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El monumento 32 de Tamtoc podría marcar el inicio de lo calendárico en la región huasteca

Omar Páramo/Francisco Medina
Aunque se ha dicho que la estela grabada es un calendario lunar, no hay argumentos sólidos que sostengan eso; todo indica que en realidad registra el movimiento del Sol.

El monumento 32 de la ciudad prehispánica de Tamtoc (ubicada en lo que actualmente es San Luís Potosí), con sus cuatro metros de alto, siete de largo y 30 toneladas de peso no es sólo la estela labrada más grande de Mesoamérica, sino podría marcar el inicio de lo calendárico en la región huasteca, plantea el profesor Jesús Galindo, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM.

Oculta bajo un cuerpo acuoso y sepultada por espesos depósitos de lodo durante casi dos milenios, tras descubrirse la pieza en febrero de 2005 y después de una cuidadosa reconstrucción, ésta fue reinstalada en su sitio original: a orillas y ligeramente por encima de un espejo formado por las aguas de un manantial.

Las imágenes labradas en el monolito muestran a dos mujeres sin cabeza de cuyos cuellos mana un fluido que converge en el ombligo del personaje central, un ser con características masculinas y femeninas, y rostro de calavera. Desde el inicio se defendió la teoría —aún extendida— de que lo ahí representado era un calendario que reproducía los ciclos lunares, aunque a decir del académico dicha propuesta se formuló de manera precipitada, pues en realidad todo apunta a que la pieza fue creada pensando en el movimiento del Sol.

“La estela más antigua con fecha calendárica en Mesoamérica es la 13, de Monte Albán, la cual nos remite al año 594 a.C. La pieza de Tamtoc fue elaborada alrededor del año 600 antes de Cristo, por lo que estamos ante uno de los primeros registros de esta forma de medir el tiempo y no sólo entre los huastecos, sino en la zona”.

Para poner a prueba la hipótesis de que el monumento 32 fue diseñado para emular el desplazamiento de la Luna, el astroarqueólogo recreó cómo lucía el firmamento hace dos milenios y medio en esas latitudes. “La noche cambia con los siglos; por ejemplo, la estrella polar, hoy fija en el cielo, entonces daba vueltas y en el polo, que es el mismo siempre, no brillaba ninguna estrella de forma llamativa. Este referente se mueve y se transforma, por lo que interpretar en términos de lo nocturno es una apuesta arriesgada”.

A fin de evitar especulaciones, el profesor Galindo optó por su método preferido, es decir, “preguntar directamente a la estela” y observó su comportamiento a lo largo de un año. Sobre este punto, al académico destacó que la pieza está tan bien orientada hacia el norte que su cara —donde hay escena— es iluminada de forma rasante por el Sol a partir del equinoccio de marzo, lo cual cambia con el equinoccio de septiembre, cuando esta condición se invierte y la parte frontal se ensombrece y la trasera recibe los rayos solares.

“Esto indica una práctica muy fina en cuanto a la observación del cielo e indica un saber astronómico lo suficientemente complejo como para lograr un equilibrio perfecto entre la luz y la penumbra a través de un conocimiento muy preciso de las alineaciones equinocciales”.

En contraparte, detalla Galindo Trejo, la Luna juega de manera tan complicada con el horizonte que a veces no se ve, tiene diferentes fases y, comparativamente, los puntos que el Sol alcanza cada seis meses el satélite lo hace cada 18.6 años. “Por ésta y otras razones esta estela, para mí, es un indicador exacto de la posición solar”.

Un regalo de los dioses

Según relatan los mitos, en algún momento los dioses antiguos se reunieron para crear el tiempo, ordenarlo en forma de calendario y obsequiarlo a los hombres a fin de que formaran pueblo y funcionaran en sociedad. Por esta razón los gobernantes prehispánicos construyeron atendiendo a la orientación de los astros a fin de mostrar que sus obras seguían principios sagrados y que ellos, en su papel de hombres de poder, detentaban un favor divino.

Esta forma de medición cronológica —detalla el profesor Galindo— constaba de dos cuentas: una solar (organizada en 18 veintenas a las cuales al final se añadían cinco jornadas, a fin de completar los 365 días de un año) y una ritual (de apenas 260 días, divididos en 20 periodos de 13). Ambas empezaban al unísono, pero por tener duraciones diferentes se desfasaban muy pronto y no volvían a coincidir sino hasta 52 años solares (o 73 rituales) después, concordancia que se celebraba con las fiestas del Fuego Nuevo.

“Las ciudades y monumentos mesoamericanos son los únicos cuyos trazos y orientaciones responden a lo observado en el cielo. Hasta donde sabemos no hay nada igual en el mundo y, por ello, esta característica debería ser considerada un factor de identidad”.

