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La inteligencia animal y la humana no son tan distintas como creíamos

Omar Páramo/Francisco Medina
Al investigar la inteligencia animal debemos evitar tres errores que nos han llevado ya a varios tropiezos: aplicar la misma prueba a especies diferentes, tomar a la evidencia negativa como conclusión y, sobre todo, ser cautos ante casos que, por decir lo menos

En su edición dominical del 4 de septiembre de 1904, The New York Times publicaba una extensa nota titulada “El caballo maravilloso de Berlín: hace todo menos hablar”, en el que dedicaba medio pliego del diario a explicar cómo el señor Von Osten, un profesor retirado, había enseñado a un semental de nueve años a resolver complicadas operaciones matemáticas, a contar multitudes, a distinguir colores e incluso a tomar letras puestas frente a él y deletrear el nombre de una persona recién llegada, tras haberla reconocido sólo de vista. 

El nombre del cuadrúpedo era Hans y, en su momento, su capacidad para golpear 21 veces en el suelo cuando se le preguntaba cuánto era siete por tres o de hacerlo dos veces si se le pedía dividir 10 entre cinco, por dar un ejemplo, suscitó airados debates sobre la inteligencia animal y sus alcances, hasta que, en 1907, el psicólogo Oskar Pfungst demostró que, en realidad, el equino respondía a unas muy discretas señales corporales emitidas por su dueño y que, al colocar una pantalla entre ambos, Hans aún piafaba, pero lo hacía al azar, se mostraba perdido y no acertaba ya en uno solo de los retos. 

De visita en la UNAM para impartir la conferencia ¿Tenemos la suficiente inteligencia para comprender la inteligencia animal?, el primatólogo holandés Frans de Waal señaló que, aunque este caso representó un descalabro en el imaginario colectivo de la época e hizo sentir a muchos defraudados, lo indudable es que la fauna es sumamente inteligente; “sin embargo, al entrar en estos terrenos con frecuencia la evaluamos de manera incorrecta y la subestimamos”.

Cuando se analiza el tema, la discusión tradicionalmente toma dos derroteros. “O todo comportamiento inteligente realizado por estos seres se debe a procesos de aprendizaje, como argumentan los psicólogos conductistas, o es producto del instinto, como replican los etólogos. Sin embargo, ambas visiones son limitadas y simplistas, y al profundizar vemos que en realidad todo es mucho más complejo”.

Frans de Waal es profesor en la Universidad de Emory, en Atlanta, donde ha realizado diversas investigaciones con simios y monos y ha atestiguado cómo los chimpancés son capaces de recoger una piedra en el camino y cargarla durante 50 minutos —incluso con una cría al lomo— hasta llegar a un sitio adecuado para partir nueces. 

“Su destreza para usar herramientas es algo de largo sabido. Lo notable aquí es su capacidad de prever que una roca estorbosa, pese a ser un lastre en el momento, será útil más adelante. A esto se le llama planificar y rompe con un mito que nos han querido hacer pasar por cierto: el de que los animales ignoran qué es el pasado y el futuro, pues viven cautivos en el presente y sólo piensan en lo inmediato”.

Aunque se trata de un científico que trabajó en área muy distinta a la suya, a De Waal le gusta una frase del físico Werner Heisenberg y la cita cada vez que puede, tanto a sus alumnos en el aula o, como en esta ocasión, al público reunido en el auditorio Alfonso Caso de la UNAM: “Lo observado no es la naturaleza en sí misma, sino a la naturaleza sometida a nuestro método de interrogación”.

Por ello, añadió, al investigar la inteligencia animal debemos evitar tres errores que nos han llevado ya a varios tropiezos: aplicar la misma prueba a especies diferentes (lo que funciona con un perro no lo hará con un pulpo); tomar a la evidencia negativa como conclusión (nuestra incapacidad de encontrar algo no significa que no esté allí), “y, sobre todo, ser cautos ante casos que, por decir lo menos, clamen proezas extraordinarias, como el del astuto caballo Hans”.

