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Ámbar de Chiapas, la vida hace 23 millones de años

Omar Páramo/Francisco Medina
Los científicos dedicados a este tema suelen comprar el ámbar directamente con los comerciantes para luego describir a los organismos ahí preservados; de ahí la importancia de lo realizado por la profesora de la UNAM Lourdes Serrano

Quienes estudian organismos preservados en ámbar suelen trabajar con macroinclusiones, es decir, con criaturas de más de cinco milímetros que quedaron atrapadas en este material, pero María de Lourdes Serrano Sánchez decidió cambiar el enfoque y centrarse en seres mucho más pequeños; para ello desarrolló una metodología no invasiva que ha comenzado a ser replicada por otros especialistas y que revela cómo lucía Simojovel, Chiapas, hace 23 millones de años. 

Hoy el sitio se ubica a 545 metros de altura, a unos 150 kilómetros de la costa más cercana, y está cubierto con vegetación de selva alta, pero en ese entonces era un estero casi al lado del mar, con un hábitat parecido al de los manglares, algo que la profesora de la Facultad de Ciencias (FC) de la UNAM ha corroborado tras estudiar diversas piezas extraídas de una localidad llamada Campo La Granja y observar en ellas estratificaciones —capas de arenisca alternadas con otras de ámbar, producto del vaivén de las mareas—, así como escenas que retratan, cual si se tratara de fotografías, cómo era la vida ahí durante el Mioceno temprano.

Una de estas instantáneas es la de una cochinilla (Aquitanoscia chiapasensis) que murió atrapada en un charco de resina y cuyo intento de escape quedó congelado en el tiempo, pues se le ve casi arrastrándose en esa prisión pegajosa y dejando tras de sí no sólo una pata, sino a los hijos que llevaba prendidos en el vientre. Tan sólo esto dio pie a un artículo, ya que se trata del registro más antiguo que hay sobre el cuidado de crías en crustáceos.

Y éste es sólo un ejemplo de los muchos datos arrojados por la labor de la profesora Serrano, quien hizo lo que la mayoría de sus colegas no: ir directo a la mina y supervisar la colecta de piezas a fin de asegurarse de que todas provinieran del mismo sitio, algo difícil ya que las comunidades chiapanecas son muy celosas de sus yacimientos y no le permiten la entrada a fuereños.

“Todo el material proviene de Campo La Granja. Fui por primera vez a ese poblado en 2012 y, entonces, tuve que indicarle a un niño del lugar qué buscar y cómo tomar medidas; así nos hicimos del material. En la segunda ocasión los habitantes estaban tan molestos porque las autoridades les querían cobrar cierto impuesto que, al vernos, se mostraron hostiles y nos corrieron. Hasta pensamos en que nos iban a apedrear, así que dialogamos con ellos y salimos con rapidez”.

Para evitarse problemas, los científicos suelen adquirir su ámbar con comerciantes y luego describen las inclusiones halladas, sin estar del todo ciertos de la procedencia de las muestras; de ahí la importancia de que Lourdes Serrano se haya tomado el tiempo para supervisar las extracciones y asegurarse de que cada una las piezas viniera de una misma veta, pues ello permitió describir las condiciones biológicas, ambientales y hasta geológicas de un sitio en particular durante el Mioceno temprano, algo sin precedentes en México.

Además, agrega la universitaria, la mayoría de esta resina fosilizada y los organismos preservados en su interior se generaron en zonas boscosas, mientras que la de Chiapas da testimonio de algo diferente: la vida en un manglar donde confluían agua dulce y salobre; esto nos habla de un paraje único y hasta hoy no descrito.

Érase una vez un manglar en llamas

Es bien sabido que desde el Cretácico (hace 145 millones de años) una placa parecida a la de Cocos comenzó a deslizarse por debajo de la parte oeste de Chiapas y a levantarla, lo que generó una intensa actividad volcánica y, por ende, múltiples incendios en el área. Ello explica que Simojovel, en apenas 23 millones de años —un parpadeo en términos geológicos— pasara de ser un terreno costero a uno que se eleva 545 metros por encima del nivel del mar y que se ubica casi en el corazón de la península yucateca.

¿Por qué es importante esto? Porque las erupciones y exhalaciones de ceniza probablemente causaron fuegos en la zona y ello explicaría la abundancia de ámbar en el lugar, pues una de las estrategias de los árboles para enfrentar los calores intensos es exudar resina. Los paleobotánicos sostienen que la que dio pie al ámbar de Simojovel provenía de una variedad vegetal aún viva llamada guapinol (Hymenaea courbaril), aunque Serrano Sánchez y su asesor de tesis, Francisco Vega, del Instituto de Geología, ponen esto en duda.