Si bien el calendario occidental llegó con la Conquista y, por lo mismo llevamos apenas cinco siglos empleándolo, el mesoamericano se usó durante tres mil años y, por lo mismo, sus huellas se aprecian por doquier, incluso en calles tan transitadas como las de Guatemala y Tacuba, en el corazón de la Ciudad de México, que por tener la misma orientación que el Templo Mayor, cada 9 de abril y dos de septiembre, ambas anticipan por dónde vendrá la luz del Sol.

Para detectar tales sutilezas es preciso remitirse al movimiento de los astros, apunta el doctor Galindo, quien bajo esta lógica se propuso determinar los días de paro cenital en la ciudad huasteca de Tamtoc y obtuvo que estos eran el 31 de mayo y el 12 de julio, que coincidentemente están a 20 días del solsticio y a 73 del equinoccio. Debido a que estos eventos dejan su huella en la estela, subraya, en el monumento 32 es posible observar una división calendárica ideal a través de las fechas del paso cenital, ya que los números 20 y el 73 tienden un puente muy sólido entre la cuenta solar y la religiosa.

“Mirar al firmamento le permitió a los mesoamericanos hacer cosas tan complicadas como ésta; ellos tomaron de ahí no todo, pero sí lo que servía a sus intereses. Por esta vía los gobernantes se ostentaban como poseedores de un saber divino e hicieron del conocimiento del cielo una forma de apropiarse del poder político”.

La huasteca desconocida

A decir del profesor Galindo, que los huastecos, viviendo tan al norte, hablen una lengua emparentada con la maya y no náhuatl u otomí, como sus vecinos, es una de las tantas incógnitas que rodean a este grupo, y que la región no contara con un cronista como sí lo hubo en el centro del país con Bernardino de Sahagún o en el sur con Diego de Landa, tampoco ayuda a esclarecer el escenario. Por esta razón, no es mucho lo que puede sacarse en claro del monumento 32.

Por ejemplo, aunque muchos ven en la estela tres cuerpos femeninos y por ello es llamada “La sacerdotisa”, hay quienes argumentan (Galindo Trejo incluido) que el personaje central es tanto femenino como masculino. También está el asunto de los glifos grabados en su borde superior, los cuales desde el inicio fueron señalados como un calendario lunar (versión aún popular entre periodistas y folletos turísticos), pero hay investigadores como Peter Kroefges y Niklas Schulze que piden mesura, pues advierten que tal aseveración no se basa “en un análisis sistemático y comparativo de la iconografía y el simbolismo”, y pese a que dicha interpretación se divulgó muy rápido y causó mucha sensación, sus argumentos carecen de fundamento.

“Parte del problema es que, incluso teniendo figuras labradas ante nuestros ojos, no podemos entenderlas en términos del agua, la muerte, Tláloc, Tezcatlipoca o Mictlantecuhtli, es decir, como dioses del centro de México; es un poco como con San Francisco, quien si no es representado con su hábito, calavera, crucifijo y cordón, no es él. Lo mismo nos pasa con las deidades prehispánicas: si no exhiben ciertos elementos nos es imposible determinar quiénes son. Entonces, ¿qué sí podemos saber?”, pregunta el profesor Galindo.

El principal problema para quienes buscan entender lo huasteco es que no existe suficiente información etnohistórica debido a que en la región no había oro y a que sus habitantes eran muy aguerridos, lo que disuadió a los conquistadores españoles de incursionar de lleno en la zona por lo menos durante siglo y medio, por lo cual quedó aislada. A esto se suma el que los estudios serios y sistematizados sobre el tema arrancaron apenas a mediados del siglo pasado.

Ante las escasas evidencias, los expertos han buscado respuestas en los sitios más diversos, como se lee en el libro de 2008 Viaje a la huasteca con Guy Stresser-Péan, donde el autor, considerado el “primer huastecólogo de México”, escribía: “La huasteca basaba su religión con seguridad en el calendario ritual y adivinatorio común a todos los pueblos mesoamericanos. El que en la región de Tuxpan se pusiera el mercado cada 20 días es la prueba de ello. Para las regiones más septentrionales no hay textos ni materiales arqueológicos convincentes, pero no tenemos duda de que así era”.

Para el profesor Jesús Galindo, el monumento 32 puede ser justamente uno de esos vestigios arqueológicos convincentes que tanto pedía el especialista francés, ya que por la fineza de su orientación para, a partir de los equinoccios, dividir al año en porciones de luz y sombra, y por su antigüedad de más de dos mil 500 años, “aquí estamos muy probablemente ante el inicio del calendario no allá en región zapoteca u olmeca, sino en la huasteca”.

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