A través del espejo

Durante mucho tiempo se creyó que —fuera de los humanos— sólo los simios eran capaces de reconocerse en un espejo, y su reacción al hacerlo se ha documentado en varias ocasiones: al distinguirse en una superficie bruñida casi siempre se tocan el rostro, se bambolean para observar cómo su reflejo lo hace en sincronía perfecta con ellos y, al final abren la boca para verla de cerca, pues les da mucha curiosidad la apariencia de esa parte de su cuerpo que pueden tantear con la lengua y los dedos, pero jamás explorar con la mirada.

Al intentar lo mismo con elefantes el resultado difería y todo apuntaba a que eran incapaces de algo similar, aunque —apuntó De Waal— esto se debe a esa tendencia a repetir experimentos en condiciones idénticas a los realizados exitosamente con otras especies. En los primeros intentos se ponía un espejo frente a la jaula de los paquidermos y ellos sólo alcanzaban a ver sus patas y los barrotes, y eso los confundía mucho, hasta que llegó el profesor Joshua Plotnik, del Hunter College, con una nueva propuesta.

“Para lograrlo tomó a un elefante asiático de nombre Pepsi y le dibujó dos X en cada lado de la frente, una con pintura clara y la otra con agua, siempre de forma alternada a fin de que la marca visible jamás quedara en el mismo lugar; luego era colocado frente a una superficie reflejante. En cada ocasión que el animal veía su reflejo se tocaba con la trompa la cruz blanca hasta que de pronto se acomodó para observarse mejor y comenzó a abrir ampliamente el hocico. Quería verse los dientes y la lengua, lo cual es comprensible pues ni siquiera nosotros, los humanos, podemos hacerlo sin valernos de un espejo”.

Como miembro del Centro Nacional de Investigación de Primates Yerkes, de la Universidad de Emory, Frans de Waal trabaja de cerca con chimpancés y cada vez que lo hace sin quitarse sus gafas oscuras invariablemente uno de ellos se acerca a su rostro, abre las fauces y examina su boca en el reflejo de los cristales negros. “Eso es lo relevante de que Pepsi sea capaz de conectar su imagen con la del espejo: al hacerlo se coloca al mismo nivel de los simios”.

La mente, la mejor herramienta

Wolfgang Köhler no sólo es uno de los padres de la teoría Gestalt, también fue el primero en diseñar el ya clásico experimento en el que un grupo de chimpancés recibe cajas y ramas como único recurso para alcanzar el alimento que pende en alto, justo sobre sus cabezas. Realizó estas pruebas entre 1912 y 1920 en Tenerife y los resultados fueron publicados hace más de un siglo en el libro La inteligencia de los monos, considerado piedra angular de la psicología moderna.

Esta experiencia nos hizo creer por mucho tiempo que sólo los simios podían improvisar y usar herramientas, pero las aves nos han enseñado que pueden hacer lo mismo modificando ramas y hojas, y los cuervos de Nueva Caledonia (Corvus moneduloides) son el mejor ejemplo de esto, detalló en su momento Frans de Waal.

“Al pensar en estos temas nos remitimos a los primates por ser los mamíferos más parecidos a nosotros, pues nos es más fácil identificarnos y, por lo mismo, descartamos que especies más alejadas puedan lograr cosas parecidas, incluso argumentando cosas como su falta de manos o su poca capacidad craneal”.

El filósofo de la ciencia Peter Godfrey-Smith, en un artículo para la revista Scientific American explicaba: “Aunque algunos cerebros están organizados de manera diferente a otros y tienen mayor o menor número de sinapsis, y a que pueden ser más o menos complicados, el descubrimiento más asombroso en los trabajos recientes sobre inteligencia animal es lo inteligentes que son algunas aves, en especial los loros y los córvidos. Los cerebros de los pájaros, pese a ser pequeños en términos absolutos, son muy poderosos”. 

