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Del ritual republican al circo político

César Romero
El State of The Union 2019 (SOTU) se ha convertido en un espectáculo diseñado para provocar lágrimas y risas de una élite política cada día más belicosa.

Apenas dos días después del tortuoso Super Bowl LIII que marcó la entrada al Olimpo deportivo de Tom Brady y sus Pats, se celebró otro espectáculo de gran impacto televisivo: el segundo State of The Union del presidente Donald Trump. Fueron 82 minutos de discurso de un personaje que en 700 días en el cargo ha producido poco más de 8,000 mentiras o mensajes alejados de la realidad.

Con algo así como la mitad de audiencia que reportó el duelo entre Carneros y Patriotas en Atlanta, el SOTU-19 reunió a la clase política de la capital del país en el salón de sesiones de la Cámara de Representantes. En el imponente escenario que representa lo mejor de la historia y la retórica de esa nación, lo más notable era la presencia de una gran cantidad de legisladoras que decidieron vestirse de blanco para celebrar los primeros 100 años de la Decimonovena Enmienda constitucional que consiguió el derecho al voto de las mujeres.

Durante la sesión solemne del Legislativo, Trump pronunció un discurso de más de cinco mil 200 palabras y consiguió aplausos, sobre todo, al recurrir al truco teatral de presentar a numerosos invitados heroicos por una u otra razón: viejitos y hasta una niña enferma de cáncer. No fue posible confirmar si estaba programada la presentación de algún encantador perrito o gatito.

Sin embargo, los momentos cumbres dentro del recinto fueron enmarcados por el silencio. Uno de ellos ocurrió cuando el presidente, luego de hacer una exaltada presentación sobre los avances económicos del país en los últimos dos años, intentó condicionar el crecimiento económico al cese de las investigaciones en contra de su gobierno (que realiza el fiscal especial Robert Mueller), por presuntos vínculos con la mafia rusa (Vladimir Putin y sus intereses).

“An economic miracle is taking place in the United States — and the only thing that can stop it are foolish wars, politics, or ridiculous partisan investigations. If there is going to be peace and legislation, there cannot be war and investigation. It just doesn’t work that way!”.

En lugar de obtener un mar de aplausos, al menos de los congresistas y senadores republicanos, lo que más pesó en el escenario fue el silencio de la mayoría, incluidos muchos de sus correligionarios.

El segundo gran momento de la noche fue más visual, y sin abrir la boca lo protagonizó Nancy Pelosi, líder de la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes, quien supo frenar el deal que proponía Trump: reabrir el gobierno a cambio de cinco mil millones de dólares para su muro fronterizo. Sentada detrás del mandatario con su atuendo blanco y la experiencia de vida de sus más de 70 años de edad, en un momento en que Trump hablaba de la necesidad de acuerdos políticos que pusieran el interés nacional por encima del partidista, la legisladora de San Francisco se puso de pie, extendió los brazos y esbozó un pequeño aplauso que, por su expresión facial, se convirtió en una imagen viral que, en la mayoría de los casos, sirvió para mostrar la pequeñez del hombre del peluquín de colores.

En balance, luego de casi tres años del surgimiento del fenómeno Trump, resulta verdaderamente asombrosa su obsesión con México: con más pena que gloria ocupó 14 minutos completos para promover su muro de dos mil millas. Y sin embargo, buena parte de sus proclamas de nacionalismo radical y, sobre todo, el énfasis en la supremacía militar de Estados Unidos frente al resto del planeta, sí entusiasmaron a su audiencia (republicanos y demócratas). Un botón de muestra: cuando habló del presupuesto militar anual —140 veces más dinero de lo que exige para su muro fronterizo—, el aplauso fue prácticamente unánime y de pie.

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