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Roma

María Cristina Rosas, Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

Tengo un enorme afecto por la Colonia Roma. Después de todo nací ahí, hace 53 años (ya casi 54), en la calle de Chiapas 154, en una casa habilitada como hospital de maternidad a cargo de la Doctora Vera. A pesar de que gran parte de mi vida ha estado ligada a la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco, donde pasé prácticamente toda mi infancia, adolescencia y parte de mi adultez, la Colonia Roma ha sido un “destino frecuente.” En mi niñez y adolescencia, mi mamá me llevaba a la “clínica para niños” en Medellín y Tabasco con el Doctor Cárdenas, quien me aplicaba periódicamente las vacunas y luego me regalaba una paletita. Los terremotos, en especial el de 1985 -aunque también el de 2017- personalmente me generaron una mayor empatía por la Colonia Roma y la hicieron todavía más entrañable. En épocas más recientes, la Colonia Roma es un espacio para asistir a clases de idiomas -por ejemplo, en el Instituto Goethe-; de piano -en Sala Chopin-; de cocina -en la Escuela de Gastronomía de Yuri de Gortari-; para comprar, presentar libros o participar en conferencias -en la Casa Lamm- o simplemente para departir con los amigos disfrutando de algunas de las delicias culinarias que abundan en esa parte de la ciudad.

Menciono esto porque estoy segura de que no soy la única espectadora que se identifica con la celebrada y galardonada producción de Alfonso Cuarón, Roma (2018). Su manufactura que es atípica, en blanco y negro, contando la historia de una familia de clase media a través de Cleo, trabajadora doméstica, apuesta a la nostalgia, a la evocación de las familias urbanas de hace cuatro décadas, cuando el país era otro, menos democrático, sí, pero con una sociedad más gregaria y posiblemente más solidaria de lo que se puede apreciar en la actualidad.

Gracias a este trabajo de Cuarón, las generaciones como la mía -sino es que más longevas-, amén de la de los millenials, están revalorando el cine mexicano, el cual, como es por todos conocido, padece altibajos de manera endémica. Ciertamente Roma es una película interesante y Alfonso Cuarón es un cineasta inteligente, colmilludo y mejor publicista y mercadólogo. Supo leer perfectamente el momento imperante para desarrollar esta producción en el marco del proceso electoral que derivó, en 2018, en la victoria de Andrés Manuel López Obrador -político que obtuvo el voto de muchos mexicanos, incluyendo a marginados como Cleo, personaje al que da vida Yalitza Aparicio. Antes de Cuarón, Luis Mandoki, otro cineasta mexicano, siguió de cerca a López Obrador, al punto de haber hecho sendos documentales titulados ¿Quién es el señor López? y Fraude: México 2006 en los que, a través de entrevistas con el propio López Obrador e intelectuales reconstruye la trayectoria política del tabasqueño y el proceso electoral de 2006. Curioso: desde entonces, Mandoki prácticamente dejó de hacer cine y su producción más reciente data de 2012: La vida precoz y breve de Sabina Rivas. Hoy por hoy, no se le ve muy activo ni en el mundo del cine ni en el de la política.

Foto: Instagram @alfonsocuaron

Cuarón en cambio, ha desarrollado una estrategia distinta y sin entablar un contacto abierto ni directo con el Presidente mexicano, no discrepa de lo hasta ahora hecho por el mandatario a casi 100 días de su arribo a la jefatura del ejecutivo federal. Y claro, las opiniones de uno sobre el otro son respetuosas y en el caso de López Obrador ha felicitado al connotado cineasta por las nominaciones y premios acumulados por su producción. Un hecho a destacar es que recién abierta la residencia de Los Pinos -hoy habilitada como museo- al público en general en diciembre pasado, una de las primeras actividades impulsadas por el gobierno de López Obrador, fue la proyección de Roma, misma que presenciaron gratuitamente unas tres mil personas, a quienes además se dio la bienvenida con ponche y palomitas de maíz. En otro orden de ideas, Roma, filmada en 2016, fue pensada por Cuarón para aprovechar el ánimo popular generado alrededor del 50° aniversario del movimiento del 68 -conmemorado en 2018, año del estreno de la película-, incrustando en la trama de Roma el halconazo del 10 de junio de 1971.