Se ha observado que los cuervos de Nueva Caledonia suelen tomar ramas flexibles, retirarles la corteza y moldearlas hasta formar una suerte de anzuelo, el cual introducen en orificios a fin de extraer larvas de insecto. Hasta el momento son los únicos seres, aparte del humano, capaces de crear un gancho. El primero fabricado por el hombre, hasta donde se sabe, data de hace 23 mil años, lo que nos da una idea del gran avance evolutivo que esto representa.

Sin duda, el cuervo neocaledonio más famoso es una hembra llamada Betty, que hace tres lustros sorprendió por fabricar ganchos con alambres, material para ella entonces desconocido, con lo cual demostró una capacidad de abstracción y adaptación parecida a la de los chimpancés de Wolfgang Köhler. Este hallazgo se dio a conocer el 9 de agosto de 2002 en la revista Science y los autores del artículo enfatizaban, ya desde el párrafo inicial: “Se considera a los simios los usuarios más complejos y versátiles de herramientas, pero observaciones con los cuervos de Nueva Caledonia sugieren que estos pájaros rivalizan con los primates no humanos en cuanto a capacidades cognitivas relacionadas con las herramientas”.

Evidencias como ésta hacen pensar a De Waal que, históricamente, los animales han sido subestimados, por lo que cuando le preguntan por la supuesta superioridad del hombre le gusta hacer suya una frase contenida en el libro The Descent of Men, de Charles Darwin: “La diferencia entre la mente del hombre y los animales superiores, si bien es grande, al final es una diferencia de grado y no de clase”.

La moralidad, un asunto biológico

De todos los experimentos de Frans de Waal subidos a YouTube, el más popular es el de un par de monos capuchinos que al realizar la misma tarea reciben recompensas diferentes: a uno le dan trozos de pepino y al otro, uvas. El resultado fue que el primero, al ver que su compañero obtenía una fruta y la comía con fruición, montaba una rabieta casi infantil, exigía parte del racimo y le aventaba pepinos a su cuidador. El video tiene más de 200 millones de reproducciones.

Dicha grabación, más allá de su efecto cómico, revela un aspecto intrigante para el académico: cómo estos animales entienden los conceptos de equidad y empatía, algo que corroboró al hacer lo mismo con chimpancés, sólo que aquí el sujeto privilegiado, al ver que su compañero recibía una retribución desigual, se indignaba por el trato diferenciado y se negaba a recibir la fruta hasta constatar que a su vecino también le tocaban uvas dulces en vez de pepinos.

“Los pilares de la moralidad son la reciprocidad, una condición para la justicia, y la empatía, necesaria para la compasión. Los simios, como otras criaturas, son capaces de sentir estas emociones y de actuar acorde a ellas. Mucho se ha dicho que la moralidad humana es producto de la religión, de nuestra educación o de las tradiciones. Yo me inclino a pensar que la base de esto es más bien biológica”.

Para De Waal, aunque culturalmente se nos ha dicho que los animales no sienten, es indudable que tienen sentimientos, como ha comprobado en uno de sus estudios más recientes con bonobos (Pan paniscus), donde documentó que cuando uno de los integrantes de la manada muestra estrés tras ser agredido o simplemente porque se siente mal, de inmediato uno de sus compañeros se acerca para abrazarlo, tranquilizarlo y brindarle consuelo”.

Y lo mismo pasa con aspectos considerados muy propios de los humanos, como la solidaridad y la cooperación, pero que en realidad no lo son tanto, pues experimentos con chimpancés y elefantes mostraron que ellos también siguen estas conductas al percatarse de que repercuten en un bien colectivo, agregó el etólogo.

Por todo ello, Frans de Waal sostiene que el animal y el hombre no son tan diferentes como se cree. “Podría poner más ejemplos, pero si me tocara elaborar una conclusión a partir de todo esto sólo agregaría que hay muchos tipos de cogniciones y, a mi parecer, la humana es tan sólo una variedad más dentro de la cognición animal”.

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