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Nacimiento de bebés modificadas genéticamente plantea preguntas para la ética

Omar Páramo / Francisco Medina
"Aquí no apreciamos una necesidad curativa de urgencia ni tampoco se obtuvo algún beneficio inmediato para las gemelas”.

El 25 de noviembre pasado —dos días antes de asistir a la Segunda Cumbre Internacional sobre Edición del Genoma Humano en Hong Kong—, el científico chino He Jiankui anunciaba desde un video de YouTube: “Dos pequeñas, llamadas Lulu y Nana, llegaron a este mundo hace unas semanas, tan saludables como cualquier otro niño. Cuando ambas eran apenas una célula removimos quirúrgicamente la puerta a través de la cual el virus del sida entra al organismo e infecta a las personas”. Con estas palabras, el planeta se enteraba de la posible existencia de los dos primeros bebés modificados genéticamente en la historia, y las críticas comenzaron a llover.

En un planteamiento muy superficial, parecería poco objetable lograr que un recién nacido sea inmune al VIH o a alguna otra enfermedad incurable, grave o discapacitante, aunque a decir del director de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Jorge Enrique Linares Salgado, al entrar en los detalles son muchas las réplicas que pueden hacerse a este experimento desde la bioética, y la primera de ellas se relaciona con el llamado principio de precaución.

“Estas intervenciones tienen efectos aún impredecibles, difíciles de comprobar y, si se modifican las células germinales, su impacto puede manifestarse no de manera inmediata, sino en generaciones posteriores, transmitirse a la descendencia o dar pie a nuevas mutaciones. No es que la naturaleza deba permanecer fija, pero al alterarla hay muchos aspectos que no podemos anticipar”.

Ya en su ejemplar del 30 de noviembre, el diario The New York Times alertaba desde uno de sus cabezales: “En China, los bebés editados genéticamente son el último hilo de los dilemas éticos”, y preguntaba si, a fin de cumplir con la promesa del presidente Xi Jinping de hacer de ese país el líder global a nivel científico y tecnológico para 2049(fecha que marca el centenario de la República Popular China), se estaban soslayando muchos estándares científicos y de eticidad.

A decir de Jiankui, los procesos que posibilitaron la edición del código genético de Lulu y Nana los realizó en la soledad de su laboratorio y a espaldas de la institución para la que trabaja, la Universidad de Ciencia y Tecnología del Sur, en Shenzhen, por lo cual no hay papersni otros testimonios sobre esta investigación y sus avances. Debido a esta falta de material, el nacimiento —aún no verificado— de las gemelas tomó al mundo entero con la guardia en bajo.

Para el profesor Jorge Enrique Linares, uno de los aspectos más reprobables en todo este capítulo es que, si las cosas sucedieron así, el científico chino hizo todo lo posible para pasar por debajo del radar de los comités de bioética y de su universidad, así como para eludir cualquier debate o control social. “No se trata de prohibir o imponer regulaciones estrictas, pero algo de tal magnitud debería ser discutido antes por la comunidad científica. Eso esperaríamos todos”.

Una revolución biotecnológica en busca de rumbo

En 1993, un microbiólogo de la Universidad de Alicante de nombre Francis Mojica dio a conocer cómo ciertas bacterias tomaban parte del ADN de virus y lo integraban al suyo no sólo para inmunizarse contra infecciones virales, sino para transmitir esta resistencia a sus descendientes; este mecanismo fue bautizado como CRISPR debido a que, en esas secuencias, observó repeticiones palindrómicas. En 2012, las investigadoras Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier retomaron el trabajo del español y encontraron que podían usar la enzima Cas9 como tijera molecular y cortar parte del genoma de diversos organismos para, al estilo las bacterias, pegar después información nueva, como si se tratase del copy and pastede una computadora, creando así un sistema conocido como CRISPR-Cas9.

La posibilidad de retirar tramos de ADN en los que está codificada la propensión a una enfermedad y colocar en su lugar segmentos que no presenten tales problemas ha hecho pronosticar a muchos que estamos muy cerca de hallar la cura para afecciones de base genética, como la diabetes, y ha detonado una gran cantidad de experimentos realizados a una celeridad pocas veces vista, al grado de que el 28 de octubre de 2016 se aplicó terapia génica con CRISPR-Cas9 por primera vez a un humanopara combatir una variante de cáncer de pulmón sumamente agresiva.

En una visita reciente al Instituto de Fisiología Celular de la UNAM, el doctor Lluís Montoliu —quien ha colaborado muy de cerca con el profesor Mojica— decía: “Esto se descubrió en 1993, se comenzó a emplear como herramienta de edición genética en 2012 y el primer paciente fue tratado en 2016… Nunca en la historia un desarrollo biomédico había saltado tan rápidamente a la clínica… Jamás”.