Toda proporción guardada, a Roma le pasa algo parecido a lo que sucedió en 1989 con Rojo amanecer de Jorge Fons. En Las rutas del cine mexicano. 1990-2006, Carla González Vargas, Nelson Carro y Leonardo García Tsao señalan, a propósito de la controvertida película de Fons “…a fines de los 80 una película, emblemática desde su título (…) dirigida por Jorge Fons, quien llevaba años de inactividad en el cine, Rojo amanecer (1989) estableció una diferencia importante: fue la primera película de ambición producida desde hacía décadas por la iniciativa privada -representada por Valentín Trujillo, nada menos; la primera en romper el tabú de la censura sobre el reprimido movimiento del 68; y la primera que volvió a atraer al público de clase media, acostumbrado en ese entonces a no ver cine mexicano.”[1]

Sería injusto, por supuesto, afirmar que antes de Roma, los mexicanos no veían cine mexicano, pero más allá de algunas comedias ligeras, los trabajos más artísticos y reflexivos han debido permanecer o enlatados por años o limitarse a ser exhibidos unos cuantos días en los circuitos de arte, sin que las audiencias lleguen a saber siquiera de su existencia. Mucho se ha hablado de que los tiempos de exhibición tanto en la capital del cine como en la magia del cine privilegian las producciones de Hollywood, dejando a las películas mexicanas muy pocas oportunidades y espacios para su difusión. Cuarón sabía que, si Roma era entregada a los distribuidores y exhibidores tradicionales, posiblemente nadie la vería, claro está, fuera de los circuitos de arte. Así, como el buen mercadólogo en que se ha convertido, Cuarón pactó con Netflix la distribución, algo que a esta plataforma encantó porque le permitió ponerse de tú a tú con las distribuidoras y exhibidoras tradicionales, lo que además posibilitó que la película llegara a las nuevas generaciones, hoy ávidas consumidoras de contenidos en sus teléfonos celulares y tabletas. Dicen por ahí que “de la vista nace el amor.” En otras palabras: una producción puede ser maravillosa en todos los sentidos, pero si nadie la ve, es como si no existiera. Cuarón comenzó por llevar su película al festival de cine de Venecia donde, de manera predecible, conmovió a los espectadores y se alzó con su primer premio. A partir de ahí, el director de Gravedad y Sólo con tu pareja, siguió llevando la película a otros festivales y se aseguró de proyectarla de manera limitada en algunos foros en la Ciudad de México y otras ciudades del país. Mientras tanto, negoció con Netflix la exhibición en streaming. Ello confrontó a esta plataforma con las distribuidoras y exhibidoras tradicionales y ello tuvo otro efecto anticipado: las personas quieren ver aquello que les es vedado o que no está a su alcance. Como la película no podía ser vista ni en la capital del cine ni en la magia del cine, más y más espectadores se acercaron a Netflix. El cálculo de Cuarón fue acertado: en el momento de escribir estas líneas, Roma ha recibido 201 nominaciones a distintos galardones, habiéndose alzado ya con 113 y posicionando a Netflix como un serio rival de los grandes estudios de Hollywood. Y todo mundo quiere verla. Si bien el “hubiera” no existe, es evidente que la suerte de Roma habría sido distinta, de no haber sido visibilizada ante las audiencias de México y el mundo de la mano de Netflix. Fue una estrategia muy parecida a la aplicada por Matt Groening y James Brooks a propósito de Los Simpson, que en 1989 -curiosamente mientras en México se daba a conocer Rojo amanecer- lograron, ya como seria animada autónoma-, dotar de contenidos a la Fox, naciente cadena de televisión de paga. Quienes querían ver a los personajes amarillos de ojos saltones, tenían que pagar por ello. Netflix replicó esta fórmula con Roma, ahora en streaming.

