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Los revoltosos del 68

Daniel Francisco /Nayeli Manuel

Últimos días de julio de 1968, los estudiantes ya representan una preocupación para el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. El 21 de julio de 1968 Excélsior publica una caricatura donde un peluquero con las iniciales GDO corta el cabello a los estudiantes, los deja listos, “presentables”. Orden y disciplina.

La prensa de esos días califica, desde las primeras notas, a los estudiantes que se manifiestan en contra de la represión policíaca: agitadores, revoltosos, subversivos. El discurso es implacable: se los tilda de “manipulables”, “no piensan por sí mismos”, “venables”.

El 25 de julio de 1968 el diario Excélsior difunde: “Manos extrañas en los disturbios estudiantiles, asegura la SEP”. Todo el espacio para la versión oficial. La Secretaría de Educación Pública, la Defensa Nacional, Gobernación, el Regente de la Ciudad dan sus versiones de los hechos. Les preocupa la paz y el orden. El general Luis Cueto, jefe de la policía metropolitana, dice: “Actuaremos con la máxima energía contra quienes alteren el orden público”.

Manipulación de estudiantes y conspiración serán a partir de esas fechas la constante en el discurso periodístico. El periódico Novedades del 28 de julio de 1968 destaca las palabras del general Cueto: “Grupos activistas de agitadores arrastraron a jovencitos sin experiencia hacia el Zócalo y ocasionaron a su paso por la avenida Juárez numerosos destrozos a comercios”. El diario agrega que en la casa 186 de la calle de Mérida se encontró cerca de media tonelada de propaganda comunista y folletos sobre técnicas de agitación, de guerrillas, etcétera”.

Con las primeras manifestaciones de los estudiantes del Politécnico y la UNAM, aparecen las palabras “escándalo”, “vandalismo”, “acción depredatoria de los manifestantes”, “extranjeros de filiación comunista” (El Universal, 28 de julio de 1968).

El Sol de México del 29 de julio va más allá: “En uno de tantos cubículos donde se reúnen para conspirar estos aventureros sin patria y algunos descastados mexicanos”. De la manipulación al lavado de cerebro. La postura de las autoridades comienza a endurecerse. El general Cueto afirma que “entre estos jóvenes a quienes se ha lavado el cerebro es fácil encontrar algunos, o muchos, de los líderes de los disturbios callejeros de los últimos días”.

Para el 30 de julio de 1968, la prensa resalta como notas principales del conflicto estudiantil las posiciones del secretario de Gobernación y del regente de la Ciudad de México. La edición de El Universal de ese día acota: “El orden fue restablecido”, y cita las palabras de Echeverría: “Para evitar derramamiento de sangre (…) fue que se pidió la intervención del Ejército”. Corona del Rosal señala que esperó a la comisión de estudiantes para escuchar sus demandas y refiere: “Hasta el momento nadie ha venido a verme”.

La preocupación principal del gobierno la manifiesta el secretario de la Defensa Nacional, el general Marcelino García Barragán, quien asegura: “Los alborotos de ayer no representan ningún peligro para el desarrollo de los Juegos Olímpicos o del desfile militar del 16 de septiembre”.

Cuando las fuerzas armadas salen a las calles, los diarios publican que la gente aplaudió a su paso. El regreso del orden. Si los diarios han dictado su sentencia con respecto a los estudiantes, Carlos Monsiváis en su libro Tiempo de Saber, Prensa y Poder en México, indica que tienen sus propios canales, sus propios recursos, la calle es de ellos.

“Ante las agresiones, el movimiento estudiantil sólo tiene a su disposición las marchas, los mítines, las brigadas, las discusiones familiares y el pacifismo genuino de la mayoría. Es sólo eso, pero resulta demoledor. Las marchas son las pruebas más convincentes porque en ellas y con entusiasmo, cientos de miles autentifican las versiones opuestas a la versión fulminante de lo que ha ocurrido distribuida por el gobierno. El movimiento se vuelve un medio masivo de comunicación que revitaliza la cultura oral (parecida al rumor, pero de ningún modo idéntica), y convierte volantes, brigadas, asambleas y marchas en noticias de voz viva, con el añadido del tono profético”.

A partir de este momento (julio-agosto 1968) la campaña en contra del movimiento estudiantil se incrementará, y en contraparte, aquél tendrá espacios reducidos en la prensa nacional (Siempre! y Excélsior).

Contadas plumas los apoyarán. Carlos Fuentes escribió en su novela Los años de Laura Díaz lo que podría ser el resumen de esa época: “No eran muertos para el Presidente. Eran alborotadores, subversivos, comunistas, ideólogos de la destrucción, enemigos de la patria encarnada en la banda presidencial. Sólo que el águila, la noche de Tlatelolco, huyó de la banda presidencial, se fue volando lejos y la serpiente, avergonzada, mejor mudó de piel, y el nopal se agusanó y el agua del lago volvió a incendiarse”.

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