Cultura

“Pedro Páramo”, una reflexión sobre su estilo literario

Enrique Flores

Con motivo de que la XXXVIII edición de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería conmemora a Juan Rulfo, autor de “Pedro Páramo”, una de las novelas más importantes, sino es que la más importante, de la literatura mexicana, deseo destacar algunos aspectos relevantes de esta obra. El primero de ellos es, porque me resulta obvio, su riqueza literaria.
Juan Rulfo empleó un estilo de rompecabezas hasta antes no empleado en la narrativa nacional. Como es de suponerse, este formato conlleva el riesgo de que en la propia fragmentación de la historia los desfases cronológicos sean inentendibles o que las acciones de los personajes se confundan en la multiplicidad de las escenas y que, por tanto, el hilo conductor de la narración se rompa en algún momento.
El empleo de este estilo requiere, además de creatividad, de experiencia, y por ello resulta loable que Juan Rulfo en su primera y única novela lo haya desarrollado con precisión y profundidad. Es de suponer que detrás de esta obra haya habido infinidad de borradores, y que incluso algunos de ellos contuvieran la historia en forma lineal, porque necesitó tener la visión panorámica y a la vez pormenorizada de cada suceso ocurrido en Comala, el lugar donde se desarrolla la historia de “Pedro Páramo”.
La narrativa de esta novela es un sistema. Es un gran rompecabezas que contiene a su vez unos más pequeños, a veces secuenciales, a veces intermitentes, pero cuya suma permite entender el contenido total. Este estilo enriqueció el entorno retrospectivo de la historia. Sus pasajes no son meramente un flashback, es decir, una referencia corta o al calce en el presente de la narración, sino el traslado al pasado en cada una de las escenas que explica perfectamente lo sucedido en su actualidad. De esta forma Rulfo fue presentando sus personajes y con ese traslado sus historias personales y su incidencia en la historia completa. Es decir, en lo que se puede considerar la primera parte de la novela, que va desde la llegada de Juan Preciado al pueblo desierto en el que busca a su padre, hasta su muerte, la presentación de los principales personajes contiene este recurso lo que, además, genera la expectativa de saber cómo se interrelacionaron para propiciar, en primera instancia, la desocupación total de un pueblo.
Por eso es de enaltecer que en ese ir y venir del presente al pasado, y con unas largas o cortas estancias secuenciales en esos tiempos, el hilo conductor narrativo no se perdiera, no resultara confuso sino más bien interesante y, sobre todo, intrigante.
Fue una lástima que Rulfo no escribiera más novelas, pero también es comprensible que le resultara un desafío enorme escribir una que resultara mejor que “Pedro Páramo”. En aquel lejano año de su publicación, en 1955, otros escritores latinoamericanos, que se destacarían por obras posteriores, no habían alcanzado el perfeccionismo de Rulfo con esta novela. Por ejemplo, en ese mismo año se publicó “Casas muertas”, del venezolano Miguel Otero Silva, que cuenta, por cierto, también la desocupación de un pueblo a causa de la inmigración a los nuevos polos petroleros. O “Los subterráneos de la libertad”, del brasileño Jorge Amado, y “La hojarasca”, de un entonces desconocido Gabriel García Márquez, quien confesaría mucho tiempo después que leyó “Pedro Páramo” a instancias del también escritor colombiano Álvaro Mutis, quien le dijo: “Lea esa vaina, carajo, para que aprenda”, y después de haberla leído su impresión fue: “la obra de Juan Rulfo me dio, por fin, el camino que buscaba para continuar mis libros”.

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