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El americanismo en tiempos de corazones rotos

Dana Cuevas

Hace unos días, contra todo lo que soy, cualquier creencia o pronóstico, compré una bandera del América. Hace unos días, un chico entró a su secundaria, pistola en mano, con la intención de matar a profesores y alumnos, inició un tiroteó y finalmente se disparó en la cabeza.

Hace cuatro años tomé una decisión determinante en mi vida: quise ser madre. En mí fue un deseo sincero, un anhelo convencido y no una mera imposición social o un accidente. Creí que estaba lista. Ahora sé que jamás se está listo. Ser madre o padre es entrar en el terreno más ignoto de la vida humana. Toda una vida depende de ti. No se trata sólo de alimentarlo, de cambiarle los pañales, de ponerle un suéter si hace frío. Hay algo de lo que todos los padres debemos hacernos responsables, y lamentablemente creo que estamos fracasando: la educación de nuestros hijos.

Como sociedad, hemos fallado. Cuando un chico de secundaria tiene acceso a armas, las sabe usar, y con ellas ataca a sus compañeros, no es sólo él quien está mal, es todo el sistema. Un sistema que debe funcionar como reloj engrasado: en casa, en la escuela, en todas partes. ¿Cómo nos explicamos que un ser sin alma que se decía gobernador de una entidad del país, permitiera que se les inyectara agua a niños con cáncer simplemente para que él llenara sus cajas de huevo con millones de pesos? ¿Cómo es que una niña pueda morir inexplicablemente en una guardería de la Ciudad de México u otros son abusados por un miembro de la dirección y nos quedamos con los brazos cruzados?

Por otro lado y volviendo a lo básico, día a día me enfrento a una batalla. ¿Eso estará bien o estará mal? Me bombardean con información de una paternidad ocupada y amorosa, que debe permitir que sus hijos duerman en sus camas, que dictan que las madres pasen 24/7 al servicio de sus hijos, que los desteten cuando ellos mismos quieran porque eso es lo humanamente razonable. Por otro lado, leo estudios de que ser tan complacientes con los hijos crea seres irresponsables, que no saben enfrentar problemas. Veo a diario padres que prefieren entregarle a sus hijos teléfonos inteligentes con tal de que estén tranquilos, y también, el otro día, me tocó ver a una señora darle una chinga a su hijo de siete años porque no se callaba. ¿Qué es lo bueno? ¿Qué es lo malo? ¿Cómo puedo crear una oportunidad para mi hijo de tres años en este mundo en el que ya no creo?

Cada quien debe ir tomando sus decisiones y mantenerse firme en ellas. Decir: yo nunca le voy a dar el celular al hijo suena contundente pero poco factible. Mejor ir ganando batallas y declarar por perdidas otras. Yo, por ejemplo, perdí esa. En el celular Gabriel sólo tiene permitido ver videos y casi todos son de dinosaurios o caricaturas. Hay que defender ciertas posiciones y en un afán de querer no ser tan estricta yo me volví permisiva, hasta que decidí tomar cartas en el asunto y recurrí a la muy célebre: yo soy la mamá y por eso me tienes que obedecer.

Sobre todo, quiero crear un espacio de respeto y amor. Trato de explicarle desde muy pequeño las cosas a mi hijo, a veces he llegado a extremos ridículos (como aquella vez que me solté toda una retahíla histórica del descubrimiento de América para que él me respondiera que el Cristóbal Colón del periódico mural de su escuela se parecía a Gokú), pero siempre he procurado ser honesta y real. Quiero que Gabriel sea consciente del mundo que le estoy heredando y, de cierta forma, que me perdone por haberlo hecho, por haberlo traído al mundo en un momento tan complicado de nuestra historia. Más que nada, anhelo que él encuentre aquello que lo llene y plazca (y aquí no digo que quiero que sea feliz porque para algunos la felicidad dejó de ser nuestro motivo de vida hace tiempo).

Por lo pronto, en menos de un mes cumple tres años y le estoy enseñando la importancia de tomar sus decisiones; estoy tratando que en este periodo de vida que está por iniciar, sí sea lo más feliz posible, porque para eso se es niño; para eso y para aprender. Y con el corazón roto que cargo a raíz de la realidad mundial y nacional, derribé todos mis dogmas y en el merísimo Estadio Azteca le compré por 25 pesos una bandera del América a mi hijo, porque de momento, eso lo hace feliz.

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