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El muro

César Romero
El muro de Trump se ha convertido en la bandera favorita de un populismo nacionalista fundamentado en un agresivo proteccionismo económico y una clara posición aislacionista del país.

Más allá de sus desplantes misóginos, de sus intentos por criminalizar el islam, incluso por encima de su mal disimulado racismo, el presidente de Estados Unidos tiene en la construcción de un muro a todo lo largo de la frontera con México su mayor y, quizás, más peligrosa obsesión.

El muro de Trump se ha convertido en la bandera favorita de un populismo nacionalista fundamentado en un agresivo proteccionismo económico y una clara posición aislacionista del país, que por más de un siglo encabezó la expansión del liberalismo democrático y los negocios a escala global. Lo peor de todo es que dicha bandera parece responder a la perfección a esa gigantesca ola de descontento social que ha llevado al poder a políticos de extrema derecha en buena parte del planeta.

Como el de Berlín, el muro de Trump es, sobre todo, un símbolo. Es una manera efectiva de incitar el odio hacia las minorías. Así nació, como la imagen más clara de una retórica, según la cual, uno de los segmentos más explotados y vulnerables de la sociedad estadunidense, los inmigrantes mexicanos indocumentados fueron presentados como criminales y violadores. La promesa de un “gran y hermoso muro” está en perfecta sintonía con alguno de los impulsos más primitivos de nuestra especie, el tribalismo: la tendencia cuasi biológica a definir el universo en términos de “nosotros” contra “ellos”.

Como las vallas con alambre de púas que han acompañado a algunas de las peores expresiones en la historia de la humanidad –como la “limpieza étnica-, el muro de Trump forma parte de una especie de veneno ideológico. Desde el púlpito digital de la Casa Blanca apela todo el tiempo a otro de los más poderosos sentimientos: el miedo, lo cual le permite ir mucho más allá del discurso político tradicional.

En términos reales es un pequeño gasto –140 veces menor al gasto militar anual-, un recurso de mínima utilidad para detener al de por sí históricamente bajo cruce de indocumentados a través de la desértica franja fronteriza. Después de la renegociación comercial que básicamente se limitó a cambiarle el nombre al viejo Nafta, es claro que el muro es una bandera electoral, la misma que lo llevó a ganar las elecciones de 2016 alimentando el miedo de una inminente invasión de gente pobre y morena que entrarían por El Paso, Texas, a arrebatarle su preciada libertad, sus bienes y hasta a sus hijas.

Después de medio siglo en que la globalización económica parecía tan natural como el paso del verano al otoño (Tony Blair, 1992), el nacionalismo populista gobierna en Estados Unidos, Inglaterra, Brasil, Hungría, Polonia, India, Filipinas, Rusia y, claro, México.

Por supuesto que el nacionalismo nunca se fue. Después de todo, en los últimos dos siglos ha sido el principal motor de las guerras. El sentido de identidad y coalición de intereses que en su nombre sustenta gobiernos e instituciones va mucho más allá que el de un medallero olímpico y una Copa Mundial de futbol.  Como las dos caras de la luna, hay también un nacionalismo bueno que se sustenta en la cultura, sentido de comunidad e incluso valores universales. Por supuesto ese no es el nacionalismo que el muro de Trump representa.

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