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“Todos somos presos políticos”

Daniel Francisco/Andrés Otero

En sus memorias, el expresidente de México Gustavo Díaz Ordaz denominaba con saña, con odio, “presidentito” a Heberto Castillo[1]. Así el nivel de sus miedos.

Defender la verdad, luchar para que la voz del pueblo fuera escuchada y acatada le costó al ingeniero, inventor (estructura de construcción llamada tridilosa), escritor, luchador social, la persecución y la cárcel.

Enrique Krauze escribió en su libro Mexicanos eminentes que “cuando se requería demostrar el valor con hechos, Heberto (Castillo) estaba en primera fila: el 15 de septiembre de 1968 fue él quien dio el grito en la explanada de la Universidad. Díaz Ordaz que lo odiaba, vio en este acto una desacralización. En realidad, fue un desplante de romanticismo”.

La Procuraduría acusaba al ingeniero de:

  • Incitación a la rebelión
  • Sedición
  • Asociación delictuosa
  • Daños a las vías generales de comunicación
  • Daños en propiedad ajena
  • Despojo
  • Acopio de armas
  • Lesiones a agentes de autoridad y homicidio.

Cuando las autoridades lo atraparon tenía las siguientes armas:

  • La Constitución general de la República mexicana
  • Planes políticos de México
  • Libros sobre la reforma agraria y Emiliano Zapata
  • Un libro de cabecera: El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha

Todas estas “armas” quedaron asentadas en su expediente.

El tiempo en las celdas del Palacio Negro de Lecumberri pasa de manera distinta para los presos. Lento, eterno, sin esperanzas. En su libro Si te agarran te van a matar escribió: “La celda, al principio, aplasta. Yo desperté el segundo día de recluido con una sensación horrible de asfixia. Los muros sucios, húmedos, malolientes, estaban tan cerca de mí que se metían en mi cerebro, lastimaban mi conciencia como para hacerme entender que la reclusión física implica necesariamente la reclusión mental; entendí que mi único mundo, mi cosmos, estaba dentro de mí. Tan grande como antes; quizás más. De seguro, lo digo ahora, infinitamente más grande. Pero el mundo real, externo, se había reducido fatalmente y también nuestro tiempo. Todo se había contraído.

“Nosotros en la cárcel, envejecemos lentamente; al menos eso creemos. Y nuestros seres queridos crecen muy rápidamente. A mis hijos los veo cada ocho días. Mi niña, Laura Itzel, crece y crece y se hace mujer. Mi día de siete días es muy largo para ella”.

Sobre el inventor, Susana Paz publicó en el portal Conacyt Prensa que Heberto Castillo “desarrolló un sistema tridimensional de estructuras mixtas de fierro y concreto que se convirtió en una innovación por su liviandad y su resistencia: la tridilosa. Su objetivo era utilizar la menor cantidad de material posible para la construcción de losas. Al conjuntar un racionado diseño de construcción con estructuras tridimensionales de acero y concreto, ahorró un aproximado de 66% de material que se utilizaba para rellenar las losas. Sólo recubrió de cemento la zona de tensión y la capa superior de las losas obteniendo la misma resistencia, pero más barata y ligera”.

[1] Citado por Enrique Krauze en su libro Mexicanos eminentes.

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