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De espectador a participante

Arturo Gutiérrez
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He de confesar que no soy una persona que se distinga por andar en marchas y protestas. Siendo sincero, siempre las he visto desde el punto de vista de un espectador, eso sí, siempre he respetado las diferentes ideologías y acciones que toman diferentes grupos en aras de hacerse escuchar por el gobierno o por las autoridades.

Por mis planes no pensaba formar parte de una marcha en conmemoración del 2 de octubre del 68, sin embargo, la invitación me llegó y no pude decir que no a una nueva experiencia; a verlo desde el otro lado, ya no solo como espectador sino como participante.

Un día antes de la marcha investigué sobre la matanza en la Plaza de las 3 Culturas en Tlatelolco. Comprendí lo mucho que significaba para el país esta fecha pues después de 50 años, todavía se recuerda con tanta fuerza entre los estudiantes de antes y de hoy, por qué fue tan relevante y por qué tiene vigencia hasta el día de hoy. Es el hecho de luchar contra lo que nos parece incorrecto, por los derechos que tenemos que no pueden ser reprimidos de ninguna manera.

Antes de asistir a la marcha, quería estar informado de lo que representaba este movimiento y me di cuenta de que en verdad era algo importante; algo que repercutió de diferentes formas en el país. Convencido estaba de que era algo que no tiene que dejarse en el olvido y que no sólo era marchar por marchar. El 2 de octubre engloba mucho significado para muchas personas y, sobre todo, pensando en el futuro de nuestro país y la clase de gobierno que queremos hoy y que planeamos dejar para las nuevas generaciones.

Se llegó el día, la cita fue a las afueras de Ciudad Universitaria en la capital del estado de Michoacán. Vi algo de gente ya acomodada por bloques, muchos con pancartas y banderas, todos dispuestos a partir e iniciar la marcha que comenzó alrededor de las 4:30 pm. Avanzaron los diferentes contingentes y sin darme cuenta, ya estaba formando parte de la marcha. Fue algo nuevo para mí… no sabía bien qué esperar.

Al principio pude distinguir que había un poco de gente, pero conforme avanzábamos, la visión se ampliaba y pude reconocer que éramos muchos más de los que me imaginaba. Me invadieron muchas imágenes de los participantes, tratando de imaginar quiénes eran todas esas personas, y cómo es que habían decidido unirse para darle fuerza a sus ideales al grito de una sola voz. Era todo un desfile de personalidades; recuerdo muy bien que algunos llevaban girasoles en sus manos.

Todos los contingentes estábamos caminado por las calles de Morelia gritando consignas referentes al tema de la marcha. Recuerdo el “¡Alerta, alerta, alerta que camina, la lucha estudiantil por América Latina!”; el grito de “¡gobierno farsante que matas estudiantes!”; el clásico “¡el que no brinque es Peña!”; “¡2 de octubre, no se olvida!”. También se hicieron conteos hasta el 43 por los normalistas de Ayotzinapa, entre muchas otras. En el fondo, eran un grito al despertar de la sociedad para no tolerar más las injusticias.

Había personas que llevaban a sus mascotas; al principio me parecía curioso, pero después pensé que no era un buen lugar para llevar animales pues se notaban tensos y con miedo ante la multitud. También vi a muchos estudiantes con cámaras fotográficas, desde las old school de rollo, hasta las nuevas ya de la era digital. Todos ellos tratando de impregnar sus fotos de la esencia de la marcha; de hecho, me arrepiento de no haber cargado con la mía.

Había una vibra especial en el ambiente. Mucha gente joven, estudiantes, pero también identifiqué gente ya adulta que se unía al contingente. Pienso que esa gente adulta ya ha participado por esta causa durante años y me preguntaba si han cambiado las cosas desde esa matanza hasta la fecha. La verdad es que sigo viendo un gobierno asesino y represor, sólo que ahora puede que utilicen otro tipo de estrategias no visibles a los medios de comunicación.

En contraste, pude ver el descontento de los automovilistas que coincidían con el paso de la marcha, veía en sus miradas enojo al no poder transitar libremente. Supongo que era más que nada por no entender –en muchas ocasiones– el significado de lo que pretende una marcha de este tipo o porque tienen horarios que cumplir. No olvidaré la cara de descontento y frustración de una señora al ver que le grafiteaban la pared de su casa. Pienso que hay espacios para todo y que dicha acción generó mayor descontento entre los espectadores que empatía hacia la lucha. Sin embargo, desde mi punto de vista, fue una marcha muy pacífica y ordenada.

Dos horas después llegamos al Palacio Municipal de Morelia y en ese trayecto final, pude escuchar las consignas de una forma más enérgica y fuerte. Podía verse también una gran tormenta que se acercaba directo a donde nos encontrábamos, los ánimos no decayeron por un momento, dimos la vuelta a la glorieta de “Las Tarascas” y hubo partes en el recorrido donde nos tocó correr para no quedar atrás del contingente. Por un momento me sentí como un niño y hasta me divertí. Al final, justo cuando terminamos el recorrido comenzó a llover como si el clima estuviera dando tregua para que termináramos el recorrido, teníamos el tiempo a nuestro favor.

Aprendí mucho al participar en la marcha del 2 de octubre. Me gustó mucho la sensación de formar parte del contingente pues fue algo nuevo para mí y que seguro repetiría. Descubrí que no es lo mismo ser espectador y ver las marchas desde lejos; que para poder hacer un cambio hay que participar. Hay que conocer nuestra historia para no repetir los mismos errores, saber que existe una lucha por evitar la desigualdad y no dar por sentado nada. Buscar siempre mejorar nuestro sistema para de esta forma dejar un nuevo mundo, uno mejor a quienes vienen siguiendo nuestros pasos, nuestros parientes, hermanos, hijos, nietos. Enseñarles que es posible luchar contra las injusticias.

Con gran satisfacción puedo contar que formé parte de la marcha del 2 de octubre. Reconozco y admiro la lucha que se lleva año con año para que no se pierda en el olvido. Pienso que lo importante es seguir alzando la voz a nuestros gobernantes y decirles que no tenemos miedo, que estamos dispuestos a luchar por todos aquellos derechos que nos quieran ser robados o pisoteados.

Al ver a nuevas generaciones estar tan comprometidas en la marcha del 2 de octubre, pude ver una gran esperanza en todos ellos. Vi en ellos unas ganas enormes por gritar, por continuar la lucha que sus padres y abuelos empezaron buscando un mundo donde exista más igualdad. Comprendí que el movimiento está más vivo que nunca.

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