Campus Ciencia

Adiós querida maestra

Daniel Francisco

Le gustaba debatir todos los temas. Nada de lo que se afirmara en clase debía ser a la ligera. Argumentar, siempre. Fue en una de esas sesiones donde me dio su mejor lección.

En esos años los neonazis se habían manifestado en las calles de Alemania, en otras partes de Europa y Estados Unidos. Era la parte final del siglo XX. Mi maestra defendía con vehemencia, como siempre, que se recordaran las atrocidades que los nazis habían cometido en la Segunda Guerra Mundial.

No estuve de acuerdo. “No creo que deba ser así”. Ella me vio y me preguntó que si sabía de lo que hablaba, que si tenía idea de lo que habían hecho. Dije que sí, cité una docena de libros y en mi defensa argumenté que si los provocábamos, que si banalizábamos el tema y lo poníamos sobre la agenda en todo momento, perdería seriedad.

Mi amiga Lorena Meneses, quien estaba sentada a mi lado, me pidió en voz baja que ya no discutiera, que me sentara. Por supuesto que no le hice caso, tenía 19 años, ¿por qué tendría que sentarme y dejarme ganar por una maestra que hablaba fuerte y que creía saberlo todo?

Salí muy enojado del salón, sin despedirme de nadie. A la siguiente clase no me presenté. No abandoné el curso, eso no estaba en mi cabeza. Cuando llegó la hora de volvernos a ver lo primero que me dijo fue: “Faltaste a mi clase”. Ya usaba bastón. La miré y antes de que pudiera decirle algo ella habló: “Discúlpame. A veces me sobresalto. Es un tema que me llega, es mi pueblo (los judíos)”.

Desde esa clase no volví a faltar. Celia Toibe Shoijet Weltman me abrió el mundo. De pronto, mi Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM no era sólo el lugar donde le podía reclamar al poder, ir a conferencias en las que se critica al sistema o discutir sobre las desigualdades.

Ahora era el centro del mundo, de la reflexión. Siempre me quedaba al final de su clase. “Maestra, estoy leyendo a Hemingway, a Kundera, Kafka…”, y la acompañaba al estacionamiento. Un recorrido de cinco minutos que hacíamos en una hora.

En cada polémica se detenía y pedía mi opinión. La mayor parte de las veces respondía a sus cuestionamientos de la misma forma: “¿Cómo resolvemos eso? No lo sé”. Y de verdad no lo sabía. Le preocupaba su país, el que le dio asilo a ella y a su familia. Judíos de la extinta Unión Soviética que huyeron (otra vez) de la persecución comunista.

Fui su ayudante de profesor desde que me lo pidió hace 24 años. Durante los primeros años nos reuníamos los sábados en su casa para calificar los trabajos, para discutir sobre los temas más importantes, y sobre todo, para hablar de libros, todos. Desde historia, economía, filosofía, literatura. Nunca dejó de pedirme que le recomendara lecturas. Su bondad prodigada a sus alumnos era así, infinita. Ella nos hacía creer que aprendía de nosotros, pero nosotros fuimos los que nunca dejamos de aprender de ella.

Siempre que la escuchaba planear sus clases pensaba, sin decírselo, que admiraba esa forma de vivir la vida: planearlo todo como si nunca nos fuéramos a morir.

Hace algunas semanas, cuando tuvo una fuerte recaída de salud, Don Carlos, su chofer, me llamó para preguntarme por la fecha de entrega de las calificaciones y por la del inicio del nuevo semestre. Así era mi maestra Toibe. Sus alumnos siempre encabezaron la lista de sus prioridades. Nos hará falta su voz fuerte, firme, con ánimo de debatir querida maestra.

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