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Eternos indocumentados

Revista de la Universidad de México/Óscar Martínez
Muchacho asesinado en El Salvador es usualmente sinónimo de mal muchacho
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Después de cientos de titulares sobre las temibles pandillas salvadoreñas, compuestas esencialmente por adolescentes y hombres jóvenes, es habitual —mas no normal— que a un salvadoreño joven y asesinado se le exijan credenciales de bondad para no señalarlo y decir: se lo buscó. En algo andaba. Muchacho asesinado en El Salvador es usualmente sinónimo de mal muchacho.

Y tras un mal muchacho, como debe ser, vienen los demás malos: mal padre —si es que hubo padre—, pero sobre todo en sociedades machistas, mala madre: alcahueta, protectora, vividora. Y el peor, que sin cargar un insulto los carga todos: mamá de marero.

Pero a veces, sólo a veces, sólo contadas veces, la realidad deja caer terribles perlas que permiten que no sólo los bocones y rubios presidentes esgriman sus argumentos.

El pasado 8 de enero de 2018, dos jóvenes más fueron asesinados en el país más asesino del mundo.

Esto último no es un decir, son matemáticas. Si México se escandaliza —y hace bien— cada vez que se acerca a los 20 homicidios por cada 100,000 habitantes al final de un año, El Salvador llamaría a esas cuentas “paz”. O quién sabe cómo las llamaría, porque nunca ha tenido eso en todo el siglo.

Aquí el reportaje completo.

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