 

Otro elemento a ponderar es la elección de la protagonista. Cuarón optó por una maestra oriunda de Oaxaca, sin experiencia actoral, para encarnar a la entrañable Cleo. Al respecto he tenido conocimiento de comentarios muy polarizados, desde quienes alaban el trabajo de Yalitza Aparicio hasta quienes denuestan su participación y hasta la insultan por su apariencia, por ser indígena, por ser mujer. Ante tantos dimes y diretes sobre la protagonista de Roma, me pregunté si Cuarón no podría haber elegido a una actriz indígena, es decir, una persona que perteneciera a alguna de las comunidades originarias del país y que contara además con formación histriónica. Cuál no sería mi sorpresa al darme cuenta de que esa no es una tarea sencilla. En general, las comunidades autóctonas carecen de visibilidad y no están empoderadas, lo que genera un círculo vicioso que favorece a la discriminación. Fuera de Armando Manzanero (maya), Lila Downs (mixteca) y Francisco Toledo (zapoteco), las personas que pertenecen a etnias y/o grupos originarios en México, difícilmente logran trascender en los terrenos de las artes, ya no digamos en otros ámbitos. Se podría pensar que, habiendo tenido el país a presidentes pertenecientes a comunidades indígenas como Benito Juárez o Porfirio Díaz, el empoderamiento de los grupos originarios sería cuestión de tiempo. Pero no. En 2019, a decenas de años de distancia de Juárez y Díaz, las personas que pertenecen a etnias y/o grupos originarios son invisibles porque la sociedad ha sido discriminadora, oponiéndose a su inclusión. Ello supone la imposibilidad de estas personas de acceder a la educación, a empleos debidamente remunerados, a prestaciones sociales y demás. Por supuesto que no faltará quien afirme que María Félix es la excepción a esto que escribo, dado que ella era de origen yaqui. Sin embargo, su apariencia, comportamiento y actitud distaban mucho de ser “indígenas” y menos aún, de reivindicar costumbres y tradiciones de los pueblos yaquis. Por lo tanto, para responder a Sergio Goyri y la avalancha de comentarios que descalifican a Yalitza Aparicio, hay que entender que, si no se recurrió a una indígena con formación histriónica, es porque era muy difícil encontrar a alguien que llenara el perfil. Cuarón buscó y tras conocer a Yalitza Aparicio tomó la decisión -atinada, de nuevo, como hombre de negocios y mercadólogo que es- de invitarla a formar parte del elenco de Roma, justo en momentos en que los discursos de la tolerancia y el respeto a la diversidad permean fuertemente en todo el orbe. Era más que evidente que en el mundo de lo políticamente correcto, Yalitza Aparicio llamaría la atención y desencadenaría comentarios positivos y adversos, cumpliendo de sobra con aquella máxima que reza que lo importante no es que hablen bien o mal de ti, sino que hablen.

Foto: Instagram @alfonsocuaron

Por lo demás, Roma no es un hecho fortuito, ni un milagro para el cine nacional. Independientemente de que no es lo mismo ser un Alfonso Cuarón, un Alejandro González Iñárritu o un Guillermo del Toro -triada de realizadores mexicanos que marcan la diferencia en Hollywood-, que un realizador menos conocido, en México se hace cine y, si me lo permiten, buen cine. En 2018 vi una buena cantidad de producciones nacionales bien hechas, bien actuadas y muy bien logradas, con el mérito -no está de más señalarlo- de que carecen de los presupuestos y la distribución y exhibición de que gozan los productos de esos tres directores y, en general, de las películas de Hollywood. Señalo una decena de películas mexicanas que pude ver en el cine en 2018, en algunos casos, cazándolas, dado que no se les exhibía ni siquiera en los circuitos de arte más allá de una semana: La voz de un sueño (2016), dirigida por Analeine Cal y Mayor (su protagonista, Iazúa Larios, actriz oriunda de Tampico, muy bien habría podido ser parte del elenco de Roma, si bien Cuarón claramente optó por un rostro nuevo); Ana y Bruno (2018) de Carlos Carrera, joya animada disfrutable para los más pequeños y los no tan pequeños; Tiempo compartido (2017), de Sebastián Hofmann; Museo (2018), de Alfonso Ruizpalacios; Los adioses (2018), de Natalia Beristáin; Cría puercos (2018), de Ehecatl García; Bayoneta (2018) de Kyzza Terrazas; La leyenda del charro negro (2018), de Alberto Rodríguez; Marcianos vs mexicanos (2018), de Gabriel y Rodolfo Riva Palacio; Ahí viene Cascarrabias (2018), de Andrés Couturier; y Perfectos desconocidos (2018), de Manolo Caro. La lista podría seguir sólo para corroborar que a pesar de todo, el país genera cine, sin que ello signifique que ya se resolvieron desafíos como los que imponen las distribuidoras y exhibidoras, además, claro está, de asegurar un público que consuma cine nacional.

