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Estar en medio de un lago provocó la caída de Tenochtitlán

Omar Páramo
“Tener control del lago les permitió hacer frente a las canoas mexicas que llegaban en miles a defender la urbe, así como evitar la llegada de bastimentos a la misma"
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Aunque es una creencia muy extendida, no fueron 800 españoles quienes vencieron en solitario a la poderosa fuerza militar mexica; a su lado había miles y miles de indígenas que se aliaron a los hispanos con la esperanza de deshacerse de los aztecas. Esto dio pie a un encontronazo entre dos gigantescos ejércitos que culminó con la derrota de un imperio, explicó Eduardo Matos Moctezuma al participar en el ciclo de conferencias El Historiador frente a la Historia, organizado por el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM.

De aquel choque han pasado ya casi 500 años y sus ecos aún resuenan por doquier, como a la entrada del museo del Templo Mayor, donde un poema tomado de Cantares mexicanos pregunta desde uno de sus fragmentos: “¿Quién podrá sitiar a Tenochtitlán? ¿Quién podrá conmover los cimientos del cielo?”. Sin embargo, el tiempo mostró que incluso esos cimientos pueden cimbrarse y que, lo que daba a la capital azteca su fama de inexpugnable, la hizo caer.

“Hacer de Tenochtitlán una ciudad lacustre y tener a Tlatelolco al lado parecía una gran estrategia de defensa ya que ningún pueblo indígena estaba en condiciones de enfrentar a la numerosa flota de canoas que vigilaba la zona, pero Cortés ideó una estrategia que pondría en jaque a los aztecas: tomó control del agua. ‘Fue un gran ardid de mi parte’, le escribió al rey en su tercera carta de relación”.

Para el doctor Matos, es preciso reconocer la osadía de los españoles y su capacidad de aventurarse en empresas improbables, como la de trasladar hasta Tlaxcala los aparejos de barcos encallados para, una vez ahí, aprovechar los pecios y construir 13 bergantines que luego serían llevados el lago de Texcoco. Fueron estas embarcaciones con sus ballestas, cañones y arcabuces los que permitieron asediar una ciudad que, se creía, era imposible de sitiar.

“Tener control del lago les permitió hacer frente a las canoas mexicas que llegaban en miles a defender la urbe, así como evitar la llegada de bastimentos a la misma. Parte del ardid de Cortés incluyó cortar el suministro de agua potable proveniente de Chapultepec y apostar fracciones de su ejército en las calzadas para impedir cualquier avituallamiento terrestre. Aunque el otro factor clave para establecer este cerco fue que los españoles supieron aprovechar la enemistad de muchos pueblos indígenas hacia los aztecas y su dominio”.

Economía del poder

A decir del profesor Matos Moctezuma, los dos pilares del poderío tenochca eran lo bélico y la agricultura y esto es evidente en el Templo Mayor, donde una parte está consagrada a Tláloc, el dios que trae lluvia, y la otra a Huitzilopochtli, la divinidad que lleva la guerra. “También estaba el comercio, pero no era tan importante pues se limitaba al intercambio de productos; sin embargo, expandirse militarmente y someter a otros pueblos les reportaba una riqueza que parecía fluir sin fin, ello por la recolección de tributos”.

De las zonas tropicales obtenían pieles de jaguar, plumas y animales exóticos; de Hidalgo grandes cargamentos de cal, y de Guerrero piedras verdes, maíz y frijol, por poner pocos ejemplos, y las comunidades que se negaban a pagar eran saqueadas, sus niños y mujeres raptados y sus propiedades arrasadas, por lo que miles de indígenas generaron un odio acendrado hacia los mexicas y vieron a los españoles como una esperanza para poner fin al yugo azteca.

El cuento más famoso de Elena Garro se llama “La culpa es de los tlaxcaltecas” (1964) y explora, a través del realismo mágico, esa idea tan arraigada hoy entre los mexicanos de que los integrantes de esta comunidad eran un hato de traidores que hicieron caer a Tenochtitlán, ¿pero por qué lo serían?, preguntó Matos Moctezuma.

“Siempre he sospechado que los tenochcas no conquistaron Tlaxcala tan sólo para agobiar a sus habitantes con guerras floridas, entonces ¿por qué tildarlos de traidores? Para llamarlos así deberían haber conspirado contra su gente y ellos no eran mexicas, y lo mismo va para la Malinche, quien era de una zona de Tabasco amenazada por los aztecas. Además, no fueron sólo los tlaxcaltecas, entre los aliados de Cortés había huejotzincas, texcocanos y muchos etcéteras”.

