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El sicario en la sala

Daniel Francisco / Damián Mendoza
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Vine a Xalapa en abril a la Feria del Libro para conocer las novedades editoriales, convivir con escritores y lectores. Me encontré con una ciudad amurallada: las calles vigiladas por soldados, marinos, policía municipal y estatal. La posada donde me alojé estaba a unas calles del centro de la ciudad, la puerta cerrada con candado, la atención al cliente desde una ventana. “Perdón, ya sabe cómo están las cosas”. “No sé cómo están”, mentí.

Apenas había escuchado unas horas antes en la Feria del Libro al corresponsal de Proceso en Veracruz, Noé Zavaleta, citar los informes oficiales sobre la cifra de desaparecidos en el estado: cuatro mil 50. Una de cada cuatro personas que desaparece en el país. Agregó un dato aún más dramático: “al día de hoy hay mil cuerpos sin identificar en fosas comunes de Veracruz, en cementerios clandestinos, en donde la Policía Ministerial ya no puede seguir exhumando cuerpos porque ya no hay forenses y ya no hay fosas comunes”. Veracruz tiene el narcocementerio más grande de América Latina que se encuentra en Colinas de Santa Fe, en el último corte de septiembre de 2008, acotó Zavaleta, se habla de 305 cráneos y 21 mil fragmentos de restos óseos.

“No regrese muy noche”me dice la encargada de la Posada. Al día siguiente el taxista me pregunta: “¿De dónde es”. “De la Ciudad de México”, le digo y como en la Ciudad de México busco su identificación y me grabo el nombre. “Es muy peligroso por allá”. “Un poco”, contesto. En los siguientes diez minutos del trayecto me contará sobre el sitio de taxis que intentó ser independiente y pronto fue obligado a pagar el derecho de piso; de la familia que tenía un negocio de comida y ya no pudo pagar la cuota que le exigía el crimen organizado, decidieron cerrar y huir de la ciudad; del moto-sicario que persiguió al taxi para encañonar a la pasajera y pedirle la bolsa. “La mochila, ¿dónde está?“La pasajera se resistió y yo le dije: désela señora. Pero ella no hizo caso y forcejearon”. Salvó la vida por una llamada al celular del motociclista. “Te equivocaste pendejo, es el taxi de adelante”. Se movió unos metros, disparó y se llevó la mochila.

Convivimos a diario con estas imágenes. En cartelera están dos películas que nos dicen que el sicario está en la sala, si no lo queremos ver estamos en nuestro derecho. Se puede vivir con los ojos cerrados, o como en Veracruz, sobrevivir. Las cintas “Cómprame un revólver”(Julio Hernández Cordón, 2019) y “Las tetas de mi madre”(Carlos Zapata, 2015) coinciden en que la batalla la han ganado ellos. El crimen organizado dicta nuestras vidas, respira sobre nosotros, es parte de nuestra vigilia y de nuestras pesadillas. Hasta el momento, pese a los intentos de que la narrativa no sea la de una guerra sin control, va ganando la partida, estamos en jaque, recorremos el tablero antes de reconocer que, hasta el momento, nos han vencido.

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