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Dendrocronólogos, detectives del pasado

ENES Morelia / Jesús Eduardo Sáenz y Blanca Lizeth Sáenz

Los árboles son testigos majestuosos de la historia. Son capaces de registrar los acontecimientos que suceden en los bosques: incendios forestales, sequías, inundaciones, deslaves, erupciones volcánicas, plagas, contaminación atmosférica, e incluso, dar pistas sobre el origen y caída de civilizaciones antiguas.

Guardan esa información en una especie de código de barras, que son sus anillos de crecimiento. Los dendrocronólogos son las personas que nos pueden ayudar a descifrar ese código, los secretos que celosamente guardan los árboles en su interior.

La dendrocronología (del griego dendron/árbol, cronos/historia, logos/estudio) es la ciencia que estudia los anillos de crecimiento de los árboles. Seguramente en casa tienes una mesa de madera. Si te fijas en el borde, observarás una serie de líneas circulares más oscuras que el resto de la madera. Son los anillos de crecimiento radial de los árboles.

¿Qué representan? En regiones con estaciones muy marcadas, los árboles como los pinos, los encinos o los oyameles crecen más hacia los lados durante la época de lluvias, formando una madera más clara y gruesa (temprana), mientras que su crecimiento es menor durante la época de secas o en invierno, con madera más oscura y delgada (tardía).

La suma de la madera temprana y la tardía forma un anillo de crecimiento, y representa un año de vida del árbol. Si cortamos una sección transversal o rodaja de un tronco y contamos anillo por anillo, es posible conocer la edad del árbol con precisión.

Existen todavía árboles milenarios, especialmente en áreas poco perturbadas por el ser humano. Imagina cuánto tiempo se llevaron los dendrocronólogos para estimar la edad del árbol más longevo del mundo, que aún está vivo, y tiene más de 4000 años de edad.

Se trata de un pino que habita en las montañas de California, de la especie bien llamada Pinus longaeva. Para realizar la medición, no es necesario talar el árbol, existe un instrumento llamado “taladro de Pressler” que permite extraer un popote de madera (viruta) y contar los anillos de crecimiento. Depende del objetivo del estudio, a veces sí se requiere cortar una rodaja, pero preferentemente se extraen de troncos caídos o árboles talados.

Además de la edad, es impresionante toda la información que los dendrocronólogos pueden obtener de los anillos de crecimiento. La dendroclimatología identifica la periodicidad de las sequías, estudia el grosor de los anillos de crecimiento de árboles muy sensibles a las variaciones anuales del clima.

Durante años en que llueve mucho, estos árboles crecen bastante, mientras que en años secos crecen menos. Según la frecuencia de anillos angostos, es posible identificar los periodos históricos de sequía, predecir las sequías futuras y prevenir sus efectos con anticipación.

La dendrocronopirología determina la frecuencia histórica de incendios forestales. Cuando el fuego daña la madera de los árboles, se genera una cicatriz que paulatinamente es cubierta con madera nueva. En esta cicatriz queda registrado el año del incendio, por lo que es posible conocer la periodicidad de los incendios forestales e identificar si este patrón ha sido alterado por actividades humanas.

La dendroecología permite conocer si la población de árboles está formada por individuos jóvenes o maduros, así como para decidir cuáles árboles cumplen con la edad para ser cortados y aprovechar su madera.

También ayuda a identificar la periodicidad de plagas como hongos o el temido insecto descortezador. La dendrogeomorfología permite conocer la periodicidad y el efecto de erupciones volcánicas, deslaves, inundaciones, avalanchas, caídas de rocas, erosión y cambios en los glaciares sobre los bosques.

La dendroquímica evalúa la composición y la velocidad de absorción de contaminantes atmosféricos que son absorbidos por la madera de los árboles, especialmente en zonas cercanas a ciudades. Por último, la dendroarqueología permite datar la madera que utilizaron civilizaciones antiguas en sus construcciones, e incluso determinar la época de su fundación o caída.

En México, la dendrocronología es una ciencia relativamente joven, pero en pleno crecimiento. Desde 1940, algunos dendrocronólogos de Estados Unidos realizaron algunas cronologías buscando explicar patrones climáticos, principalmente, en bosques del norte de México.

A partir del año 2000, hubo un incremento considerable en el número de investigaciones, especialmente en el área de la dendroclimatología, en el norte y centro del país. Actualmente, existen cerca de 200 estudios en las áreas previamente descritas, en alrededor de 420 sitios de muestreo, principalmente, en bosques de coníferas de la Sierra Madre Oriental y Occidental.

Las especies más evaluadas son el pinabete (Pseudotsuga menziesii), el ahuehuete (Taxodium mucronatum), el pino de las alturas (Pinus hartwegii) y el oyamel (Abies religiosa). Los estados con mayor número de cronologías son Durango, Chihuahua, Coahuila y Nuevo León. La cronología más antigua se remonta 1539 años atrás, en un sitio conocido como Los Peroles, en San Luis Potosí, en una población de ahuehuetes, la misma especie del árbol del Tule de Oaxaca, o del árbol de la Noche Triste en la Ciudad de México, donde lloró Hernán Cortés derrotado por los mexicas.

En el Laboratorio de Ecología del Manejo de Recursos Forestales del IIES actualmente realizamos estudios dendrocronológicos para entender la dinámica histórica de incendios forestales y su efecto sobre la regeneración de los bosques de coníferas, en la emblemática Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca, dentro del Eje Neovolcánico.

Estos bosques albergan las colonias invernales de la mariposa monarca (Danaus plexippus), y están dominados por árboles de pino (Pinus pseudostrobus) y oyamel (A. religiosa). Esta información será útil para identificar la posible alteración de la dinámica natural de incendios, que podría poner en riesgo al hábitat de la mariposa monarca, ya sea por una alta frecuencia de incendios provocados por actividades humanas, o bien, por la supresión de los mismos, lo que generaría la acumulación de material leñoso en el suelo forestal, y que, en un año atípicamente seco, podría desencadenar incendios catastróficos.

Un dato que llamó nuestra atención es que los árboles de estas especies son muy jóvenes, no superan los 100 años de edad. No sabemos si es porque en el pasado se cortaron los árboles más gruesos y longevos para aprovechar su madera, o si son jóvenes porque la dinámica poblacional en bosques de coníferas tropicales, como los del Eje Neovolcánico, es más rápida que en bosques de mayor latitud, como los de Estados Unidos y Canadá, donde los árboles aparentemente crecen a una velocidad menor. Para responder este tipo de interrogantes, se requieren realizar más estudios dendrocronológicos en los bosques de coníferas del centro y sur de México.

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