Investigación y ciencia

UNAM plantea terapia alterna para trasplante de riñón

Michel Olguín/imagen: Diana Rojas

 

Para brindar una mejor calidad de vida y más duradera a los pacientes que han sufrido un trasplante de riñón, Gloria Soldevila Melgarejo, investigadora del Instituto de Investigaciones Biomédicas, plantea una terapia alterna que causa menos daños y es más específica.

Uno de los problemas que existen actualmente en este método clínico es que el cuerpo puede generar cierto grado de rechazo al injerto. Por tal motivo, durante toda su vida, el individuo afectado deberá tomar medicamentos para que su cuerpo no rechace el órgano.

Así, estos fármacos conocidos como inmunosupresores tienen la función de bloquear las defensas naturales del organismo (mayoritariamente la defensa de los linfocitos T, los glóbulos blancos encargados de la respuesta inmunitaria).

A mediano plazo, la terapia funciona relativamente bien durante aproximadamente 11 a 14 años (tiempo de vida media de un trasplante de paciente cadavérico o vivo, respectivamente), después necesitará un nuevo trasplante.

Igualmente, estos medicamentos traen efectos secundarios, desde dañar al mismo riñón y otros órganos, hasta provocar problemas cardiovasculares y metabólicos. Además, los pacientes se pueden volver propensos a patologías como cáncer, o susceptibles a otras infecciones.

La terapia

La investigación denominada “Establecimiento de un Protocolo para Expansión y Generación de Células T Reguladoras con Función Supresora Estable y Potencial Terapéutico de Trasplante” del Instituto de Investigaciones Biomédicas intenta sustituir la típica terapia de inmunosupresores por una más específica y de forma natural.

Tenemos dos metodologías, destacó la entrevistada, la primera consiste en extraer las células T reguladoras del individuo (que normalmente regulan los procesos autoinmunes y controlan la respuesta inmunológica exacerbada a infecciones o para combatir diferentes patologías).

Así, de un cultivo de 25 mil células, con este proceso se obtienen millones. Una vez expandidas se debe comprobar que funcionen -a través de un ensayo de supresión in vitro-, para posteriormente reintegrarlas en el paciente de forma intravenosa y así suprimir las células alorreactivas que intentan rechazar el injerto.

La ventaja, añadió Gloria Soldevila, es que son células del propio individuo, extraídas y cultivadas para después reintegrarlas al organismo. Además, el hecho de que se utilizarán únicamente células T reguladoras que sean “aloespecíficas”, permitirá que no induzcan una inmunosupresión generalizada.

En la segunda opción se toman linfocitos T vírgenes, las cultivamos y programamos para que se conviertan en células T reguladoras, luego de activarlas in vitro en presencia de TFG, rapamicina y ácido retinoico, para que regulen a las células que rechazan el injerto, señaló.

Ambas metodologías son posibles terapias, resaltó, pero debemos garantizar que las células que expandimos o convertimos a largo plazo puedan ser implantadas en el individuo sin perder su función. Para ello, debemos demostrar bajo un ambiente de inflamación (como sería la presencia de citocinas pro-inflamatorias) que no pierdan su función supresora.

Preservar la terapia

Además, agregó la académica universitaria, buscamos asegurarnos que para preservar la terapia a largo plazo, las podamos congelar con nitrógeno líquido y poderlas descongelar para utilizarlas en el momento necesario para el individuo.

Así, esperamos que aproximadamente en cinco años sea posible este procedimiento. El objetivo, es estar completamente seguros de que no causa ningún daño al organismo.

La investigación se ha trabajado en colaboración con la Dra. Josefina Alberú del Departamento de Trasplantes del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán y ha sido apoyada por fondos del Conacyt y de la Fundación Miguel Alemán.

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