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“¿Y los hombres? Aquí ni pintan”

Fernanda Martínez
Cuando el gueto no se lleva a cuestas. Se lleva dentro.

Hablar de Tepito es hacerlo de guerras y fronteras, las más cruentas sin duda las que se llevan a cabo en el centro de los núcleos familiares, de donde parten historias que como anécdotas se enredan en la madeja sin sentido que es vivir dentro de un gueto. O más bien de caminar con el gueto palpitando desde bien adentro.

Claro está que hablar de Tepito es hacerlo también de esa especie de mujeres, amazónicas y voraces, que se sublevan ante lo que debía haber sido y que con pasos firmes sobre el asfalto sucio van redefiniendo su historia y la de sus hijos. La historia de todas las mujeres que se toman de las manos y defienden a su barrio, a mentadas si es necesario, pero suyo por fuerza. Suyo a través de un parto de sufrimiento. Suyo ahí nomás.

Rosy Rangel viene de esta estirpe. Me recibe en la Galería de Arte José María Velasco en el corazón de Peralvillo para explicarme cómo las madres de familia de Tepito se han vinculado en una comunidad sólida que, además de proveer cuidados y atenciones, ha logrado reducir los niveles de violencia intrafamiliar y apartar a sus hijos de los ciclos violentos del barrio.

“Yo nací en Iztapalapa y mi mamá tenía un negocio en Tepito, así que vinimos a vivir aquí, yo tenía 5 años cuando llegué. En un principio vivíamos en la calle de Libertad, que es hoy día una de las calles con mayor tráfico de drogas.

“Las primeras impresiones que tuve de pequeña son referentes de violencia. Veía cómo los señores se peleaban alcoholizados, y se medio mataban, eso me impresionaba y me asustaba mucho. Otra cosa que influyó en mi fueron los gritos de las mujeres en la noche cuando sus esposos las golpeaban.

“También tengo la imagen de chicos drogándose con solventes porque antes esta era una zona de talleres, de zapatería, sastrería, mueblería, había muchos talleres y los chicos entonces ya no iban a la escuela y los sábados que les pagaban, su única diversión era drogarse y pegarse. Había un lema entre ellos: ‘Si no hay pleito, no es buena borrachera’”.

-¿Cómo es una mujer en el Barrio Bravo?

“La mayoría de las mujeres aquí se dedican a trabajar, a salir por su familia, los hombres en la mayoría de los casos no se hacen responsables por sus familias y las mujeres son las que salen a trabajar, sobre todo en el comercio. Esto implica una doble jornada, la del trabajo y la de madre de familia, aunque claro que deja vulnerables a los niños porque salen de la escuela y no hay quien los cuide, los proteja. En Tepito no hay un espacio en donde resguardar a los niños del verdadero barrio”.

-Hablas de resguardar a los niños…

“Pues sí, de la vagancia y muchos factores que intervienen para que los chicos fácilmente caigan en la drogadicción y la delincuencia, es muy importante que los niños estén protegidos, ocupados”.

-¿Podrías decir que son las madres de familia quienes tienen el timón en la mano para que los índices de violencia en Tepito reduzcan?

“Yo diría que sí porque lamentablemente los papás se desligan, aunque culturalmente los padres dejan la labor del cuidado de los hijos a las mamás, aunque estas también trabajen. Por donde lo veas, las mamás son las que tienen que responder, ya sea por cultura o por necesidad”.

-¿Qué fue lo que te hizo dedicar al trabajo social en Tepito?

“Mi padre tenía un gran sentido de responsabilidad social. En Navidad nos daba dinero para hacer piñatas para los niños de la vecindad y nos pedía que nos organizáramos con los vecinos para hacer las posadas y fiestas. Yo tuve un padre muy especial, eso fue lo que me marcó en definitiva”.

-¿Qué te enseñó tu padre?

“Libertad. Fue un padre fuera de serie, él en verdad creía que las mujeres debían sobreponerse a las injusticias, estudiar y luchar por algo mucho mejor”.

-Tú eres madre de familia, ¿cómo ha sido criar a tus hijos en Tepito?

“Lo más importante para mi es que ellos sepan en qué lugar viven, aprender a convivir con la gente de aquí y también aprender a vincularse con gente de otros centros”.

-Hablemos de las cosas buenas de Tepito, de las redes de apoyo, de la solidaridad. ¿Qué destacas tú?

“Hay mucha solidaridad. Te pongo un ejemplo, en los predios (vecindades), los niños se quedan solos porque muchas de sus madres trabajan, así que somos otras madres de familia las que cuidamos a los chiquitos.

“En 2004, el gobierno comenzó a impartir talleres para las mujeres de la comunidad dentro de Tepito; se sensibilizaron sobre lo complicado que era para muchas salir del barrio, tener que explicar a los maridos, sobrevivir a la violencia intrafamiliar, así que trajeron los talleres hasta acá”.

-¿Cómo funcionan las redes de apoyo de mujeres en Tepito?

“En 3 ejes básicamente: en el tema de la salud, en el cuidado de los hijos y también económicamente porque cuando una no tiene dinero, las otras prestan, apoyan y protegen”.

-¿Y los hombres?

“Aquí ni pintan… Es por cultura, Tepito no se escapa de las estructuras machistas, los varones casi no participan, y aunque estamos tratando de que lo hagan, el proceso es muy lento”.

 

-¿Cómo combatir también la violencia a esa edad?

“Los chicos se sienten abandonados, están solos todo el día, los tiempos con las madres no tienen calidad porque la mayoría de las veces están agotadas de las jornadas laborales, entonces entran las abuelas, las comadres, las redes de apoyo de las que hablábamos.

“Ahora bien, ¿qué pasa con los niños solos todo el día? El resultado es más que obvio: embarazo adolescente, drogas, delincuencia, vagancia”.

 

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