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Pendientes de septiembre

María Dolores Martínez Verganzo

“El desastre nos incumbe a todos. Los que no resultamos damnificados directamente por los sismos del mes de septiembre, lo fuimos al tomar conciencia de las dimensiones de sus consecuencias…”

En 1985, la Coordinación General de Apoyo a los Damnificados conformada en la UNAM reflexionaba lo anterior y llamaba la atención sobre la transgresión del “límite de una ciudad enorme, con graves contradicciones y problemas que en vez de resolverse tienden a agravarse diariamente… el desastre hace estallar ese límite… potenciando la realidad de la destrucción ocasionada, en último término, por la mala planeación, por la carencia, en fin, de un desarrollo armónico”.

Tal como entonces, a 32 años exactos del gran sismo de 1985, y luego de 12 días del mayor movimiento telúrico habido en el país desde 1932 —el 7 de septiembre—, el cual afectó principalmente a Oaxaca y Chiapas, el 19 de septiembre de 2017 un movimiento intraplaca, con epicentro en la colindancia de Morelos y Puebla, tuvo como zona cero a la Ciudad de México y causó graves daños en aquellas dos entidades federativas, además de Guerrero y el Estado de México.

El corredor Roma-Condesa, Obrera, Narvarte, Portales, Coapa, Lindavista, Santa Rosa Xochiac… la tecnología actual de teléfonos móviles, cámaras de seguridad en calles y avenidas y las redes sociales posibilitaron ver, de primera mano, la forma en que muchos inmuebles quedaron aplastados o derrumbados en unos segundos.

No obstante, que el sismo del 19 de septiembre de 2017 —aun con sus consecuencias de destrucción, tragedia y cobro de vidas en la capital del país y en los estados afectados—, no tuvo los mismos efectos que el de 32 años atrás, al menos en la Ciudad de México dejó ver que hay avances innegables en materia de protección civil, tareas de rescate; normatividad para la construcción, respuesta de las autoridades, entre otros.

Asimismo, el refrendo de la ayuda solidaria de la sociedad que, como testimonian diversos documentos audiovisuales, se lanzó, literalmente, a escarbar y quitar piedras de las edificaciones caídas, una vez que se asentó la nube de polvo dejada por los derrumbes, para intentar el rescate de quienes quedaron atrapados entre escombros.

Se aprecian, sin embargo, varios puntos pendientes, señalados por la UNAM ya en 1985, sobre los que debe reflexionarse y trabajar de manera permanente, habida cuenta de que los sismos no pueden predecirse. México es un país de alta sismicidad por ubicarse sobre cinco placas tectónicas y su capital, asentada en un lago, es víctima de la amplificación de las ondas sísmicas.

• Sigue existiendo una alta concentración de servicios públicos en la Ciudad de México, y no se han tomado medidas para regular y controlar su crecimiento, de forma armónica con el resto del país. Tampoco se ha trabajado en una urbanización ordenada: en la ciudad ha continuado un crecimiento anárquico que no toma en cuenta sus características ecológicas, lo cual la deja vulnerable a los fenómenos naturales.

• Es insuficiente la atención al mantenimiento y conservación de inmuebles, y existe falta de control sobre modificaciones a los mismos, no obstante, la adecuación de normas en materia de construcción, algunas incluso, consideradas dentro de las más avanzadas del mundo.

“Falta control de calidad” en la aplicación de las normas, afirmó en conferencia vía Facebook Live el investigador emérito del Instituto de Ingeniería de la UNAM, Luis Esteva Maraboto, exdirector de esa instancia académica en 1985 y miembro de la Comisión Interdisciplinaria conformada para estudiar diversos aspectos en relación con los sismos de septiembre de aquel año.

Por su parte, académicos reunidos en la conferencia “La vivienda de la Ciudad de México después de los sismos” señalaron que en materia de construcción, tanto en la capital del país como en el resto de las entidades federativas, prevalece la lógica del mercado sobre la planeación y la seguridad de la población. El investigador Adolfo Sánchez Almanza, del Instituto de Investigaciones Económicas, destacó que deben conocerse los atlas de riesgos, utilizados en pro de la especulación inmobiliaria.

En tanto, los investigadores Víctor Cruz Atienza y Shri Krishna Singh, así como Mario Ordaz Schroeder, de los institutos de Geofísica e Ingeniería, respectivamente, indicaron la existencia de un “grave problema” de incumplimiento de las normas especificadas en el reglamento de construcción vigente en la Ciudad de México, por lo que “los daños observados se explican mejor con la falta de observancia de las normas, más que con deficiencias” en la normatividad actual.

Otros puntos no menores detectados también hace 32 años por especialistas universitarios y que siguen sin resolver son:

• La inexistencia de mecanismos eficaces para la atención de emergencias urbanas, tanto en la capital como en el resto de las entidades federativas afectadas.

• Falta de una cultura sísmica bien consolidada entre la sociedad, los cuerpos de auxilio y seguridad, para saber qué acciones, actitudes y medidas proceden ante la ocurrencia de estos eventos con objeto de evitar, por ejemplo, la saturación de líneas telefónicas o para descongestionar vialidades.

• La comunicación social, de nuevo, adoleció de falta de articulación, dando pie a la difusión de rumores e información inexacta, pese a la profusión de mensajes de orientación en medios tradicionales, internet y redes sociales.

En 1985, al momento del sismo se habían efectuado elecciones federales intermedias; en 2017, el proceso para elegir al próximo presidente de la República, senadores y diputados, además de ocho gobernadores, entre los que destaca quien encabezará el gobierno de la Ciudad de México y más de 2,700 cargos públicos en todo el país, comenzó el 8 de septiembre.

Hace poco más de tres décadas la UNAM observó:

La falta de capacidad de las asociaciones y partidos políticos para organizar y movilizar la participación ciudadana con fines distintos a los electorales, se reflejó en su escasa intervención en la coordinación y apoyo de los esfuerzos improvisados de la población para enfrentar el siniestro.

Los sismos de los días 7, 19 y 23 de septiembre de 2017 volvieron a dar cuenta de lo anterior.

La reflexión del rector Jorge Carpizo ante los eventos geológicos de hace 32 años respecto de la comunidad universitaria sigue siendo válida, y se extiende a las autoridades, a los políticos y, en general, a toda la sociedad:

• Los sismos de septiembre de 1985 constituyen un momento crucial en la historia de México. Después de ellos, ni el país ni la sociedad serán los mismos. Por ello los universitarios debemos reflexionar y actuar. Reflexionar sobre los caminos que se deben tomar, y actuar para recorrerlos. Nunca como ahora debemos ser propositivos; la sociedad y la nación nos lo requieren.

“La catástrofe nos removió a todos. No nos queda más que hacer algo positivo de ella… la preparación necesaria en caso de desastre nacional atañe no sólo a un plan de emergencia, sino también a un plan de convivencia armónica y coherente en las condiciones de vida normal de nuestra ciudad y de nuestro país”, advertió la Coordinación General de Apoyo a los Damnificados en 1985. Hoy, 32 años después, la observación sigue vigente.

Las reflexiones y resultados de los trabajos de la Comisión Interdisciplinaria, así como el Informe de la Coordinación de Apoyo a Damnificados y las palabras del doctor Carpizo que aquí se citan se publicaron en octubre de 1985 en el libro La UNAM ante los sismos de septiembre; editado por la Dirección General de Publicaciones de la misma Universidad.

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