Sobre este punto, la profesora Gisela von Webeser, quien moderó la charla, acotó que el término malinchismo se acuñó hasta el siglo XIX y esta palabra nos hizo olvidar que en 1519 los pueblos nativos no tenían una conciencia indígena ni estaban unidos; por el contrario, eran una pléyade de comunidades enfrentadas que, a la llegada de los españoles, vieron la oportunidad de derrotar a un opresor común.

El surgimiento de una nación

La ciudad de Tenochtitlán se rindió en sábado, el del 13 de agosto de 1521, cuando Cuauhtémoc fue capturado por Francisco García Holguín y presentado ante Cortés. “Ese fue el resultado inevitable de dos formas distintas de concebir la guerra”, expuso el doctor Matos.

De entrada, fue un choque entre batallones mexicas armados con macuahuitls (piezas de madera con bordes de obsidiana), hondas, lanzadardos, porras de piedra y macanas, contra un ejército español provisto de espadas, lanzas, arcabuces, ballestas y cañones. No obstante, este precario equilibrio se rompería en cuanto a maneras de llevar el combate, pues mientras los aztecas capturaban enemigos para sacrificarlos a su dios, los europeos liquidaban sin miramientos.

“Esto da pie a una escena muy interesante justo cuando Cuauhtémoc es llevado ante el capitán de los españoles y capitula diciendo: ‘Señor, ya he hecho a lo que soy obligado en defensa de mi hogar y no puedo más. Vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder. Toma ese puñal de tu cinto y mátame con él’. En vez de ello Hernán Cortés se acercaría, le daría un abrazo y le perdonaría la vida”, o al menos eso es lo que consignan erróneamente las crónicas.

Y es que, a decir de Matos, aquí las palabras fueron trastocadas al grado de ser irreconocibles por haber sido expresadas en náhuatl por el joven tlatoani, traducidas al maya por la Malinche y después al castellano por Gerónimo de Aguilar, quien interpretó como ‘toma esa daga y mátame’, lo que en realidad debió haber sido ‘sacrifícame a mi dios y déjame cumplir mi ciclo como guerrero’. Al no concederle esto lo hizo víctima de la máxima crueldad habida a ojos de los mexicas: no sólo vio a su ciudad destruida (esa que sólo caería si se conmovieran los cimientos del cielo), sino que fue despojado de su derecho a acompañar a Huitzilopochtli en su andar por el firmamento.

Los españoles construirían luego sobre Tenochtitlán e intentarían borrar cualquier vestigio azteca —como siglos antes hizo Roma con Cartago— y, pese a ello, el recuerdo de esta gran urbe sobrevivió y encontró la manera de hacerse presente en nuestro día a día. “Cuando Iturbide establece la bandera de México elige el color blanco para representar el triunfo del catolicismo en el país y, en vista que la Virgen de Guadalupe había sido elegida capitana de las fuerzas insurgentes, la lógica indica que ella debió haber estado ahí”.

Sin embargo, no fue así y la causa se remonta al 14 de septiembre de 1813, cuando José María Morelos y Pavón inauguró el Congreso de Anáhuac y arengó desde el estrado: “¡Genios de Moctezuma, Cacama, Quautimozin, Xicoténcatl y Calzontzín, celebrad en torno de esta augusta asamblea el fausto momento en que vuestros ilustres hijos se han congregado para vengar vuestros ultrajes y desafueros y librarse de las garras de la tiranía y fanatismo! Al 12 de agosto de 1521 sucedió este día en que nos reunimos; en aquél se apretaron las cadenas de nuestra servidumbre en México-Tenochtitlan, en éste se rompen para siempre en el venturoso pueblo de Chilpancingo”.

A decir del profesor Matos, los líderes indígenas aludidos en aquel discurso eran enemigos entre sí y, al ser mencionados en un mismo párrafo se creó la idea de que había una nación indígena unida que enfrentó a los españoles y fue aplastada. Para exaltar ese sentimiento, al diseñar la nueva bandera los independentistas recuperaron el único símbolo prehispánico que había perdurado a lo largo de la Colonia y lo plasmaron al centro: un águila sobre un nopal.

“La elección de esta imagen ligada a Tenochtitlan no es fortuita, fue pensada para recuperar aquello que, argumentaban, España destruyó, y con esta imagen intentaron establecer un vínculo entre un pasado prehispánico de grandeza y una nación en surgimiento”.

El poema inscrito a la entrada del Templo Mayor pone en duda que exista alguien capaz de sitiar a la capital mexica, y en eso se equivocaba, porque como da cuenta la historia ésta sucumbió a un asedio, pero también concluye con una frase no sólo vigente, sino que desde el pasado parece anticipar, con una certeza pasmosa, lo que pasaría con esta urbe a casi 500 años de su caída: “Con nuestros escudos está existiendo la ciudad. ¡México-Tenochtitlán subsiste!”.

 

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