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Diez años de la UNAM en el Centro Femenil de Readaptación Social de Santa Martha Acatitla

Gaceta UNAM

El proyecto Mujeres en espiral: Sistema de justicia, perspectiva de género y pedagogías en resistencia, cumple una década de atender, por medio de una propuesta artístico-pedagógica, con enfoque de género, alegre, cromática y no asistencialista, una urgencia social: el acceso a la justicia de mujeres en reclusión.

Con esta aula expandida, la espiral de la UNAM ha alcanzado al Centro Femenil de Readaptación Social (Cefereso) de Santa Martha Acatitla, en Iztapalapa, que se ha convertido en un campus universitario no sólo para quienes están privadas de la libertad, sino también para el grupo interdisciplinario que trabaja en esta labor: académicos, artistas, activistas, servidores sociales, becarios, alumnos y egresados.

Desde 2008 se han concretado diferentes iniciativas con las reclusas: murales, fanzines, documentales, cortometrajes, pasarelas, artículos y libros artísticos, los cuales han obtenido premios nacionales e internacionales. También han elaborado productos jurídicos, como amparos, casos de litigio estratégico, beneficios, amicus curiae e informes especializados.

“Se trata de un proyecto que funciona con giros y torsiones conceptuales para tejer los campos jurídico, pedagógico y artístico, que posibiliten a las mujeres el acceso a la justicia y el análisis de sus procesos subjetivos. Busca interrumpir el concepto de la universidad que produce conocimiento entre la biblioteca y el aula, y conectarse con urgencias sociales, al constituirse en una especie de salón ambulante que gravita en espacios donde son necesarios los intercambios de saberes y prácticas”, definió Marisa Belausteguigoitia, académica de la Facultad de Filosofía y Letras y quien inició y dirige esta iniciativa.

A dos lustros de labor, las reclusas, investigadoras, estudiantes y académicos internacionales presentaron algunos de los proyectos conjuntos que han realizado al interior del penal, como el Taller de Sensibilización y Formación en Género: Mujeres historias por contar, vidas por transformar.

También, el cortometraje Cihuatlán: antígonas de Santa Martha; el video Escribir el cuerpo, escribir el deseo; y la exposición de trabajos manuales en bolsas con manta y bordados, basados en el concepto de Bestiario, imágenes de animales fantásticos, sin olvidar un recorrido por los cuatro murales, la magna obra de intervención de esta iniciativa.

Fotos: Erik Hubbard.
Fotos: Erik Hubbard.

Voces

En Mujeres en espiral el color es el lenguaje. La única forma de ingresar es siendo multicromático, no azul, como las sentenciadas; no beige, como las que están en proceso; ni negro, como los custodios. Ésa es la política implícita: desvanecer el gris de la piedra y del espíritu.

“Estamos unidas en espiral para compartir nuestras vivencias; somos personas que trabajamos nuestras emociones para sanar heridas. Estamos aprendiendo y creemos que nuestros anhelos y sentimientos son libres, para ellos no hay barreras”, dijo Elia, una de las reclusas incluidas en esta propuesta.

Durante la presentación, en la que estuvieron también estudiantes y académicos de las universidades de Northwestern y de Rutgers, Estados Unidos, se escucharon diversas voces como la de Lucero Sofía Marines, quien en 2017 obtuvo el segundo lugar del concurso de carteles Por el porvenir, organizado por el Programa de Derechos Humanos de la Ciudad de México. Recibió un reconocimiento en el Teatro Esperanza Iris, que la excarceló físicamente unas horas, pero de manera definitiva como artista. “El límite nos lo ponemos nosotras mismas. Podemos conquistar la cárcel, no en el sentido de amar el estar presas, sino lo que hago, lo que soy; ¿quién me va a decir que en prisión no puedes expresarte como quieras? Si verbalmente no puedes porque hay reglas y límites, está la imaginación, la pintura… ésas no tienen límite”, aseguró.

Guadalupe Cruz tiene 52 años. Una noche de 2015 subió a una patrulla para recibir auxilio por una riña que involucraba a sus familiares, pero cuando llegó al Ministerio Público ya estaba acusada de homicidio. “Mujeres en espiral me ha ayudado a levantar la voz, a ser escuchada para no ser cómo esa Antígona (tragedia de Sófocles). No me rebelaré con violencia, sino con derechos; aprendí a expresarme en el juzgado, a tener en cuenta las fechas y hacerlas visibles”.

A lo largo de estos años, las mujeres en reclusión se apropiaron de las paredes de la cárcel y crearon cuatro murales: El grito, Fuerza, tiempo y esperanza, Caminos y formas de la libertad y Acción colectiva por la justicia. Este adueñarse de los muros que las encierran les permitió trabajar en sus procesos jurídicos y de emancipación.

Así los describió Tere, otra reclusa, en un recorrido: “Aquí la libertad espiritual sigue: a nuestro corazón le coartan la libertad, dejamos a nuestra pareja, a nuestra familia, pero tenemos una esperanza de vida, todavía con nuestras alas…”.

En tanto, Aída Blanco, de las más entusiastas en esta iniciativa pictórica, recordó que comenzaron a pintar en papel hasta que intervinieron los muros y los caracoles grises (rampas en forma circular), que hacían tétrico el lugar. “Nos pusimos contentas porque ya había otra estructura de vida, el color nos daba alegría; empezamos 15 y terminamos siendo 70, cifra que fluctúa porque algunas salen libres o se cambiaban de reclusorio. Antes queríamos gritar, de ahí que le llamáramos El grito al primer mural; queríamos que todos se dieran cuenta de que podíamos cambiar: nuestras familias, las autoridades y nosotras mismas”.

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Abandono

La longitud de la cabellera de Edith retrata su espera, pausa su sonrisa incondicional y hace una confesión en voz alta: “A mí ni una vez me han visitado, llevo ocho años aquí y nada. Por eso la UNAM es mi familia, es mi visita de cada ocho días. Me han ayudado a reconstruirme, a tomar fuerza, a volver a plantearme y decirme ‘aquí estoy’”.

Gabriela Velasco lleva seis años presa, y evocó el laberinto del abandono, porque sólo se sabía expresar en náhuatl. “Por hablar mi lengua me trataron mal, porque ‘vienes de un cerro bajada a tamborazos’. Soy de un pueblo que se llama Tamazulápam, en Oaxaca; mis padres eran indígenas, ya fallecieron. A mí me costó mucho trabajo aprender español, pero lo tuve que hacer para no sufrir esos ratos de tristeza e ignorancia”.

En contraste, Rocío dijo que siempre está alegre, reflexiona, ironiza, todo en voz alta. “Aquí nos convertimos en nosotras mismas, porque allá afuera no tenemos tiempo. Aquí es otra onda, nos queremos, nos hacen valorarnos, y salimos y decimos ¡guau!, cuánta cosa tenía. Dejé perder mucho tiempo de mi vida, pero gente como ellas (Mujeres en espiral), que vienen y nos dan su tiempo, nos vuelve diferentes cada día”.

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