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2016, el año más caliente de la historia

Omar Páramo / Edición: Francisco Medina

El 12 de diciembre de 2015, 195 países firmaron en París, Francia, el primer acuerdo global contra el cambio climático y comprometieron su mayor “esfuerzo para limitar el incremento de la temperatura a 1.5 grados centígrados (por arriba de los niveles preindustriales)”. No han transcurrido siquiera 12 meses y ya se asegura que 2016 será el año más cálido del que haya noticia (con un aumento de 1.3°); “por eso, con seguridad, entre 2020 y 2030 sobrepasaremos el tope establecido en el convenio”, señala Paulina Ordoñez, investigadora del Centro de Ciencias de la Atmósfera (CCA) de la UNAM.

Al desglosar gráficas proporcionadas por el Instituto Goddard para Estudios del Espacio de la NASA, la doctora en Física de la Tierra advirtió que el año en curso es ya el más caliente de los 136 de los que se tiene registro “y esto se debe al reciente fenómeno de El Niño, el cual, al sumarse a la tendencia actual del calentamiento del planeta, generó un salto histórico más grande de lo esperado”.

No obstante, para la académica es muy factible que incluso sin este evento meteorológico, 2016 hubiera sido el periodo anual más caluroso, hasta que 2017 —también con un muy alto índice de probabilidad— lo hubiera desplazado de dicho pedestal, pues los gases de efecto invernadero (GEI) no dejan de acumularse y muchos permanecen en el ambiente más de un siglo, lo que da pie a una inercia progresiva sin visos de ralentizarse.

Por ello, aunque en la recién concluida Cumbre Climática 2016 (COP22), celebrada en Marrakech, Marruecos, se señaló que los niveles de emisión de dióxido de carbono (CO2) se han estancado de 2014 a la fecha, “en términos climatológicos dos años significan poco; debemos mantener una tendencia sostenida antes de cantar victoria”, argumenta la docente.

Para Ordoñez Pérez, uno de los aspectos más entorpecedores del combate a los gases de efecto invernadero es que el incremento de éstos va de la mano del despunte del producto interno bruto, por lo que muchas naciones del primer mundo —en especial Estados Unidos, el mayor emisor per cápita del orbe— han puesto reparos a cualquier iniciativa en el renglón, mientras que obligar a los países en desarrollo a no generarlos atenta contra su avance y mejoría.

“Los GEI y la economía van muy ligados, al grado que al comparar gráficas sobre ambos asuntos vemos que sus curvas de crecimiento coinciden casi como si fueran una calca. Por ello el gran reto es desvincular ambos rubros y reducir las emisiones sin mermar el PIB”, subraya la profesora del posgrado en Ciencias de la Tierra.

Por ello, en la COP22 se ha recibido con optimismo la noticia de que el estancamiento de los niveles de CO2 —principal gas de efecto invernadero— se dio al mismo tiempo que la economía global crecía un tres por ciento (algo inédito), lo cual se aduce a que tanto la Unión Americana como China han reducido de manera importante su consumo de carbón para generar electricidad.

Sin embargo, los expertos reunidos en Marrakech advirtieron que a fin de evitar que el calentamiento del orbe sobrepase los dos grados —pues entonces el deterioro planetario llegaría a un punto sin retorno— no basta con que los GEI mantengan los mismos índices; es preciso abatirlos en un 0.9 por ciento anual durante los próximos cinco lustros.

“Incluso si evitamos el aumento de estas emisiones y las dejamos como están, padeceremos una elevación de la temperatura global porque ellas permanecen en la atmósfera, se acumulan y generan una inercia que no hace más que agravar este fenómeno”, concluye.

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