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Universidad de Sevilla otorga honoris causa a León-Portilla por labor académica ininterrumpida

Omar Páramo
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¿Por qué sigue en labores académicas pese a sus 91 años? Miguel León-Portilla suele responder que lo hace por razones egoístas: “La primera es porque cuando uno deja de trabajar decae la salud y si no lo creen, pregunten a cualquier médico, y la segunda es porque aunque soy emérito y podría no venir, lo hago porque me encanta”.

Justo por ese esfuerzo continuado, la Universidad de Sevilla decidió concederle su doctorado honoris causa y de una manera inusual, pues en esta ocasión el rector de esa institución española vendrá a entregar el reconocimiento en la UNAM, en donde el experto en náhuatl lleva ya seis décadas como académico, pues se integró a esta casa de estudios un primero de febrero de 1957 como miembro del Instituto de Investigaciones Históricas y, por las mismas fechas, a la Facultad de Filosofía y Letras como profesor; “eso sin contar los casi 10 años que pasé ahí como estudiante”, añade con frecuencia.

León-Portilla es reconocido por sus estudios sobre el mundo prehispánico, interés que descubrió cuando era un niño que jugaba pelota en las calles de la colonia San Rafael —aunque nació en la Santa María la Ribera en 1926, en una casa que hacía esquina con Cedro y Sor Juana Inés de la Cruz—. En esos días de infancia le tocó convivir con un tío político: Manuel Gamio, un apasionado de esos temas y, además, el iniciador de la antropología moderna en México.

“Era un familiar cercano y nos llevaba a Teotihuacán o a Cuicuilco y nos enseñaba cosas; así, yo desde pequeño me involucré. ¡Imagínense escuchar esas explicaciones de boca de quien realizó la primera excavación estratigráfica en México y descubrió los templos teotihuacanos de Quetzalcóatl y Tláloc! Como resultado, a los 14 años ya había leído La historia antigua de Clavijero”.

Sería el mismo Gamio quien más tarde pondría al joven Miguel en contacto con quien sería su gran maestro, el padre Ángel María Garibay, quien de entrada le formuló una pregunta que le cambiaría la vida: “¿Sabe náhuatl?”, a lo que Miguel respondió no. “En México hay helenistas que no saben griego y especialistas en pensamiento germanos que ignoran el alemán, pero si usted quiere estudiar en serio lo prehispánico debe aprender náhuatl”, le espetó Garibay.

León-Portilla recuerda ese encuentro como uno que transformó su vida, pues abordar estos asuntos desde otra perspectiva le hizo concebir el pensamiento de los pueblos originario de otra forma. “Por ejemplo, al leer los libros La poesía indígena de la altiplanicie y La épica náhuatl entendí las preguntas de los poetas nahuas, como “¿puedo decir palabras verdaderas en la Tierra?”, “¿a dónde dirigir mi corazón?”, “¿hay rumbo en la vida?”, “¿qué hay tras la muerte?”, y me pareció que esto se asemejaba a las dudas de los filósofos presocráticos como Heráclito y Parménides. Eso me cambió”.

 

Visión de los vencidos

Para José Emilio Pacheco “Visión de los vencidos es el gran poema épico de nuestra tradición antigua, un cantar semejante a la pérdida de Troya”, y es justo este libro el que ha colocado a Miguel León-Portilla en un sitio especial en el universo literario nacional, pues además de ser el ejemplar más vendido de la colección Biblioteca del Estudiante Universitario, ha sido traducido a más de 20 idiomas (incluido el otomí, el japonés o el hebreo).

Y la idea detrás de este texto —refiere con frecuencia el autor— le vino tras percatarse de que “aunque teníamos los relatos en español de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, los Tapia, el Conquistador Anónimo o fray Francisco de Aguilar, desconocíamos la perspectiva indígena”, comentó en una entrevista.

Este supuesto silencio hizo que José Vasconcelos asegurara en su libro Breve historia de México que “los indios no dijeron nada de lo que les había pasado”, lo cual para León-Portilla era una mentira flagrante que se debía rebatir, y para ello se dio a la tarea de reunir textos y testimonios indígenas —con apoyo del sacerdote Garibay— y organizarlos en un ejemplar que terminaría por llamarse Visión de los vencidos, el cual vería la luz en 1959.

Al respecto, el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma diría: “Algunos ganadores del Premio Nobel de Literatura envidiarían la suerte de este libro. Lo que logró Miguel León-Portilla fue simplemente que la voz del indio fuera escuchada en todos los ámbitos de la tierra. ¡Qué actualidad tiene en la actualidad, cuando vemos que los ‘otros’ se rebelan y claman por sus derechos!”.

Visión de los vencidos es el título de las imprentas de la UNAM con más lectores; tiene alrededor de 30 ediciones (con un tiraje acumulado que sobrepasa el medio millón), y traducciones a dos decenas de idiomas, lo que ha hecho que se le considere uno de los libros mexicanos más influyentes. Sin embargo, a León-Portilla aún le cuesta evaluar la magnitud de esta obra, como se desprende de una confesión que hizo en su momento a su amigo Matos Moctezuma: “Nunca sospeché que fuera a tener tanto impacto.

Una vida de logros

Cuenta una anécdota que en 2007, los encargados de editar el libro Aportaciones científicas y humanísticas mexicanas en el siglo XX se aproximaron a León-Portilla pidiéndole un resumen de sus logros y éste sólo atinó a responder con una pregunta: “¿Mis logros?”.

Para un hombre con más de mil publicaciones, dos decenas de doctorados honoris causa —a los cuales se sumará el de este miércoles— y miembro de instituciones tan importantes como El Colegio Nacional o las academias mexicanas de la Lengua y de la Historia, apretujar en un párrafo los logros de toda una vida es difícil.

Por esta razón, en vez de citar un listado interminable, León-Portilla suele decir que él es historiador y que, como tal, “defiendo que la historia no es ningún lujo, ni la antropología, pues ambas son el espejo que observamos para saber quiénes somos y tomar conciencia y confianza en nosotros. Somos herederos de dos ricos legados a veces en conflicto. Espero que éstos entren en solución de comprensión recíproca, para el bien nuestro”.

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