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El bioarte, creaciones que desafían al arte convencional, a la ciencia y al pensamiento

Omar Páramo/Edición: Francisco Medina

Como estudiante de ciencias, a Eduardo González la clase que más le gustaba era las de Biología Molecular, pues podía hacer dibujos con hongos en sus placas de Petri y ver cómo estos seres daban forma a diferentes figuras, o jugaba con organismos luminiscentes a fin de disfrutar con los efectos brillantes que producían. “Eso me hizo interesarme en la capacidad de la ciencia para crear belleza y, por ende, bioarte”, comentó el integrante del grupo ADN Aprende y Disfruta la Naturaleza.

Sobre este concepto, el experto señaló que es uno provocador, polémico e incitador de la discusión, que, al mismo tiempo, hace que la gente sin preparación científica reflexione sobre asuntos que, de otra manera, le pasarían inadvertidos, como las implicaciones éticas de modificar organismos o de jugar con aquello que, tradicionalmente, nos ha definido como seres humanos.

Al participar en el encuentro Arte en tus Genes, organizado por la Dirección General de Divulgación de la Ciencia (DGDC) de la UNAM, González puso como ejemplo la obra de bioarte más famosa jamás creada, el conejo Alba (del año 2000), una criatura modificada en cuyo ADN se insertó la proteína verde fluorescente (GFP) presente en ciertas medusas, la cual hacía que el mamífero brillara bajo focos de luz negra, como los usados en clubes nocturnos.

“Este animal fue idea del artista brasileño Eduardo Kac y, para desarrollarlo, solicitó apoyo de un laboratorio francés. La existencia de este ser de inmediato acaparó titulares e hizo que muchos comenzaran a cuestionarse sobre qué pasaría si fuera soltada en la naturaleza o si con esto el hombre no jugaba a ser Dios”, planteó.

Acerca de este potencial con tintes divinos —refirió el divulgador— Kac llevó esto un paso más allá con su pieza Génesis, de 1998, en la que tomó el versículo 1:26 de ese libro de la Biblia, el cual señala: “Dijo Jehová: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza, y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra”, para luego transformarlo a código Morse, y de ahí, a lenguaje de ADN a fin de introducirlo en bacterias E. Coli.

“Dichos bacilos fueron colocados en placas de Petri y sometidos a luz ultravioleta que los asistentes del museo podían irradiar a voluntad para provocar mutaciones. La idea era crear información genética artificial e introducirla en un ser vivo como una manera de rebelarse contra la naturaleza y la religión”, explicó.

Aunque para muchos pudiera sonar a excentricidad —dijo Eduardo González—, la finalidad es mostrar la belleza que encierra la ciencia, divulgar conocimiento y, en estos casos, acercar a la gente no especializada a las técnicas relacionadas con la transformación de bacterias y mutaciones, a fin de incitarlos a reflexionar.

“Cada que se habla de bioarte se menciona al conejo Alba e incluso he llegado a ver carteles donde se analiza la pertinencia de los alimentos transgénicos con la imagen de este animal, que nada tiene que ver con el asunto. Eso me lleva a pensar que estas propuestas han logrado su cometido: empujar las fronteras de nuestro pensamiento a nuevas fronteras, lo que no está mal para un mamífero que brilla en la oscuridad”.

Los precursores del bioarte

Pese a parecer un concepto de nuevo cuño, las raíces del bioarte pueden rastrearse a inicios de siglo con el fotógrafo Edward Steichen, quien además de captar imágenes para revistas como Vogue, era un entusiasta horticulturista que cultivaba flores de la especie Delphinium, con las que creó decenas de híbridos que fueron exhibidos en las galerías del MoMA de Nueva York, en 1936.

“¿Tienen cabida las flores en un recinto donde se exhiben cuadros y esculturas? Como se puede ver, incluso desde sus orígenes esta corriente comenzaba a plantear preguntas y a indagar los límites de la ciencia”, señaló González.

En la charla impartida en el Museo de la Luz de la UNAM, el divulgador recibió muchos cuestionamientos por parte del público acerca de si estas obras, por caer en el ámbito de lo contemporáneo, no respondían a una definición laxa de lo artístico, y en respuesta señaló que el otro gran precursor del bioarte es un creador cuya técnica y virtuosismo nadie pone en duda: Salvador Dalí.

“En una entrevista que le hizo Jacobo Zabludovsky en 1971 y al preguntarle ‘maestro, ¿cuál es la fuente de su genio?, el pintor simplemente respondió, ‘la estructura molecular del ácido desoxirribonucleico, encontrada por Crick y Watson’”.

Hay quienes han achacado esta respuesta a la excentricidad del catalán y hasta han llegado a hacer mofa de ello, aunque quienes saben más de él podrán constatar que en realidad no sólo era serio con el asunto, sino un enamorado de la doble hélice del ADN, la cual llegó a reproducir en cuadros como El gran masturbador en un paisaje de mariposas o en Galacidalacidesoxirribunucleidad.

“En ambas obras alude al descubrimiento de Crick y Watson, que para la época no era tan conocido, al grado que Zabludovsky sólo atinó a decir, ‘¿usted lo toma o cómo es esto?’. El periodista ignoraba de qué hablaba Dalí, pero a partir de sus óleos muchos se interesaron en el asunto y así se demostró una de las grandes cualidades del bioarte, la de divulgar y hacer que la gente común se entere de temas que, de otra manera, quedarían recluidos en arenas especializadas”.

El bioarte y la ciencia ficción

A decir de Eduardo González, una de las cosas que más le agrada del bioarte es cómo se conecta con la ciencia ficción y hace realidad lo que para algunos sería imaginería futurista, “y uno de los casos más interesante es el de Neil Harbisson, un inglés nacido en 1984 y que ha sido reconocido por las leyes de su país como el primer ciborg legal en el planeta”.

Aunque esto podría sonar a relato de Isaac Asimov, la historia de Harbisson es real y obligó a cambiar estándares legales en su país, pues este joven, al nacer sin la capacidad de distinguir colores, se instaló una cámara osteointegrada que sale desde su hueso occipital, la cual registra todas las tonalidades e incluso espectros infrarrojos y ultravioletas para luego transformarlos en sonidos, lo cual le permite captar más allá de lo que puede el ojo humano.

“El problema vino cuando intentó sacar su pasaporte y le pidieron removerse la antena, lo cual le resultaba físicamente imposible, por lo que una comunidad de académicos y creadores impulsó un movimiento para que se le permitiera esta concesión y el gobierno del Reino Unido se vio obligado a reconocerlo como el primer ciborg —o humano mejorado por la tecnología— y otorgarle el documento”.

La antena de Harbisson también le permite acceder a internet vía Bluetooth. Al respecto, el artista ha dicho “que la antena esté conectada a mi cabeza no es lo que me hace un ciborg, sino que el software ya es parte de mi cerebro”.

Para González, llegar a estas discusiones y verlas como un asunto serio y aterrizado en lo real en vez de algo de ciencia ficción es otra de las puertas que abre el bioarte. “Deberemos ver en qué otros terrenos nos coloca, pues aquí no sólo se juega con la belleza de la ciencia, sino con sus posibles repercusiones. Su finalidad es despertar nuestra sensibilidad estética, inteligencia, curiosidad y pensamiento crítico”.

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