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Ciencia en guerra por twitter

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Burke, McLaughlin y Marts representan tres componentes vitales del movimiento: dar voz y fuerza a los sobrevivientes, pedir a las instituciones que responsabilicen a los abusadores y ayudar a las organizaciones a mejorar sus valores y métodos. Imagen: Science
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Tarana Burke lanzó el movimiento Me Too en 2006. En 2017, cuando el hashtag #MeToo se volvió viral, el movimiento cobró un enorme impulso, convirtiéndose en una fuerza galvanizadora no sólo para darles a los sobrevivientes el valor de hablar, sino también para llevar ante la justicia a los abusadores y hablar abiertamente sobre la igualdad de género, la masculinidad tóxica y el abuso de autoridad a la vanguardia.

BethAnn McLaughlin quien ha sido descrita como una heroína y vigilante en la comunidad científica por sus esfuerzos para denunciar el acoso sexual. Más recientemente, ella tomó la causa de siete estudiantes de Dartmouth College que demandaron a la escuela diciendo que no los protegía de una cultura de acoso y agresión.

BethAnn McLaughlin y su movimiento #MeTooSTEM en apoyo a las investigadoras que han sufrido acoso sexual.

En los últimos nueve meses “ha explotado” como la cara pública del movimiento #MeToo en la ciencia, ejerciendo su irreverente, a veces perversamente divertida presencia en Twitter (@McLNeuro).

En junio de 2018, creó un sitio web, MeTooSTEM.com, donde decenas de mujeres en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM: por las siglas en inglés de Science, Technology, Engineering y Mathematics) publicaron en su mayoría anónimas, sus desgarradoras historias de acoso. Y después de lanzar una petición en línea, logró el último otoño en AAAS (la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia), que publica en Science, que adoptase una política que permita que los acosadores sexuales probados sean despojados de los honores en AAAS.

“Está claro que ella tiene una voz y que la gente está escuchando”, dice la bióloga Carol Greider, de la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore, Maryland. “Ella realmente está tratando de cambiar la sociedad”, agrega Carrie McAdams, psiquiatra y neurocientífica del Centro Médico de la Universidad de Texas en Dallas, quien el año pasado buscó por teléfono a McLaughlin para hablar sobre cómo denunciar el acoso.

En noviembre de 2018, McLaughlin compartió el segundo Premio de Desobediencia Anual de 250 mil dólares del Laboratorio de Medios del Instituto Tecnológico de Massachusetts, en Cambridge, por desobediencia civil “ética y no violenta”.

Todo este movimiento ha hecho que McLaughlin gane también enemigos morbosos, como aquellos que le regalan por paquetería una caja de heces. Y su carrera está en riesgo, su proceso de permanencia estuvo congelado durante 17 meses durante el 2015, mientras que el Centro Médico de la Universidad de Vanderbilt  (VUMC) investigó las denuncias de que había publicado tuits anónimos y despectivos sobre colegas.

La investigación fue estimulada por las quejas de una profesora contra quien ella había testificado en una investigación de acoso sexual. VUMC cerró la investigación sin disciplinar a McLaughlin, pero en 2017 un comité de profesores, habiendo aprobado previamente su mandato, se revirtió unánimemente, según documentos de la universidad. A falta de un indulto de última hora, perderá su empleo el 28 de febrero, cuando expire su subvención de los Institutos Nacionales de la Salud (NIH).

“Es un ejemplo perfecto de las tácticas que las universidades utilizan con tanta frecuencia para barrer las quejas debajo de la alfombra”, dice la abogada de McLaughlin, Ann Olivarius.

McLaughlin dice que no ha estado buscando otros trabajos y espera continuar en la ciencia. Ella dice que tiene siete manuscritos en desarrollo y recientemente presentó una nueva solicitud de subvención de NIH. Pero ella está consumida por los esfuerzos de #MeTooSTEM para apoyar a sobrevivientes de acoso.

“No puedes contribuir activamente a fomentar la ciencia en América si has impedido el progreso de las mujeres hostigándolas, agrediéndolas y tomando represalias contra ellas”, escribió McLaughlin, cuando lanzó su petición firmada por cinco mil 700 personas instando a la Academia Nacional de Ciencias (NAS) a expulsar a los miembros que fueron sancionados por acoso sexual.

NAS publicó un informe histórico que documenta las altas tasas de acoso sexual en STEM y señala que muchas agencias de financiamiento no han tomado “medidas significativas”. En agosto de 2018, McLaughlin lanzó otra petición, que desde entonces ha extraído dos mil 400 firmas, instando a negar premios y otros privilegios a los hostigadores comprobados.

A medida que ha aumentado su perfil, McLaughlin se encontró recibiendo miles de solicitudes de ayuda; desde abril de 2018, dice que ha aconsejado, a menudo por teléfono en las primeras horas, a más de 200 sobrevivientes y testigos de acoso sexual.

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