Campus Ciencia

Solidaridad universitaria

Edahena Villavicencio

“Cuando te llegan con ayuda, no les puedes decir que no”, con este pensamiento, una pareja de juchitecos en la Ciudad de México reunió nueve toneladas de víveres y ropa que repartieron casa por casa en callejones y las zonas pobres de Juchitán, Oaxaca.

Con su huipil y sus nahuas, Elizabeth Antonio Márquez, ingeniero química y laboratorista, destacaba con facilidad desde su época de estudiante (hace más de 30 años) en los pasillos de la Facultad de Química de la UNAM, su segunda casa, como llaman al lugar trabajo quienes aman hacer aquello por lo que se les paga. Tras el sismo, el viernes en la mañana, al empezarse a conocer la dimensión de la tragedia, una amiga se le acercó, le preguntó por sus familiares y paisanos y luego de una charla en la que constató que estaban bien: vivos y sin grandes daños en sus casas, con el tono de quien solicita un favor inmenso, le dijo que si tenía planeado ir, llevara de su parte algunos víveres y los entregara, que si iba en autobús, ella pagaría el exceso de equipaje.

Eli contestó que sí, que muchas gracias. Contó lo ocurrido a su esposo, Tomás Villavicencio, ingeniero electromecánico, también juchiteco y trabajador de la Facultad de Química, y decidieron instalar un centro de acopio ahí mismo, en la facultad. Considerándola su casa, era el lugar obvio e ideal para la tarea, mandaron mensajes a sus amigos y familiares que viven en la ciudad con la esperanza de reunir dos toneladas. Pensaban trasladar lo que juntaran, aunque tuvieran que hacer dos viajes, en una camioneta viejita que Eli heredó de su papá hace años, con capacidad de carga de una tonelada y 356 mil kilómetros recorridos. Quizá el novio de la muchacha, otra juchiteca, que vivió varios años con ellos y les ayudó cuando los hijos eran pequeños, les hiciera el paro con su troca nueva de dos toneladas.

El fin de semana, amigos y familiares renviaron mensajes a sus conocidos, a algunos solicitando dinero en efectivo, con la idea de comprar alimentos frescos para llevar. En el Istmo la comida es fresca o no sabe. Lo común es que escojas tu pollo, lo maten y desplumen frente a ti. Pero el mercado se cayó y hasta comerciantes perdieron casas, eso produjo el desabasto. Sumado a que, tras los saqueos a comercios durante la pasada huelga magisterial, ahora con el temblor y temiendo actos de rapiña, las tiendas cerraron. Algunos vendedores guardaron lo que tenían para sí mismos, otros siguieron trabajando como siembre y al menos uno comparte con damnificados.

El plan de Eli y Tomás era recibir los víveres lunes y martes (sábado y domingo no tenía caso, no había actividades en la UNAM), el miércoles armarían despensas, el jueves pasarían temprano a comprar huevo y verduras y saldrían el mismo día hacia Juchitán para entregar el viernes.

El sábado les ofrecieron transporte en la central de abasto, para cuatro toneladas. Se publicó un aviso en La Jornada exhortando a apoyar a damnificados. Fue el primer llamado, antes que el del gobierno federal, la Cruz Roja o la propia UNAM. Los maestros de la sección 22 ya estaban movidos en redes y fueron los primeros en llegar con ayuda.

El lunes, Eli y Tomás juntaron una tonelada. Entusiasmados, los hijos, Dulce, Juan, Nanely y su primo Pepe decidieron instalar otro centro de acopio en su escuela, la Prepa 2. La mayor, de 16 años, se puso un colorido huipil y pasó de salón en salón. Sus compañeros y maestros les dieron una tonelada de víveres. La mitad fue llevada, por decisión de la directora de la preparatoria, al centro de acopio oficial de la UNAM, el estadio de CU.

El martes, a la facultad, llegaron dos toneladas más.

El transportista pidió juntar ocho toneladas para llevar un vehículo más grande y que el viaje valiera la pena.

El miércoles, el corazón de la gente es pródigo, se recaudaron cuatro toneladas más. El júbilo era grande, hasta que el transportista dijo: “no puedo, lo siento”.

Para Eli y Tomás lo único diferente a los demás centros de acopio es la seguridad de que entregarían las despensas en mano a los afectados. Luego se pensó en llevar todo al estadio de CU y que ellos transportaran, o los maestros de la CNTE. Pero, sin desistir, acudieron con más transportistas, acordaron con uno el pago de 9 mil 500 pesos. Profesores de la UNAM, familiares y amigos ya habían aportado 31 mil pesos.

El jueves en la tarde, 10 hombres y 20 mujeres, con la colaboración de cinco niños y tres niñas, cargaron al camión las ocho toneladas recaudadas, y una más de huevo, jitomate, cebolla y papa. Ese mismo día, el vehículo partió, escoltado por un auto enfrente y otro detrás. En el camino no los interceptaron motociclistas, rapiñeros ni presuntos grupos desestabilizadores. Tras un recorrido de 14 horas, sin incidentes, con el pago de casetas exento por tratarse de ayuda humanitaria, el viernes en la mañana llegaron a Juchitán.

El Instituto Cultural Zapoteco, dirigido por Jorge Magariño, abrió sus puertas para descargar y organizar ahí las despensas. Las manos sobraron. Varias de damnificados, incluida gente que perdió su casa. Los integrantes del grupo de danza Biini cubi (Gente nueva), que suele representar al Istmo en la Guelaguetza, también se apuntaron. Una cadena de casi 50 personas llevó la carga desde la puerta del instituto, donde se estacionó el autobús, al foro techado que en días anteriores albergó a los topos.

Las verduras fueron llevadas a un comedor comunitario. Con lo demás se armaron 850 despensas con un valor aproximado de 160 pesos cada una, que incluían leche, huevo, aceite, atún, arroz, frijol y otros artículos.

Ayer se hizo la entrega. Para evitar saqueos o que el reparto se saliera de control, 40 personas salieron en bola a repartir de casa en casa en colonias pobres de Juchitán, incluidos los callejones Santa Martha y Excélsior (séptima sección), Cheguigo (novena sección) y Santa María Xadani (octava sección). Así se cumplió con las decenas o cientos de voluntarios que respondieron al llamado y que, como dijo alguno, más que ganarse su pedacito de cielo, al dar se sintieron verdaderamente plenos. Y la colecta seguirá, porque el desastre es grande.

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