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La defensa del Chapo

César Romero / Video: Damián Mendoza y Fabiola Méndez

Es muy probable que el señor Joaquín Guzmán Loera pase los próximos años de su vida dentro de un penal de máxima seguridad en territorio estadounidense. Lo que parece imposible es que el mito de su personaje, El Chapo Guzmán, haya llegado a su fin dentro de una corte de Brooklyn, NY; al contrario: a partir de este momento la leyenda crecerá aún más. Sin negar su evidente historia criminal, el celebre narcotraficante podrá convertirse en símbolo del fracaso de la guerra contra las drogas.

El Chapo como víctima. Es un hecho público y documentado que el nacimiento de Guzmán Loera como figura pública ocurrió el 24 de mayo de 1993 cuando iban a matarlo en el aeropuerto de Guadalajara y en su lugar murió un cardenal. Quienes intentaron asesinarlo subieron tranquilamente a un avión rumbo a Tijuana, donde aterrizaron sin ningún problema y poco después se reunieron con el nuncio apostólico en la Ciudad de México, con anuencia, o al menos conocimiento del presidente de la República. El Chapo fue objeto de una intensa cacería de todos los aparatos policiacos del Estado mexicano que llevó a su arresto 16 días después en territorio guatemalteco.

El Chapo como síntoma.  Capaz de aprovechar la podredumbre del sistema carcelario y torpeza del nuevo gobierno, protagonizó, en enero de 2001, su primera fuga de película de un supuesto penal de alta seguridad. De las responsabilidades y complicidades que le abrieron las puertas de la cárcel queda una pastosa trama en que la corrupción de ninguna manera fue una casualidad. No en balde volvió a fugarse en julio de 2015.

Fue entonces cuando se convirtió en una especie de héroe popular, un role model para miles de muchachos atraídos por las extravagantes ganancias y todos los excesos asociados con la vida criminal.  Incluso más que la pobreza y falta de oportunidades –que él mismo vivió en carne propia. Sobre todo, después del desplazamiento de Medellín y Cali hacia Culiacán y Guadalajara como plazas centrales de esta industria, se proyectó como una versión real de Tony Montana; una especie de antihéroe capaz de desafiar el mito principal contra las actividades ilícitas, eso de que “el crimen no paga”.

El Chapo como socio. Demostrada ha quedado también la porosidad en la relación de los carteles de la droga con policías, militares, políticos, agendes de la DEA e incluso de la CIA. El propio juicio de Brooklyn dejó ver algo del sistema de complicidad detrás del continuo abasto de sustancias ilegales hacia los mercados consumidores. Luego de casi medio siglo de guerra contra las drogas resulta claro el juego de intereses, incluso ideológicos y propagandísticos, detrás de la misma. Mientras que él perderá su libertad, otros se mantendrán en las sombras o recibirán las medallas.

El Chapo superstar.  Protagonista de un reality show a la altura de lo mejor de Hollywood. Enamorado de la actriz de moda, con aventuras dignas del Conde de Montecristo, aún tras las rejas cuenta con otros dos recursos que pueden acrecentar su leyenda: primero su condición de padre de dos pequeñas gemelitas. Y, sobre todo, la empatía nacionalista.  Juzgado y condenado por un gobierno extranjero, el Chapo seguramente será parte de la propaganda antimexicana del presidente Donald Trump. Lo cual, para muchos, aumentará su atractivo.

Nota: Las opiniones expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen  de manera alguna la posición de UNAM Global

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