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Los cuestionamientos éticos de la clonación

Omar Páramo / Francisco Medina
“Jugamos así con estas criaturas porque nos consideramos los únicos seres inteligentes”

El 24 de enero pasado, con un artículo aparecido en la revista Cell, el Instituto de Neurociencias de la Academia China de Ciencias dio a conocer la existencia de Zhong Zhong y Hua Hua, dos macacos cangrejeros que ostentan el título de de ser los únicos primates clonados mediante transferencia nuclear de células somáticas, al menos hasta la fecha. Este anuncio llega 20 años, 11 meses y dos días después de que el mundo amaneciera con la noticia del primer mamífero creado mediante la misma técnica: la oveja Dolly.

“Como hace dos décadas, tememos que esto dé pie a la clonación de humanos, aunque eso no es lo preocupante —sería absurdo intentarlo porque como medio de reproducción es ineficiente—, sino las preguntas bioéticas desprendidas de este hecho, como las de por qué nos sentimos con derecho de hacer con los animales algo que no haríamos con una persona”, plantea el director de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Jorge Enrique Linares Salgado.

Según información de los investigadores Sun Qiang y Liu Zhen, para que estos dos monos nacieran vivos y sanos antes tuvieron que crear 109 embriones en el laboratorio e implantar tres cuartos de ellos en la matriz de 21 madres sustitutas. Esto dio por resultado seis embarazos, de los cuales sólo un par llegó a buen término, lo que a decir del académico es una invitación a reflexionar.

“La clonación de mamíferos no es novedad (desde Dolly se ha hecho esto con 22 especies), lo destacable en esta ocasión es que los chinos consiguieron clones idénticos a partir de la célula de un solo primate. Sin embargo, estos procedimientos son poco eficaces por el alto número de intentos; nuestro primer cuestionamiento ético tiene que ver con los frecuentes experimentos fallidos, pues muchos derivan en animales gestados que, al llegar a término, presentan malformaciones, y con esto dañamos a seres vivos y sintientes”.

En el libro Otras mentes. El pulpo, el mar y los orígenes profundos de la consciencia, el investigador Peter Godfrey-Smith expone que los octópodos tienen una vida cognitiva compleja, que son capaces de reconocer a personas por su rostro (como a sus cuidadores en los acuarios), que experimentan con objetos a través del juego (a la manera de los niños) y, lo más sorprendente, que la mayoría de sus neuronas están en los tentáculos y no en su cerebro, lo que a decir del doctor Linares Salgado “es otra forma de concebir el mundo y evidencia que aún no hemos entendido otras formas de inteligencia”.

Aunque ya ha habido primates clonados (en 1999 se supo de Tetra, un macaco nacido tras dividir a un embrión para generar gemelos), Zhong Zhong y Hua Hua son los primeros monos creados con la misma técnica de Dolly, pero en vez de usar células de un individuo adulto como se hizo en el Instituto Roslin de Edimburgo en 1996, los biólogos chinos utilizaron células fetales a fin de evitar lo que pasó con la oveja escocesa, que experimentó una vejez prematura y murió a los seis años (un ejemplar Finn Dorset vive casi una década).

A decir del profesor Linares, “jugamos así con estas criaturas porque nos consideramos los únicos seres inteligentes, pese a que muchas especies han mostrado tener inteligencia y vidas sumamente complejas a nivel cognitivo. En este rubro la ciencia biológica y la teoría de la evolución apuntan a que no hay una diferencia sustancial entre nosotros y la fauna, sino diferencias de grado o de dimensión”.

Peter Godfrey-Smith señala en su texto sobre los pulpos: “Cuando intentamos comparar el poder mental de un animal con otro nos encontramos con el problema de que no existe una sola escala. Diferentes animales son buenos para distintas cosas y esto tiene sentido para los variados tipos de vida que llevan”.

Al respecto, el profesor Linares Salgado añade: “Nos hemos arrogado una supuesta superioridad sobre los animales y a lo mejor estamos equivocados. Eso es justo lo que la filosofía y la bioética cuestionan, ¿por qué los usamos de forma tan instrumentalizada?, ¿actuamos sólo en beneficio propio? Queda la pregunta abierta”.

Clave para entender enfermedades

No han pasado ni un par de semanas desde que se anunció la existencia de Zhong Zhong y Hua Hua y ya se baraja la posibilidad de que la clonación de primates, combinada con herramientas de edición genética como las CRISPR, permitan crear modelos cerebrales para entender afecciones humanas como el Parkinson.

“Más allá de todo vaticinio debemos ver esto como lo que realmente es, un logro técnico que ojalá marque el inicio de algunos avances. El tiempo dirá qué tipo de aplicaciones biotecnológicas saldrán y qué llegará al mercado farmacéutico, aunque también es factible que los resultados sean insatisfactorios, como ya ha pasado con muchos desarrollos tecnocientíficos”, advierte Linares Salgado.

Sobre las objeciones formuladas desde la filosofía a una noticia que ha provocado entusiasmo entre la comunidad científica, el director de la FFyL señaló que dichas críticas no son gratuitas. “En bioética las cosas no son blanco y negro, siempre hay ambigüedades y por eso es importante reflexionar mucho y hacer visible lo no tan evidente”.

Y es que a veces es fácil pasar por alto ciertos aspectos, agrega, como que la clonación de macacos no es un experimento llevado a cabo por científicos con el mero fin de generar conocimiento; su objetivo es producir fármacos y seres modificados susceptibles de ser comercializados como material de uso y de patentes. En esto hay móviles económicos, más allá de los posibles beneficios.

“Quienes defienden el uso de animales en estas investigaciones aseguran que no hay otra forma de obtener resultados fiables, pero la clonación como vía para entender las enfermedades humanas no es indispensable. En vez de ello podríamos intentar con otros medios celulares, simuladores o sistemas informáticos; sin embargo, la industria farmacéutica es un negocio y muchos de los argumentos esgrimidos responden a una lógica de mercado”.

También se dice que estas indagatorias repercuten en el bienestar de la humanidad, a lo que Linares Salgado responde: “El 90 por ciento de la investigación y producción farmacéutica va a una décima parte de la población mundial. El beneficio sólo es para quien pueda pagar por él y así nueve de cada 10 personas se quedan sin acceso a estos avances. Con frecuencia se suceden generaciones enteras hasta que este escenario comienza a cambiar”.

No faltará quien piense que los filósofos somos aguafiestas y unos escépticos, pero nuestra labor es dudar y cuestionar desde una perspectiva desinteresada, porque aquí no hay intereses económicos ni políticos, sino la vocación de observar lo que sucede y, sobre todo, lo que se juega en cuanto a valores, conceptos e imaginario social.

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