andrés Manuel López Obrador para despachar y vivir, se encuentra un museo que recupera buena parte de los grandes símbolos de la historia nacional. Entre ellos, un cuadro que retrata el momento histórico de la primera invasión militar estadounidense contra México, la misma en que se le arrebató más de la mitad de su territorio.

Aunque sea en un cuadro, ver ondear la bandera de Estados Unidos en Palacio Nacional debería ser una señal importante para los mexicanos.

Pero aún quienes presumen su gran conocimiento del pasado, o dicen profesar las ideologías más progresistas, también ceden ante la fuerza imperial.  Es difícil imaginar lo que, en nombre de la renovación del Tratado comercial, no serán capaces de aceptar las autoridades mexicanas. Los ejemplos sobran tanto en el campo migratorio como diplomático.

Ciertamente desde Porfirio Díaz no ha habido un presidente mexicano que no se repliegue ante la fuerza del imperio del norte. Incluso Lázaro Cárdenas, quien tuvo el talento de aprovechar el contexto de la II Guerra Mundial para nacionalizar la industria petrolera, optó por elegir a un sucesor cercano a los intereses estadounidenses. El resto, desde Luis Echeverría a Carlos Salinas, han mirado a Estados Unidos con una mezcla de admiración y miedo que marcó sus gobiernos.

Por supuesto que hay razones objetivas para entender esa especie de fascinación: desde la profunda conexión económica entre ambos países, la brutal asimetría en recursos y generación de conocimiento, hasta la misma narrativa social que hace de la acumulación de dinero un tipo de virtud humana superior.

Quizás por ello, ante Mr. Trump, el presidente mexicano ha optado por abandonar la retórica nacionalista con la que se formó. “Amor y Paz” responde una y otra vez ante los constantes ataques discursivos y comerciales del presidente vecino. Si acaso, se limita a preguntarle, a mano alzada, a sus seguidores en la plaza pública, si quieren hacer enojar a Mr. Trump.

Por ello, los constantes tropiezos en las políticas hacia la migración centroamericana y el abandono –en los hechos–, de la agenda de los más de 35 millones de los inmigrantes mexicanos y sus descendientes que viven en Estados Unidos.

Y aunque desde una perspectiva de realpolitikpodría entenderse incluso la “cena de amigos” entre el yerno de Mr. Trump y el propio presidente Obrador, bastaría con tener la mínima idea sobre cómo funciona la maquinaria del poder inside The Beltway para poner en entredicho la táctica del gobierno mexicano de intentar que no se enoje el bully del vecindario.

Dado que el juego electoral de Estados Unidos está orientado a construir un escenario 50-50, considerando el enorme resentimiento contra Trump dentro de la élite política republicana, y ante posible regreso del factor Obamaa la urnas –vía Joe Biden, su número dos–, parece bastante arriesgado apostar desde ahora por la continuidad.

Sobre todo, porque rumbo al martes 3 de noviembre de 2020, el candidato Trump sigue teniendo como arengas favoritas el ataque a los “bad hombres” y su promesa de ese “gran muro” que protegerá al pueblo estadounidense de los grandes males que entran por la frontera con México.

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