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Porque esto ya comenzó y nadie nos va a parar

Vania Bañuelos
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La pregunta más incómoda desde las pasadas elecciones y que incluso ha hecho que las familias se dividan, ha sido: “y tú, ¿por quién votaste?”. Desde el 2012 me convencí de que no iba a participar jamás del juego electorero. El movimiento #YoSoy132 me enseñó varias cosas; una de ellas fue a no depositar mis sueños en las urnas, aprender a superar la frustración y a buscar otras formas más efectivas de participación ciudadana.

Recuerdo que la consigna en ese entonces era una que el PRI no llegara a la presidencia. A casi siete años del suceso, me resulta curioso que lo gritáramos tan fuerte pues muchos de los que éramos parte del movimiento estábamos pequeños cuando, por ejemplo, Salinas y Zedillo fueron presidentes. Más bien –creo– crecimos con el PAN y con el PRD de López Obrador gobernando el Distrito Federal. A comparación de nuestros padres y abuelos, no nos tocó “vivir” el priismo, sin embargo, sí conocemos sus estragos y pienso que, por esa razón, no queríamos que llegara el PRI a la presidencia.

 

Mientras estábamos en las asambleas interuniversitarias del 132, aproveché para preguntar a mis compañeros por quién iban a votar. La mayoría tenía pensado anular su voto pues, aunque no queríamos que Peña Nieto fuera presidente, tampoco nos convencía AMLO, mucho menos la panista Vázquez Mota. Anular nuestro voto –pensábamos– llevaba el mensaje de que ningún partido nos representaba y tampoco su sistema electoral.

Aunque más de 1 millón de votantes (equivalente al 2.42%) anularon su voto (Expansión, 2012), la realidad es que anular no sirvió de mucho, al contrario. Con un 38.21% de los votos, EPN se convirtió en el virtual ganador a la presidencia (EFE, 2012). No podíamos creerlo; lloraba de rabia y de frustración.

Después de doce años, regresaba el PRI a la presidencia. Estaba siendo un mal sueño, una pesadilla de la que al día siguiente queríamos despertar. En Facebook y Twitter la gente decía que México estaba siendo como la mujer golpeada que había perdonado a su hombre macho: “pégame, pero no me dejes”. A partir de entonces me cuestioné si anular había servido de algo, si realmente habíamos cambiado algo. Nada.

Jueves 31 de mayo del 2018, el candidato a la presidencia por el nuevo partido político Morena, Andrés Manuel López Obrador, se iba a presentar en Pátzcuaro, Michoacán. Las manecillas del reloj marcaban las 5:30 pm y las calles del centro estaban llenas de personas de todas las clases sociales esperando su llegada.

Salí de clases e inmediatamente me fui hacia la Plaza San Francisco a ver cómo eran las reacciones de la gente. Al ser de la Ciudad de México, me acostumbré a ver que la gente lo sigue y acepta e incluso ver cómo llena el Zócalo. Por esa razón, no sabía cómo sería el fenómeno social en otro estado, mucho menos en un municipio pequeñito y muy turístico. De entrada, una situación en contra era que personas que anteriormente han gobernado Pátzcuaro estaban de nuevo en la contienda electoral, pero ahora como candidatos de Morena.

Se escuchaban chiflidos durante los discursos de ex presidentes municipales y López Obrador intentaba calmar al público. Cuando al fin tomó el micrófono, la gente coreaba su nombre, sacaba sus celulares para capturar el momento, los niños brincaban intentando ver en vivo al candidato, los que estaban en los hombros de sus padres, aplaudían y movían sus banderines muy emocionados.

Atrás de mí estaba un grupo de maestros y alcancé a escuchar que uno le decía a otro: “A éste, si lo matan como a Colosio, nos levantamos en armas”. Es sabido que Michoacán se caracteriza, entre otras cosas, por su permanente lucha magisterial y por esta razón el público aclamaba al candidato cuando les prometía que, si ganaba, cancelaría la “mal llamada reforma educativa”.

También vi que muchos de los presentes en el mitin eran personas adultas mayores quienes, de hecho, vivieron en carne propia el priismo y me tocó escuchar que alguien dijo: “total, ya no tenemos nada que perder, todo nos lo han quitado”.

Lo que presencié al estar durante dos horas en medio de las personas que fueron al mitin de Obrador, me pareció genuino e incluso conmovedor. Después de ese día, decidí participar de las elecciones, pero con la idea muy clara de no depositar mis sueños en esas urnas porque en un país en crisis donde todos los días matan o desaparecen a jóvenes, mujeres, periodistas y estudiantes, me resulta muy difícil creer que un mesías cambiará las cosas.

A un mes y días de que López Obrador es –por fin– presidente de México, la reconstrucción no está siendo nada fácil y “la cuarta transformación” no será si no es verdaderamente desde abajo y a la izquierda. A muchos les sigue convenciendo el discurso progresista y “amoroso” de Obrador y hay quien justifica cosas como la creación de una Guardia Nacional, pero la realidad es que, con él, sin él o a pesar de él, la organización colectiva es la que hará que se transforme la sociedad. No lo digo yo, nos lo muestran, por ejemplo, las comunidades indígenas en todo el país con sus tequios, su autonomía y su resistencia histórica.

Y a propósito del 25 aniversario del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y la aparición pública del movimiento, el inicio de año nos sirve de pretexto para recordar que la revolución empezó hace años y que nadie nos va a parar. Esto se va a poner cada vez más difícil así que no queda más que seguir resistiendo y luchando.

*Licenciada en Pedagogía por la UNAM

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