“Se han hallado incrustaciones de hojas y flores de guapinol en las piezas, pero eso no es argumento suficiente. Lo que sí podemos asegurar es que todo lo hallado dentro aporta datos interesantes, como las burbujas de aire encapsulado, la pirita o el carbón que hemos analizado. Este último nos hace sospechar que hubo muchos incendios ahí, hace 23 millones de años”, apunta el investigador.

En palabras del profesor Vega, este trabajo se hizo a tal detalle que, desde donde se le vea, aporta datos: “Tenemos organismos de manglar vivos cuando quedaron atrapados en la resina, así como hormigas e insectos voladores, pero también animales de agua dulce que, aunque creímos que venían de ríos que desembocaban en el lugar, ahora sabemos que llegaron ahí tras caer de la boca de pájaros predadores, pues uno de nuestros colaboradores, al mirar las imágenes con luz ultravioleta, notó marcas de pico de aves. Aún debemos profundizar en ello; esto es sólo un ejemplo de cómo el trabajo doctoral de Lourdes aún tiene mucho por decir”.

Historias escritas en resina fósil

Tras dos semanas, la resina de un árbol se solidifica y a esto se le llama copal; para convertirse en ámbar éste debe ser sepultado y recibir calor y presión durante millones de años. Este proceso hace que sus moléculas se vuelvan muy estables y, por ello, éste es el mejor medio de preservación fósil existente, pues los organismos atrapados en esta sustancia presentan muchos menos daños y están mejor conservados que los conservados en roca.

“Esto es muy útil y nos permite asomarnos a información no disponible de otra manera”, detalla Lourdes Serrano, quien como experta en crustáceos sabe que hay ciertos isópodos parasitarios que, al infectar a sus huéspedes, les provocan tumoraciones. En una de las piezas Serrano encontró larvas de Criptoniscus —especie de cochinilla— de apenas 100 micras, lo cual captura no sólo el momento en que éstas buscaban hospedero —“quizá un cangrejo”—  sino que se ha vuelto el primer registro de parásitos en ámbar.

A diferencia de lo que se solían hacer hasta hace poco los científicos: concentrarse en organismos de más de cinco milímetros, la universitaria decidió considerar lo muy pequeño y, con herramientas como el sincrotrón o el CAT Scan, ha comenzado a obtener datos inéditos, y todo ello mediante estrategias no invasivas que conservan la integridad y buen estado de las muestras.

“Ese método nos permitió observar copépodos, unos diminutos seres parecidos a Plancton, el enemigo de Bob Esponja; así obtuvimos el primer reporte mundial de dichos animales en resina fósil, aunque quizá lo más notable sean los ostrácodos —también crustáceos—, pues hallamos cerca de 800 ejemplares, cantidad que los convierte en los organismos más abundantes dentro de este tipo de ámbar”.

La profesora Serrano imparte las asignaturas de Ciencias de la Tierra y Biología de Animales en la FC y, desde las aulas, ha comenzado a explicarle a sus alumnos la importancia de considerar tanto las macro como las microinclusiones al analizar una pieza de ámbar, y no sólo eso, sino a tomar en cuenta las pistas aportadas por las burbujas de aire y los sedimentos ahí contenidos.

El objetivo es que las nuevas generaciones sepan de las ventajas de este nuevo enfoque, el cual ya es empleado por ciertos especialistas. “Hay un grupo europeo que copió la metodología de Lourdes, obtuvo resultados similares y publicó algo muy parecido a lo que hizo ella, pero sin darle crédito”, señala el doctor Francisco Vega, para luego añadir: “Esta tesis y los artículos derivados no pueden llegar en mejor momento, porque marcan un camino para proyectos similares, como los realizados en Myanmar, cuyos depósitos de ámbar tienen más de 100 millones de años, es decir, datan de tiempos donde aún había dinosaurios. Queda aún mucho por ver”.

Por lo pronto, Serrano recién publicó un texto sobre tanaidáceos y ha comenzado a avanzar en otro sobre anfípodos. “Es tanto lo que no alcanzó a entrar en mi trabajo doctoral que, con todo lo que dejamos fuera, esperamos sacar muchos artículos más”.

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