Cultura

Nocturno, una pieza teatral que sigue los pasos de Octavio Paz

Omar Páramo/edición: Francisco Medina
La obra es parte de los festejos por los 150 años de la ENP, los 50 del ingreso de Paz al Colegio Nacional y los 25 del Antiguo Colegio de San Ildefonso

“En San Ildefonso no cambié de piel ni de alma: esos años fueron no un cambio, sino el comienzo de algo que todavía no termina, una búsqueda circular que ha sido un perpetuo recomienzo”, escribía Octavio Paz al recordar sus días preparatorianos a finales de los años 20 y principios de los 30, cuando al tiempo que se embarcaba en una huelga por la autonomía universitaria descubría la poesía inherente a caminar de noche por la calle Donceles, sin más testigos que el esporádico ladrido de un perro o la luz amarilla de las farolas.

A fin de revivir esta experiencia, la compañía de teatro El Ghetto ofrece, hasta el 2 de diciembre, la pieza Nocturno. Homenaje escénico a Octavio Paz, la cual tiene por escenario no un foro, sino las aceras del Centro y las escalinatas, patios y azoteas de algunos de sus edificios más emblemáticos, siempre siguiendo los pasos de aquel adolescente que a los 76 años recibiría el Nobel y bajo la noción de que, como bien sabía el poeta bachiller, todo camino sugiere la posibilidad de llegar y también la inevitabilidad del eterno retorno.

“El hombre empieza a leerse: no es el autor de un texto, es un texto”, decía Paz al entrar como miembro en El Colegio Nacional (Colnal) hace medio siglo y como una forma de hacer avanzar esta idea, aunque sea un solo paso, Agustín Meza ideó esta pieza que toma el Nocturno de San Ildefonso no para recrearlo, sino para invocar a un muchacho llamado Octavio y hacerlo partícipe de nuevos deambulares noctámbulos. Como dice uno de los versos del poema: “La poesía no es la verdad, es la resurrección de las presencias”.

Así, el espectáculo inicia con un pacto entre público y actores que hasta parece cita romántica, ya que tras un acuerdo previo los involucrados han quedado de verse una vez puesto el Sol, en el espacio que hay entre la Catedral Metropolitana y el Templo Mayor para, de ahí, ver qué depara la noche.

Cada acto inicia cuando Agustín Meza hace sonar una sirena de manivela, como las usadas por los bomberos hace 100 años, y sólo después de que los integrantes de la compañía han tomado un quinqué o un instrumento musical, objetos que sirven como faros que guían a la audiencia a los puntos donde tendrá lugar la representación.

El Ghetto es un laboratorio de experimentación escénica y ello explica que la primera parada del recorrido esté marcada por un par de camas que, como en pintura de Jacek Yerka o Magritte, conforman un cuadro onírico donde lo público y lo privado se entremezclan, pues ambas se tienden sobre el puente peatonal que va por encima del Templo Mayor y tienen por todo techo la negrura de un cielo estrellado.

Ahí, dos actrices en camisón y arrebujadas entre almohadones y sábanas invitan a quien lo desee a sentarse en su lecho y a escuchar lo que se debe hacer para sumergirse en la obra, es decir, fluir, creer en los ángeles, cuidar siempre del otro y, sobre todo, soñar con los ojos abiertos. Suena difícil, pero ésas son las reglas del juego.

Tras esta pausa para dar a conocer las instrucciones, la caminata continúa hacia el colegio de San Ildefonso. No importa qué tan oscura parezca la ruta, lo único que necesitan los espectadores es seguir la luz de los fanales y la melodía de un bandoneón. Tampoco hace falta tener las llaves del edificio, sólo basta tocar al portón de madera para que uno de los guardias permita el acceso, no sin antes mostrar el recelo de quien teme que alguien ajeno al montaje se le cuele.

Una vez en el patio idelfonsiano, la compañía teatral aprovecha el ambiente de clandestinidad propio de estar a deshoras en un sitio prohibido para narrar historias de hotel, de amores furtivos y de llamadas a un teléfono que no responde. Y para no perder el aura de encuentro secreto, esta parte de la obra concluye con los actores y el público saliendo a hurtadillas por la puerta trasera del recinto.

Ya de vuelta en la calle, la peregrinación se enfila a la última parada: El Colegio Nacional, donde Octavio Paz tomó protesta como miembro un primero de agosto de 1967, sin intuir que muy pronto renunciaría a su cargo como embajador de la India en repudio a la matanza de estudiantes del 2 de octubre por parte del ejército mexicano.

Como cierre de esta obra inusual, el tercer y último acto se desarrolla en el sitio más improbable de todos, la azotea del Colnal, usualmente restringida a los visitantes, pero por 15 minutos a merced de los espectadores de Nocturno, quienes sin hacer caso a las ráfagas de viento helado que golpean en las alturas, escuchan a los actores cantar y reflexionar sobre la importancia de cuidar del otro, para luego verlos perderse en las penumbras al tiempo que aletean con los brazos, como si fueran ángeles volando hacia la noche.

Y tras haber paseado por las calles más solitarias y silenciosas del Centro, quienes participaron de esta experiencia son regresados de golpe al bullicio y a las multitudes, aunque eso sí, ahora sabiendo que incluso en la más profunda oscuridad es posible encontrar el camino si hay un poco de luz o de música que sirvan de guía, y si se tiene la disposición de seguirlas con el embeleso de los niños de Hamelin al oír la flauta o con el abandono de una polilla al verse ante la flama.

La obra Nocturno es parte de los festejos por los 150 años de la Escuela Nacional Preparatoria, los 50 del ingreso de Octavio Paz al Colegio Nacional y los 25 del Antiguo Colegio de San Ildefonso como espacio cultural y museístico. El espectáculo es gratuito, aunque para asistir hay que registrarse y solicitar entradas en boletia.com.

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