Menciono todo esto porque me da mucho gusto el éxito de Roma, si bien entre las películas que mencioné en el párrafo precedente hay varias que, con la debida estrategia mercadológica y el apoyo de las autoridades, podrían figurar en festivales y fortalecer las producciones nacionales. Por supuesto que Cuarón marca la pauta con esta alianza con Netflix y si todo sale bien el 24 de febrero en la entrega de los premios Oscar, eso no sólo beneficiará a la empresa de Reed Hastings sino que también afianzará el apetito de esta corporación por contenidos de realizadores mexicanos. No sobra decir que el 22 de enero del año en curso, Netflix logró ingresar a la Motion Pictures Association of America (MPAA), siendo el primer servicio de streaming en formar parte de esta poderosa entidad, lo que sin duda influirá en la definición de los galardones a los que Roma está nominada.

¿Significa lo anterior que Roma es sólo un negocio de sus creadores y distribuidores? El valor artístico de esta producción no está en duda, como tampoco está peleado con el éxito comercial. La película de Cuarón tuvo un costo aproximado de 15 millones de dólares, cifra baja comparada con Bohemian Rhapsody, que rebasó los 50 millones y muy por debajo de Black Panther, la que costó la friolera de 200 millones de dólares. Según el Internet Movie Database, Roma ha recaudado en taquilla apenas 3. 9 millones de dólares, si bien a ello habrá que sumar los derechos de distribución -tema escabroso dado que Netflix no tiene la costumbre de tocar el tema ni suele ser transparente. Claro que está muy lejos de ser un blockbuster en el sentido comercial, por tratarse de una película de más de dos horas de duración, en blanco y negro, sin grandes nombres -o estrellas- entre sus protagonistas, con una trama semi-biográfica que transcurre a un ritmo especial, amén de que en Estados Unidos se exhibe subtitulada, algo que no es apreciado por las audiencias. Aun así, Roma es la película del momento y seguramente cambiará la manera en que se hace y distribuye el cine en México y el mundo.

Como nota final, muchas personas me han preguntado mi opinión sobre Roma. He preferido dejar pasar varias semanas desde que la vi por vez primera y quise verla nuevamente en un par de ocasiones. Confieso que la película me genera sentimientos encontrados: me agradó que fuera en blanco y negro, como también que presentara la importancia del personal que realiza labores domésticas en el seno de las familias mexicanas. La reconstrucción del México de los años 70, o más bien, de la Colonia Roma y alrededores, como era hace 40 años, me provocó nostalgia. Considero que los actores y no actores que intervienen en la historia, tienen un desempeño correcto. Me gustó igualmente la alusión al halconazo de 1971. Valoré que no incluyera una musicalización manipuladora como suele ocurrir en gran parte de las películas, sino que, fuera de las rolas que estaban de moda en la radio y de los programas de TV de la época, los sonidos y ruidos que se escuchan a lo largo de la producción, son fieles al ambiente, trátese de la casa, de la calle, del hospital o de la playa. Fuera de eso, la historia me pareció convencional y plana: narra, desde los ojos de Cleo, las vicisitudes de una familia de clase media de los años 70, integrada por un matrimonio fallido, la suegra y cuatro niños insoportables y berrinchudos. Por momentos percibí a Cleo como una suerte de Mary Poppins, aunque sin la magia de Disney, sin cantos ni juegos, sólo al servicio de la familia, manteniendo su condición social inalterable. No es más que eso. Sin embargo, para mí, el valor de Roma estriba en la nostalgia y en que es una de las películas mexicanas más vistas dentro y fuera del país. Y eso, créanme, no es poca cosa. Felicito a Alfonso Cuarón y a todo el equipo que realizó esta película y les deseo el mayor de los éxitos el próximo domingo y más allá.

[1] Carla González Vargas (2007), Rutas del cine mexicano. 1990-2006, México, IMCINE, p. 9.

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