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Salir de casa y descubrir mundos nuevos

Vania Bañuelos Astorga

(Parte 1)

Si hay una oportunidad viable de estudiar un posgrado, tómala. Si es un posgrado en un lugar diferente de donde vives, vete. No lo pienses tanto, a veces eso es lo que nos detiene para hacer las cosas…para soñar tantito. Si concursas por una beca y no te la ganas, no te sientas mal, síguete preparando para la siguiente solicitud y trabaja en tu nivel de frustración.

Desde hace unos meses, ingresé a una maestría en una institución que se encuentra en Pátzcuaro, Michoacán. Siempre había querido conocer este lugar por sus memorables tradiciones del Día de Muertos. Nací, viví y estudié en el sur de la Ciudad de México y hoy vengo a platicarles lo que he vivido en dos meses fuera de mi zona de comodidad.

A esta maestría ingresamos 12 mujeres y 2 hombres de entre 20 y 50 años de edad. Las 14 personas vivimos, comemos y estudiamos juntas. Al principio fue todo amor y paz; después de dos semanas…ya nos estábamos agarrando del chongo. Nada de qué preocuparse; nos estamos conociendo. Aquí coincidimos personas de varias regiones del mundo: Sud, Centro y Norteamérica; Alemania, y en estos días llegará un colega cubano. Nos comunicamos en español y en inglés.

Me encanta preguntarles sobre sus tradiciones, costumbres y cultura. Ya aprendí que ¡Órale!” se dice “¡Brígido!” en chileno; que en Costa Rica le dicen “wuilas” a las niñas; que en Perú comen cullo asado y que en Alemania, los maestros deciden el destino profesional de los niños y niñas. Charlando con mi compañera de Nuevo León, supe que entre regios tienen un pleito (¡imagínense cómo ha de ser eso!). Nunca debes confundir a un regio de San Pedro Garza García con uno de Monterrey (y viceversa). Que “El Bronco” era un señor al que sí querían mucho y que hoy ruegan para que no sea candidato independiente a la presidencia. Que les da mucho “oso”. No se apuren, a todos nos da vergüenza ese personaje y ya hoy sabemos que no estará en la boleta electoral.

Es divertidísimo ver a mis colegas extranjerxs comer chile. No podemos evitar el ya famoso “¡échale, no pica!” y después ver un incendio en sus caras. No sabemos si reírnos o correr por agua o ambas cosas al mismo tiempo. Dejó de ser divertido cuando vimos que se les ponía la boca entre morada y negra.

Ser de la Ciudad de México pesa un montón. Una tiene que hacerse de mañas para sobrevivir en esa bella jungla gris y es algo que los de otros lados no entienden. Mis colegas nacionales son de Nuevo León, Michoacán, Puebla, Chiapas, Guanajuato, del Estado y Ciudad de México. A nosotras, las de la CDMX, nos dicen “chilangas” [sic] y ya tengo varias cosas prohibidas si no quiero ser la burla de las demás:

  • Voltear a ver las estrellas porque… “¿a poco allá no se ven?” No.
  • Admirarme del cielo azul despejado porque… “¿allá no se ve así?”. No.
  • Sorprenderme del tren Arkansas City que pasa varias veces al día tocando el silbato porque… “allá tienen metro, ¿no?”. Sí pero no es lo mismo, no manchen.
  • Decir “quesadillas de/sin queso” porque… me agarran de bajada por un buen rato. ¡Qué pesadas, oigan!

 

Sobre el punto 4, me la pasé semanas enteras tratando de defender que somos libres de ponerle el guisado que queramos a las quesadillas e incluso, prescindir del queso. No lo he logrado, pero sigo en la lucha. Nos hemos llevado un buen rato discutiendo la fenomenología de la garnacha mexicana. Por ejemplo: me he dado cuenta que los mejores tacos de pastor los producimos nosotros en la bella CDMX. Acá en Michoacán enrollan extrañamente la tortilla y no le ponen piñita. Mis compañeras Guanajuatenses les dicen flautas a los tacos dorados. ¿Cómo creen? Para que sean flautas, tienen que estar hechas de tortilla larga y ovalada. Sus tacos dorados son –lo que para nosotrxs– las quesadillas fritas de papa o de frijol. De hecho, en León hacen tacos dorados de aire, es decir, ¡no tienen relleno! (y se quejan de que nosotrxs decimos “quesadillas de queso” ¡ja!). ¿Han escuchado hablar de las guacamayas o dorilocos? Pues parece ser que los fundadores de esas bombas de calorías fueron los leonenses. También ya hemos probado la bebida de tascalate, café chiapaneco, cacao peruano y café de una famosa cafetería de Guanajuato capital. Alguien mándenos una orden de verdaderos taquitos de pastor y yo les mando carnitas de Quiroga.

 

Hablando de León, aproveché la invitación de mi amiga que es de allá para conocer su ciudad. Resulta que, en ese lugar está sucediendo un fenómeno nuevo muy interesante. Las plantas automotrices como Mazda, Nissan, Toyota, GM y otras, están cambiando la ciudad. Ya es común encontrarse a chinos, coreanos y japoneses en cualquier lado y la ciudad se está adaptando a ellos y no al revés. Me tocó ver que, en el coche de enfrente, alguien tiraba basura y lo primero que dijeron fue: “seguro es chilango”. ¿Disculpen? Pues sí, resulta que han tenido malas experiencias con gente proveniente de la CDMX (lo saben por las placas) que acostumbran tirar basura en las calles y que manejan muy mal. No los culpo, tampoco somos una monedita de oro, pero ¿qué pasa que nadie de otros estados nos quiere? ¿Por qué?

 

Por otro lado, trato de conocer Pátzcuaro y su sabor en mis ratos libres. En una esquina de la Plaza Grande se pone un puesto de uchepos y corundas y ¡no saben! Esta última es la campeona garnachera. Imagínense un como tamal relleno de carne de cerdo o rajas poblanas pero bañado en salsa verde (o roja) con crema y queso. En la otra esquina se encuentran las famosas nieves y la tradicional es la de pasta. Enfrente de la Basílica donde están los restos de Vasco de Quiroga, está “La Tradición. El verdadero sabor de Apatzingán”. Es un restaurante de comida típica de la región de Tierra Caliente y doña Victoria (maestra cocinera tradicional) y su familia son quienes preparan y, además, atienden. Las enchiladas placeras, la morisqueta y la sopa tarasca son mis platillos favoritos.

 

Me he divertido mucho con esta gente que osa de criticarme por mi lugar de origen; les digo que no es fácil ser del D.F. (como ellas dicen) y menos ser egresada de la mejor universidad del país. Si juntan esas dos variables, acostúmbrense a tener las miradas puestas en ustedes y cargar con ese peso encima. En dos meses de vivir con esta gente, yo ya siento que las quiero poquito (pero no les digan). Me gusta molestarlas. Falta mucho tiempo por compartir y habrá muchas historias que contarles. Estén pendientes.

 

 

 

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