En esta carrera a contrarreloj llegamos a 2018, año en el que los reflectores apuntaron He Jiankui por su polémico experimento, el cual consistió en tomar el óvulo de una mujer sana para fecundarlo con el semen de su pareja (un hombre seropositivo) mediante una inyección intracitoplásmica de esperma. Una vez obtenido un embrión viable y cuando éste era una célula, el científico usó el sistema CRISPR-Cas9 para desactivar el gen CCR5, el cual es considerado la puerta de entrada del virus del VIH a la célula huésped. El último paso fue transferir el embrión modificado al útero de la madre, donde se gestó.

Este trabajo en ningún momento fue consignado en artículos, en vez de ello, y sólo al ser concluido, fue anunciado mediante un canal poco ortodoxo: YouTube. Experimentar con embriones humanos no es algo que se pueda hacer con facilidad en la mayoría de los países, pero modificarlos y llevarlos a término está prohibido en casi todos, por lo que el biofísico fue severamente cuestionado y, en la misma China, pasó de ser un ejemplo de éxito —a sus 34 años era considerado una estrella en ascenso— a casi un proscrito, y tanto su universidad como el gobierno de su país ya se deslindaron de él.

Como epílogo a este escándalo, poco antes de desparecer de la mira pública, He Jiankui aseveró que el nacimiento de Lulu y Nana es un hito comparable al que representó la presentación con vida de Louise Brown en 1978, la primera bebé de probeta, y declaró sentirse muy orgulloso de la labor realizada. A la fecha se ignora su paradero.

Ante el reto de modificar la naturaleza

El doctor Jorge Enrique Linares Salgado, filósofo que se ha especializado en temas de bioética, no se dice un defensor de las prohibiciones pues está consciente de que la naturaleza puede y hasta debe ser modificada si la circunstancia lo amerita, aunque advierte que dichas alteraciones jamás deben hacerse con prisa, sino con la calma que requiere la reflexión, algo que ayudaría a disminuir esa celeridad que hace que una técnica descubierta hace apenas seis años hoy parezca ser la respuesta a todo (por ejemplo, Nueva Zelanda ha planteado usarla para deshacerse de todas las ratas y zarigüeyas que hay en su territorio para el 2050).

“En otras épocas esto pudo haberse hecho sin control, pero estamos en un momento de la historia en el que conviene que estos desarrollos biotecnológicos se den de una manera organizada, planeada, supervisada, evaluada y regulada; en esto ayuda mucho el debate público. Si hemos de modificar genes humanos debe ser sólo en casos necesarios, nunca de modo recurrente o normal”.

Para el director de la Facultad de Filosofía y Letras, pese a la creencia casi utópica de que en breve la humanidad dará el paso de la medicina bioquímica a la genómica, e incidirá en el ADN para curar enfermedades o para inmunizarnos contra ellas, esto no es muy factible en términos poblacionales, en particular porque en el sistema económico actual las ambiciones del mercado lo permean todo, incluso lo referente a la salud, y con frecuencia ejerce presión para que técnicas como ésta sean patentadas, vendidas y puestas al servicio no de quien las necesita, sino de quien las puede pagar.

Por ello, frente al acelerado avance en las aplicaciones del CRISPR-Cas9 el académico recomienda cautela, “pues aunque sea evidente su potencial benéfico, detrás de las presiones para liberar una técnica suele haber intereses económicos que buscan comercializarla, recuperar inversiones y lucrar; ahí es donde la cosa se tuerce”.

En su defensa, He Jiankui argumentó desde YouTube que su trabajo respondía a principios éticos, pues con él ayudaba a una familia que necesitaba apoyo, actuaba en aras de la salud y no de la vanidad, respetaba la autonomía de los niños, se conducía bajo el principio de que los genes no definen a una persona y nos acercaba al ideal de que todos deberían estar libres de padecimientos de base genética.

Sin embargo, son muchas las preguntas que se le ocurren al profesor Linares al repasar este listado, como la de que en este caso no se intentaba curar una enfermedad y, aunado a ello, hay otros métodos para evitar que un padre seropositivo transmita el virus del VIH a su descendencia. “En resumen, no había una necesidad imperiosa de que ese individuo en particular se reprodujera, pues bien podía adoptar. Aquí no apreciamos una necesidad curativa de urgencia ni tampoco se obtuvo algún beneficio inmediato para las gemelas”.

Uno de los aspectos que más inquieta al doctor en Filosofía es que aún no hay un consenso mundial sobre la modificación genética con fines terapéuticos o de mejora en humanos, y aunque las investigaciones son muchas y se desarrollan muy rápido, no han sido probadas lo suficiente como para determinar si pueden escalarse ya a las personas. Cuando en 2016 se aplicó por primera vez la edición genética en un individuo, el médico responsable de la operación, el oncólogo Lu You, adelantaba que dicho logro iba a ser una suerte de Sputnik 2.0, pues así como el satélite soviético detonó en 1957 la carrera espacial, “esto con certeza va a acelerar el duelo biomédico que ya mantienen China y Estados Unidos”.

Ante esta lógica del vértigo, el profesor Linares pide tomar un respiro y dar espacio para la discusión, en especial por tratarse de temas que nos implican a todos, “y no de una competencia”.

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