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Somos importantes para la sociedad

Cecilia Medina/Daniela Pamatz/Berenice Maltos

La violencia hacia la mujer pareciera estar aceptada culturalmente, “me maltrata, me pega, pero lo normal”, dicen las víctimas. Pero, naturalizar y aceptar socialmente la violencia “como si fuera lógico o normal se puede convertir en feminicidio”, advierte la doctora Julia del Carmen Chávez Carapia, coordinadora del Centro de Estudios de Género de la Escuela Nacional de Trabajo Social de la UNAM.

En entrevista para UNAM Global dijo que la violencia familiar o doméstica se da en una relación de parentesco, entre cónyuges, hijos contra padres o viceversa, dentro y fuera del domicilio. Se manifiesta de forma física (golpes y lesiones visibles), emocional (maltrato no visible que agrede la esencia de la víctima), y sexual (abuso y violación en la relación de pareja).

Asimismo, existen la violencia económica o el condicionamiento para otorgar dinero, cubrir gastos familiares y la violencia patrimonial, en la que a través de manipulaciones y presión de la pareja y/o familia, se despoja a la mujer de sus bienes.

Refiere que la gran mayoría de mujeres en el mundo y en el país viven todavía sometidas a la dependencia económica de la pareja. “No trabajan ni tienen armas para enfrentar un mundo más hostil que el de su casa. Se les cierra el mundo y dicen ‘me aguanto, o no denuncio’”, cuando son víctimas de violencia familiar.

Más aún, “como mujeres, nuestra educación, inculcada por la sociedad y la familia, nos hace sentir que el hombre es la autoridad, el que manda y a las mujeres nos toca aceptar, ser pasivas y sumisas”. La propia madre ordena a las hijas atender y servir a los varones.

Violencia y condición social
Chávez Carapia expone que hay factores de carácter estructural que abonan al abuso, el desempleo, la falta de ingresos para satisfacer las necesidades básicas. Pero la violencia está en todos los sectores, “la gente rica y la gente pobre mata”, no es cuestión de estatus. Por conveniencia social, la violencia física se disfraza en algunos sectores.

En el caso de las adultas mayores, la violencia emocional y patrimonial se hace más fuerte cuando éstas dejan de ser objeto sexual y terminan su edad reproductiva. El abuso emocional es más difícil de identificar, pero es el más fuerte, frases como: “¡eres fea!, ¡eres gorda!”, hacen mella en la autoestima. “Es otro tipo de violencia que puede irte matando lentamente, te va matando como persona”.

Cuando la mujer es joven la violencia es física, sexual y emocional. Dentro de una relación de pareja, el abuso hacia la mujer puede aparecer desde el inicio y se manifiesta en hechos como quitarle el celular para ver qué hace, con quién habla, prohibirle salir con otras personas u ordenarle la forma en que debe vestir.

La culpa no es de ellas
Los agresores, afirma, alejan a la víctima de su núcleo primario familiar, de su círculo de amigos, así, sin redes de apoyo y sin recursos para enfrentar una realidad social económica para ella y sus hijos, la mujer opta por permanecer con su atacante: “No lo quiero, pero ¿qué hago?”.

En ese sentido, “los que están en contra del feminismo y de la igualdad de género, cuestionan el que las mujeres regresen con su agresor. El Ministerio Público no ayuda a las denunciantes, revictimizan a las que acuden a pedir ayuda”.

Chávez Carapia apunta que “son pocas las instituciones y pocos los recursos, hasta que hay posibilidades de feminicidio, entonces intervienen”. No hay perspectiva ni sensibilidad de género entre las autoridades que atienden y entre los que dictan sentencia sobre el destino de los hijos y el vínculo familiar, reconoce la investigadora.

Respuesta y soluciones
La atención a las víctimas es una labor multidisciplinaria, intervienen el trabajo social, la psicología y el área jurídica. El papel a nivel profesional y de atención de cada caso debe ofrecer respuesta y soluciones desde una perspectiva de género, para entender la problemática, destaca la académica universitaria.

Finalmente, hace un llamado a quienes ya tienen conciencia de este problema social. “Tenemos que seguir organizándonos y seguir luchando, tenemos la voz, y a través de ella, las mujeres violentadas deben saber que no están solas. Construyamos un camino de vida con formas diferentes, porque ni somos objeto sexual, ni somos sillas, ni muebles. Somos personas, mujeres que queremos otras condiciones y otras formas de vida, somos importantes para la sociedad”.

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