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“Roma” y “El Halconazo”

Ricardo Rivas/Diana Rojas/Voz: Fabiola Méndez
Alfonso Cuarón nos demuestra con Roma la utilidad del cine como medio de denuncia, como catalizador de la memoria colectiva y como medio de difusión de la historia.
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Sin duda, Roma de Alfonso Cuarón es la película mexicana más polémica de los últimos tiempos. Las opiniones en torno a ella van del amor hasta el odio y casi nadie se queda al margen. Lo que es normal si tenemos en cuenta que la apreciación del arte es cuestión subjetiva.

Es verdad también que la polémica destapó la cloaca de los peores prejuicios que la sociedad mexicana sigue llevando a cuestas: racismo, clasismo y esa insana compulsión por demeritar el trabajo de los compatriotas exitosos.

Sin embargo, pese a que a algunos les pareció una trama aburrida o superficial, lo que no se puede negar es que se trata de un excelente trabajo cinematográfico que, entre muchas otras virtudes, está contextualizado históricamente de una manera magistral. El ambiente clasemediero de los 70 está claramente retratado, así como la falaz moral cristiana que permeaba en las familias de aquella década, e incluso, algún episodio histórico.

Hay una secuencia en particular que es quizá la más dramática de toda la película: la abuela lleva a Cleo a comprar una cuna para su bebé. En la calle se lleva a cabo una manifestación estudiantil que es repentinamente reprimida por un grupo de jóvenes vestidos de civil, pero claramente enviados por el gobierno. La persecución de un par de jóvenes termina en la tienda en la que Cleo se encuentra, y resulta que uno de los violentos represores es nada menos que el padre del bebé que  lleva en su vientre. Por un instante, le apunta con un arma de fuego y eso causa que se le rompa la fuente. Además de ello, se retrata la golpiza a estudiantes, reporteros y transeúntes en general.

Resulta pues, que el hecho ahí retratado ocurrió realmente. Se trata del famoso Halconazo. Para 1971, pese a que el presidente Echeverría enarbolaba un discurso de cambio, apertura democrática y reconciliación con los estudiantes, la memoria del trágico 2 de octubre del 68 seguía latente. En ese contexto, el gobernador de Monterrey le impuso una nueva Ley Orgánica a la Universidad Autónoma de Nuevo León en la que los estudiantes y maestros tenían escasa representatividad, lo que desencadenó una oleada de protestas y movilizaciones que poco a poco se extendieron a otros rincones del país. En la Ciudad de México los estudiantes normalistas anunciaron una manifestación en apoyo a los universitarios de Monterrey para el 10 de junio.

Pese a que la manifestación no fue autorizada por las autoridades, se sumaron a la convocatoria alumnos de la UNAM, del IPN y de distintas escuelas de la ciudad, saliendo a las cinco de la tarde del Casco de Santo Tomas con dirección a la Escuela Nacional de Maestros. Entre sus demandas estaba la derogación de la nueva Ley Orgánica de la Universidad de Nuevo León, la democratización de la enseñanza pública y libertad para los presos políticos del 68.

La policía trató de contener la manifestación en varias ocasiones con el argumento de que no estaba autorizada, pero los estudiantes continuaron con su marcha. Sin embargo, al llegar a la avenida México-Tacuba, surgieron de autobuses alrededor de mil jóvenes que nada tenían que ver con el movimiento y que, armados con varas de bambú, macanas y armas de fuego, arremetieron contra los manifestantes. Aunque no existe una cifra oficial exacta, diversas fuentes señalan que el saldo de la masacre fue de alrededor de 120 muertos.

En lo que sí coinciden la mayoría de las crónicas es en que ni la policía ni los granaderos intervinieron para evitar la golpiza, y en que los responsables pertenecían a un grupo paramilitar creado por el gobierno conocido como Los Halcones.

Si bien este hecho terminó de fulminar lo poco que quedaba del movimiento estudiantil, dejó también en claro que la protesta pacífica no sería permitida. Por lo que se inauguraría en México la época de las guerrillas urbanas y la guerra sucia.

Así pues, Alfonso Cuarón nos demuestra con Roma la utilidad del cine como medio de denuncia, como catalizador de la memoria colectiva y como medio de difusión de la historia.

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